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– ¡Prosiga! -dijo impaciente el señor De Maillet-. No olvide que esta carta debe estar terminada hoy si queremos que salga en el último correo de Alejandría. ¿Dónde estábamos?
El señor Mace, sentado ante el escritorio de persiana, con una pluma en la mano, tenía aún los ojos obnubilados por la mala noche que había pasado. Los mosquitos que habían tomado posesión de la ciudad al principio de la estación seea se habían ensañado con él, atraídos sin duda por los efluvios de su transpiración. Ese olor que alejaba a los seres humanos embriagaba a los insectos, aunque, por desgracia esta dolorosa evidencia no le hacía recapacitar sobre los principios de su higiene.
– Entonces, entonces -dijo tratando de retomar el hilo de su lectura-. Sí, eso es: «y el mismo capuchino que me pidió incluir a los monjes de su orden en nuestra embajada vino a verme nuevamente ayer. Debo confesar a Su Excelencia…».
– ¡No! Esa aseveración no es suficientemente diplomática. Un cónsul no hace confesiones a un ministro.
– ¿Y si escribiéramos «Su Excelencia debe saber»?
– No está mal. Continúe.
– «Su Excelencia debe saber que no fue una entrevista de cortesía. Por mi parte me esforcé en soportarle hasta el final, pese a que en numerosas ocasiones el padre Pasquale, que parecía fuera de sí, fue más allá de los límites del decoro e incluso de la dignidad.»
– Está bastante bien -dijo el señor De Maillet de pie, con una pierna estirada, satisfecho de la lectura y admirando al mismo tiempo sus medias de seda verde manzana que acababa de recibir de Francia por medio de la galera.-«Después de nuestra última entrevista mandó seguir a la caravana de nuestros emisarios. Los capuchinos los alcanzaron en Senaar, y allí reiteraron su petición. Según parece, nuestros enviados aprovecharon una noche sin luna para huir, y a pesar de todas las investigaciones realizadas, todavía no se ha encontrado rastro alguno de ellos.»
– ¿Lo ha puesto en singular?
– ¿El qué, Excelencia?
– Pues «rastro», qué va a ser…
– Me parece que sí.
– Escríbalo en plural. No creo que hayan huido a la pata coja, unos detrás de otros, para dejar sólo un rastro.
– «No se han encontrado sus rastros.» En plural.
– Muy bien.
– «Alertados por esta huida, los capuchinos siguieron con sus pesquisas y al final descubrieron la identidad del supuesto Joseph. El asunto llegará hasta el Papa, al menos ésas son las intenciones del padre Pasquale.»
– No mentemos tantas veces a ese insolente. Diga sólo «ésas son las intenciones de los capuchinos».
El señor Macé tomó nota.
– «Propongo a su Excelencia sacar dos conclusiones provisionales de este embarazoso asunto: la primera, que hace un mes poco más o menos nuestros emisarios estaban vivos y con buena salud en Senaar, donde suponíamos que habrían de encontrarse por esas fechas.»
El señor De Maillet se había acercado a la ventana y miraba al jardín.
– «La segunda, menos evidente sin duda, que estos tejemanejes religiosos complican sobremanera esta misión. La rivalidad que existe entre ambas congregaciones y la hostilidad que los abisinios manifiestan hacia el clero católico plantea dudas respecto al éxito de una misión que debería ser menos problemática en sí misma. Dicho en otros términos, y para hablar sin rodeos, espero que los jesuítas no pongan en peligro un cometido al que se han entregado con tanto afán. Considero a este respecto que en el momento de encomendar esta misión, Su Majestad deseaba obrar en interés de toda la cristiandad.»
Era la cuarta vez, desde la tarde del día anterior, que releían la carta, pues el cónsul no se cansaba de oír esa parte eminentemente política, a su parecer tan audaz y clarividente. En aquel momento apareció su hija en el rellano de la escalinata, y su presencia distrajo ligeramente su atención. Cómo habría deseado compartir con ella aquellas sutilezas diplomáticas y que pudiera apreciar el genio de su padre el día que desgraciadamente hubiera desaparecido…
– «Y conviene observar -continuó el señor Macé- hasta qué punto se confunden en este asunto los intereses del Rey de Francia con los de la fe católica. En cuanto la embajada esté de regreso, me dirigiré nuevamente a Su Excelencia para saber qué táctica deberé seguir. ¿Será oportuno mezclar las relaciones de Estado con los asuntos religiosos? En el supuesto de que los lazos diplomáticos y sobre todo comerciales sean factibles, ¿deberíamos maniobrar en provecho de Su Majestad y sólo en el estricto interés de su Estado?»
– Creo que es perfecto -dijo fervorosamente el señor De Maillet-. La releeremos otra vez más, dentro de un rato, cuando haya introducido las correcciones, y después la enviaremos.
El señor Macé se levantó y volvió al cuchitril asfixiante que le servía de despacho.
Desde la ventana, aunque algo retirado de los tapices de la pared, el cónsul observó con ternura a su hija, que iba a cuidar las plantas, tal como se acostumbraba a decir en la casa. Admiró su grácil silueta, su andar ligero y sus modales más graves y menos aniñados.
«Pronto habrá que ir pensando en su matrimonio», se dijo.
– ¡Esta bestia terminará por tirarme al suelo!
El maestro Juremi trataba de someter con todas sus fuerzas a aquel caballo enloquecido que forcejeaba con la mirada perdida. Hadji Ali llamó a un esclavo, que agarró al animal por los arneses.
– ¡Ahora no es el mejor momento para caerse! -dijo Jean-Baptiste, que sujetaba las riendas con las dos manos e intentaba mantener su montura al paso con visibles dificultades.
Acababan de dejar atrás el barrio moro y ahora franqueaban el riachuelo que les alejaba de la ciudad propiamente dicha. Ya no se ocultaban bajo sus turbantes musulmanes y saltaba a la vista que eran blancos. Sin embargo, la multitud circulaba impasible por las callejuelas de la ciudad sin prestarles la menor atención, por varias razones. Primero, porque el sol del desierto les había curtido considerablemente y los dos francos tenían prácticamente la misma tonalidad de piel que los abisinios cristianos, que por lo demás no son muy oscuros. En segundo lugar porque en Gondar vivían algunas docenas de extranjeros y sus habitantes ya se habían acostumbrado a su fisonomía: la mayoría eran griegos, armenios e incluso eslavos del sur, a quienes el Emperador había ofrecido su protección tras huir del yugo otomano. Y por último -aunque los dos viajeros tardarían algún tiempo en descubrirlo-, porque los abisinios no manifiestan nunca sus sentimientos ni hacen ningún gesto que pueda revelar su pensamiento. Fuera como fuese, el caso es que los dos amigos avanzaban por las calles de aquel fabuloso país con una agradable sensación de felicidad. El maestro Juremi, cuya barba tupida y canosa le otorgaba una apariencia de sabio, y Jean-Baptiste, a quien sus cabellos rizados y negros, su tez bronceada y su porte distinguido le daban un aire de joven señor, cabalgaban uno al lado del otro con cierto nerviosismo pero rebosantes de alegría.
Mientras ascendían al paso de sus caballos camino de palacio, las siluetas blancas de la multitud se apartaban para dejarles paso. Tanto los hombres como las mujeres iban ataviados únicamente con unas túnicas de algodón ajustadas a sus espigadas siluetas. Casi todos tenían un aire altivo y noble debido a sus rasgos refinados, sus grandes ojos negros y almendrados y su porte erguido. Por su parte, los esclavos, originarios de los países vasallos, se distinguían al primer golpe de vista pues eran más negros, estaban más encorvados, de natural o por el peso de los fardos, y caminaban hablando a gritos entre ellos.