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Hadji Ali pensó que lo mejor para él sería llevarlos hasta el Negus y recibir de él una gratificación real, pues el soberano abisinio seguramente quedaría complacido por los servicios de Poncet. De paso se ganaría el reconocimiento de los francos de El Cairo. Sí, era evidente que le interesaba más salvar a los viajeros. Además, si partían de Senaar a todo correr se verían obligados a abandonar parte de su cargamento, y Hadji Ali podía convertirse en su beneficiario. La decisión por lo tanto estaba tomada. No obstante debía exponerla como si se tratara de un penoso sacrificio, para sacarle a Poncet una buena tajada.

Hadji Ali empezó a gimotear y se enjugó el sudor que le había caído por la frente cuando el franco mencionó el látigo y la prisión. Habló de dinero, y un cuarto de hora más tarde el acuerdo se cerraba solemnemente. Partirían los cuatro, los tres francos y Hadji Ali, con cinco camellos y un mínimo de bultos. Cada viajero llevaría en su montura sus efectos personales y sus armas. El camello de carga transportaría principalmente los regale* destinados al Negus y el cofre de los remedios. Todo lo demás -tenían otros muchos instrumentos científicos, presentes para las autoridades que encontraran ocasionalmente y mudas de recambio- lo dejarían a buen recaudo aquella misma noche en casa de una viuda que acostumbraba consolar al camellero siempre que pasaba por Senaar. La mujer escondería todo hasta su próximo viaje. Hadji Ali exigió finalmente que a partir de ese día los camellos pasaran a ser de su propiedad y que los francos le abonaran en concepto de alquiler una suma previamente estipulada.

A cambio de estas ventajas, Hadji Ali aceptó la escapada, e incluso buscó la complicidad de Hassan El Bilbessi para encubrir la huida. A partir de la mañana siguiente, a cualquiera que le preguntase por los francos, éste respondería que habían ido en busca de plantas al río y que Hadji Ali se había encerrado en el hammam, aquejado de una migraña. Después ya se vería.

Descansaron un poco, aunque no pudieron dormir. A las dos de la madrugada, Hadji Ali, que había ido a hablar con Hassan El Bilbessi, volvió a la casa con un camello que cargaron con dos baúles. Luego, los tres se deslizaron por el callejón a pie detrás del camellero, con sus mantas de grupa y sus sillas. Colocaron los arneses a los camellos que estaban atados lejos de la caravana y se pusieron en camino. La noche era absolutamente cerrada, pero afortunadamente para todos, Hadji Ali conocía bien la región. Nada es tan reconfortante como huir. Ya no tenían miedo. Durante varias horas avanzaron con prudencia, a buen ritmo. La ciudad estaba lejos, y ya no se oían los perros. A su izquierda, la oscuridad exhalaba un aliento húmedo que debía provenir del río. Al rayar el alba, después de haber remontado la orilla del Nilo azul, descubrieron ante ellos unas cabañas de barro seco que emergían de un tapiz de cañas. Unos bueyes sorprendidos, al borde de la ribera, resoplaban como si quisieran alejar más deprisa los últimos retazos de la noche fría. Un puente de troncos franqueaba el Nilo; empujaron a sus bestias y, cuando lo hubieron cruzado, partieron al galope hacia la luz malva de Oriente.

La tranquilidad de Alix y Françoise, que habían adquirido la costumbre de encontrarse todas las mañanas en la terraza de los droguistas, se vio amenazada de repente por la persona aparentemente más inofensiva. El padre Gaboriau, tan apacible, tan dócil a su tratamiento y que tan poco les incomodaba, sufrió un ataque. Un día, a la hora de despertarlo, Alix encontró al pobre hombre en el diván con una mano colgando, un ojo desmesuradamente abierto y la boca torcida.

El viejo sobrevivió, aunque se quedó paralítico y mudo. Su defección estuvo a punto de tener consecuencias fatales para las dos amigas, pues el cónsul se aferró a este pretexto para terminar con aquellas salidas que únicamente había autorizado bajo la coacción más execrable. Su hija apeló al compromiso moral de cara a los «propietarios del laboratorio», pero el diplomático se encogió de hombros. Bonitas palabras para calificar a aquel par de truhanes, pensó. Llegaron casi a los gritos pues Alix dio muestras de una resistencia impropia de ella hasta entonces. Al final obtuvo el permiso para reemprender sus funciones, a partir de entonces en compañía de la señora De Maillet. Entretanto, Françoise permaneció escondida. Desde la primera visita, Alix obligó a su madre a escuchar fastidiosas explicaciones sobre una botánica que iba inventando sobre la marcha, salpicada de innumerables palabras latinas creadas para la ocasión, e interminables paradas frente a las plantas crasas más modestas, que la muchacha elevaba al rango de especímenes únicos en el mundo. La pobre mujer se aburrió tanto que al regresar tenía migraña y dolor de piernas. Aún sacó fuerzas para volver una segunda vez, pero eso fue todo. El aire de aquel invernadero, declaró, era deletéreo para su salud; no obstante, reconoció que resultaba muy beneficioso para su hija. La señora De Maillet persuadió a su marido de que el entretenimiento de las plantas era una pasión inofensiva para Alix y que sería peor contrariarla que complacerla. El cónsul cedió, primero porque no había oído ningún comentario adverso en la colonia a propósito de aquellas visitas, y segundo porque incluso había recibido las felicitaciones de un mercader cuyo hijo tenía un invernadero. Alix, que temió por un momento no poder continuar con sus visitas o ser vigilada más de cerca, obtuvo la benévola autorización de su padre para acudir sola, de modo que a partir de entonces pudo ver a Françoise sin que la vigilaran.

Fue una etapa muy feliz. La joven no era ajena a la completa transformación que se estaba operando en ella. La firmeza que había demostrado frente a su padre en aquel asunto había sido la primera señal.

Al principio hubo cambios muy fútiles. Privada de la amistad a la edad en que es más necesaria, Alix necesitaba tomar la medida de su belleza, de aquel cuerpo que aún miraba con temor, como un caballo de raza del que todavía se ignoran sus aptitudes.

Fue la etapa de probar peinados nuevos, que había que deshacer a toda prisa, al mediodía, «ntes de volver a marcharse. Alix sacaba a menudo del consulado, escondidos en una bolsa, algunos vestidos que sustraía a su madre, y se divertía probándoselos. Ella desfilaba ante su amiga riendo, en aquella terraza sombreada donde crecían los naranjos. Más allá de las nociones generales y vagas sobre la belleza, Françoise enseñó a la joven a discernir y a valorar cada detalle. Alix estaba radiante.

Con el paso del tiempo, le manifestó su gratitud a Françoise por haberse mostrado tan paciente y alegre durante aquel largo período en que se había descubierto con tanta ingenuidad.

Sin darse cuenta, había pasado esta primera página. Alix conocía sus cualidades, ya no dudaba de ellas y sabía hasta dónde llegaban. Surgió entonces una seguridad en sí misma, nueva e intensa, que disimuló conservando la modestia de sus formas y sus propósitos. Su madre no vio nada, como de costumbre. Alix se dio cuenta de que la pobre mujer, a quien lamentablemente apenas conocía, tenía poco que enseñarle. ¡Qué diferencia con Françoise, que había tenido una vida de auténtica novela! Había nacido cerca de Grenoble en el seno de una familia acomodada; su padre era mercader de grano. Françoise se había vengado del poco caso que aquella buena gente había prestado a su hija, abandonándolos para seguir a un hombre treinta años mayor que ella. No tenía oficio pero los había ejercido todos, gastaba mucho sin ser rico, y todo a cuenta del padre de Françoise. Aquel apuesto amante hablaba bien, había estado en Oriente e Italia y se la llevó con él. Éste fue el principio de un sinfín de aventuras interminables que ella refería a retazos, como en Las mil y una noches. Fuga, fortuna, viaje, miseria, y amor. Exilio, mentira, juego, y más miseria. Cuando llegaron a El Cairo ya no se entendían. Todo resultó cada vez más triste hasta que el hombre murió, de forma vergonzosa, lejos de ella, en la ciudad árabe. De este período errante Françoise recordaba imágenes, anécdotas y algunas pautas de conducta. Aludía a los preceptos como si nunca más tuviera que aplicárselos a sí misma, como si la edad y la indiferencia la hubieran vuelto imperturbable. No obstante, Alix reparó en que siempre se emocionaba al mencionar al maestro Juremi cuando ésta hablaba de su trabajo en casa de los droguistas.