Debajo de su fina piel se percibía cada uno de sus músculos, como si se tratara del engranaje de un mecanismo. Tenía el vientre liso y el ombligo hacia fuera, como el cuello de un ave. Lo más extraordinario era que el adolescente parecía estar bien, a no ser por su extremada delgadez.
– Es el hijo de mi tercera mujer -dijo el Rey-. No sabemos qué le ocurre. Tal come, tal hace. Si come mijo, hace mijo; si come sorgo hace sorgo, si come carne hace carne.
Se volvió hacia los médicos a la espera de su opinión.
– ¿Qué te parece? -le preguntó Poncet a su amigo.
Después de la bronca que había tenido con Joseph de buena mañana, Juremi estaba de un humor corrosivo.
– Es muy fácil -dijo con tono desdeñoso-. Está claro que come mierda.
A Jean-Baptiste le sorprendió tanto la respuesta de su amigo que soltó una carcajada. Se controló inmediatamente, pero el mal ya estaba hecho. El Rey creyó que se estaban burlando del paciente, o peor aún, de su persona, y le pidió a Poncet que tradujera lo que había dicho el boticario. Jean-Baptiste dijo que no valía la pena e improvisó unas palabras, que no complacieron al soberano.Todo fue en vano. Poncet prodigó sus cuidados más atentos al muchacho, le administró drogas, que a partir del día siguiente le ayudaron a retener mejor lo que comía. La confianza del Rey, como un plato resquebrajado a punto de romperse, había sufrido tal ataque que ya era casi imposible de recuperar.
Por si esto fuera poco, sobrevino un incidente que no habría tenido nada de particular en circunstancias normales, pero que tal como estaban las cosas contribuyó a agrandar aún más la grieta que terminaría en ruptura. El padre De Brévedent fue el artífice de la catástrofe.
En cuanto supo quién era el franco que iba por delante de la caravana, el jesuíta aceptó la compañía del protestante, porque al menos estaba seguro de que no era un capuchino. Por otro lado, con el paso de los días, se había convencido de que el peligro se había desvanecido, y que había adquirido ventaja sobre sus competidores al haber salido tan precipitadamente de El Cairo.
Brévedent estaba tan confiado que se le ocurrió la idea de pedirle a Poncet que le acompañara a visitar -siempre al amparo de su falsa identidad de doméstico- la casa de los capuchinos que había en Senaar y que albergaba una pequeña comunidad de monjes. De este modo podrían conocer algún nuevo detalle sobre la región, y tal vez enterarse de si los capuchinos tramaban algo con respecto a Abisinia. Poncet aceptó. Dejaron al maestio Juremi en la ciudad, en la casa que Hadji Ali había alquilado para ellos, y salieron a pie hacia el convento.
Aunque puede parecer curioso que el Rey de este estado musulmán aceptara la instalación de un hospicio católico en la capital, lo cierto es que había una explicación. En la corte, los capuchinos habían empleado unos argumentos totalmente contrarios a los que habían esgrimido con el Papa para recibir el visto bueno de su misión. En Roma habían afirmado que iban en auxilio de los católicos perseguidos que se habían refugiado en Senaar tras la expulsión de los jesuítas. Pero todos sabían en el reino, y el Rey el primero, que esos católicos refugiados no existían. Para empezar, porque los jesuítas no habían convertido a nadie en Abisinia, salvo al Negus, y por poco tiempo. Así que habían tenido que irse como habían llegado, solos. En aquellas tierras, los asuntos de la autoridad estaban concebidos de tal manera que si hubiera habido católicos en Senaar, el Rey nunca habría permitido la entrada en el país a los sacerdotes romanos por miedo a una rebelión en su contra. Pero en vista de que no había ninguno y de que los religiosos se comprometían a no intentar convertir a los musulmanes, sopena de exponerse a sufrir los castigos más aterradores, el soberano no había tenido inconveniente en hacer un hueco a aquel puñado de extranjeros pacíficos que daban clases a los niños, cuidaban algunos enfermos y sacaban a Senaar del aislamiento, vinculando a su Rey con Europa, ya que gozaban del favor del Papa.
Poncet, seguido de Joseph, franqueó el portalón de madera del convento y entró en un patio espacioso. En el suelo de polvo rojo había grandes vasijas de porcelana en las que se habían plantado naranjos. El capuchino recibió a los visitantes con gran naturalidad, como si los estuviera esperando. Los condujo a una estancia sin ventanas que daba al patio, como todas las demás, y les ofreció asiento en taburetes bajos tensados con correas de piel trenzada. Unos minutos más tarde, otros cuatro hermanos se reunieron con ellos. Sus hábitos, que eran como los de san Francisco, ni más ni menos, parecían ropas árabes en aquel decorado. Curtidos como estaban, con sus barbas negras y su aspecto de campesinos de los Abruzos, podían pasar perfectamente por campesinos autóctonos de este reino de Nubia, a no ser por la pequeña cruz que llevaban alrededor del cuello.
Uno de los hermanos, que se hacía llamar Raimundo, dijo que era el superior. Presentó a sus compañeros, que tenían tan mal aspecto como él, señaló a los otros dos monjes que estaban un poco rezagados y que miraban a Poncet con un aire sospechoso y dijo:
– Estos dos hermanos han venido a visitarnos. Llegaron de El Cairo ayer por la mañana.
– ¡Ayer por la mañana! -exclamó Poncet-. ¿Por dónde han pasado? Tendríamos que haberlos visto en Dongola.
– Aquí llegan unas cuantas caravanas -dijo el hermano Raimundo-. Han descendido por el valle del Nilo hasta la segunda catarata, y luego han atravesado el desierto de arena que está al norte.
– Es un camino mucho más largo -dijo Poncet.
– Depende de la estación. Cuando el Nilo no está en crecida, se puede galopar a caballo por el valle y se avanza deprisa.
Jean-Baptiste les preguntó la fecha de su partida y calculó que habían abandonado El Cairo diez días más tarde que él.
6
Cuando regresaban del convento a través de callejuelas oscuras, el supuesto Joseph estaba más aterrorizado que nunca. Las sombrías advertencias del padre Versau, que le había sermoneado antes de partir a propósito de las dudosas maniobras de los capuchinos, se veían ahora justificadas y de la forma más inesperada. Un sinfín de presencias y amenazas parecían bullir en la calidez de la noche. El jesuíta pensaba en los días y días de viaje que habían necesitado para llegar hasta aquella región, y en ese momento le pesaban como si fueran losas de granito que le separaban de la luz. Podían gritar o morir, pero nadie acudiría a socorrerlos. Estos siniestros pensamientos alimentaban los ruidosos bufidos que el cura soltaba como si fuera una ballena. Jean-Baptiste, crispado, había apresurado el paso y le llevaba unos cuantos metros de delantera para no oírlo. Bastante injustamente, descargó sobre el pobre infeliz, que sólo había cometido el error de haberlos lanzado a la boca del lobo, toda la furia que llevaba dentro, sólo de pensar en el chantaje de los capuchinos. En este estado, desafiante uno y desesperado el otro, entraron en la casa donde les esperaba el maestro Juremi.
Éste estaba sentado tranquilamente en el patio sobre unas cajas de mimbre y leía a la luz de un fanal de latón. Poncet y Joseph se sentaron cada uno en un baúl, frente a él.