El aguamiel tenía la propiedad de infundir locuacidad a los hablantes y paz de espíritu para escuchar. Los dos viajeros oían a Demetrios y se divertían con sus muecas, sentados cómodamente en una mullida alfombra y acunados por la melodía del krar que tocaba un anciano.
– ¿Y esos príncipes no se han olvidado ya de sus lágrimas? -preguntó Poncet-. ¿La ambición y los celos se han desvanecido de verdad?
– ¡Así es, en efecto! Nuestro Rey sólo ha recibido muestras de admiración por parte de su familia. Únicamente se ha rebelado uno de sus primos.
– El que ha sido despellejado vivo -replicó el maestro Juremi.
– ¿Así que está enterado de su historia? -dijo Demetrios, un poco sorprendido.
– Sólo del final.
El joven soltó una sonora carcajada.
– No sólo la familia -continuó, poniéndose serio-. También los balabat, o sea los nobles y los príncipes, además de los gobernadores, las tribus, todo el mundo en este gran país amenaza constantemente al Rey. Por no hablar de los gallas. Quienes menos problemas nos causan son los países musulmanes vecinos; nos cercan, pero de momento nos dejan tranquilos. No, realmente nuestro Rey nunca está en paz. Ésa es la tarea de todos los reyes. Pero siempre ha demostrado tanta valentía que se ha convertido en el soberano más glorioso que hemos tenido en mucho tiempo. Se ha ganado el aprecio de los príncipes y el respeto de los musulmanes, ha sabido sosegar a las tribus, y ha repelido los ataques de los gallas. Su obra es inmensa.
– No quisiera faltarle al respeto -dijo Poncet, ligeramente mareado-, pero no me imagino cómo la estatua viviente que hemos visto hace un rato ha podido culminar todo eso. ¿Acaso no estará sometido a la influencia de su lugarteniente general y de todos sus sacerdotes?
– ¿El Emperador? -preguntó Demetrios-. No me haga reír. Le temen y le odian porque les ha despojado de su poder. Es más, el alto clero nunca ha estado tan controlado como ahora. No es que el Rey esté muy versado en la doctrina religiosa, pero honra su autoridad y sabe además que sus atribuciones se amparan en la unidad de su Iglesia. Ha sofocado las rivalidades entre los religiosos y entre los balabat hasta el punto que ahora los tiene a sus pies. Y si aparece como una estatua viviente en las audiencias es para obligar aún más a sacerdotes, príncipes y nobles a mantenerse de pie ante su figura hasta caer de fatiga, como han podido ver.
– ¿Pero no hay entre ellos alguno que tenga más influencia y que pueda, por ejemplo, hacerle llegar mensajes directamente? -preguntó Jean-Baptiste, pensando como siempre en la misión que le había confiado el cónsul.
– De todas las personas que ha visto, me temo que nadie. No obstante, hay otras vías.
– ¿Usted, por ejemplo? -indagó Jean-Baptiste, mirando a Demetrios.
– El mero hecho de que albergue tal pensamiento me honra.
Se internaron en la oscuridad de la noche, sin saber a ciencia cierta adonde les llevaban sus pasos. Por suerte, Demetrios los dejó en la puerta. Antes de acostarse, Jean-Baptiste revolvió en el cofre de los remedios, y sacó un cuaderno que le servía para anotar las recetas y las proporciones de las mezclas. Finalmente se metió una mina de grafito en uno de los bolsillos y el cuaderno en el otro.
– Mañana empezaré a tomar notas -dijo estirándose, aún vestido.
– ¿Para qué? -preguntó el maestro Juremi, a quien se le desencajaban las mandíbulas con sus bostezos.
– Primero porque es interesante. Y en segundo lugar porque así encontraremos la forma de salir de este país.Todavía era noche cerrada cuando Jean-Baptiste oyó una llave en la cerradura e instintivamente buscó a tientas la espada que había escondido debajo de la cama. La puerta se abrió con suavidad, y una silueta se recortó a la luz del resplandor de una palmatoria de arcilla donde ardía una candela.
Jean-Baptiste esperaba, dispuesto a entrar en acción, cuando de súbito vio brillar una hoja y luego la gran sombra del maestro Juremi, que se había incorporado sin hacer el menor ruido. El protestante había acometido ya al intruso y le apuntaba con la espada al corazón. El desconocido levantó las manos en el aire, y con ellas la vela que alumbró el rostro. Por fortuna era Demetrios.
– ¿Qué busca usted a estas horas? -le preguntó el maestro Juremi alzando la voz.
– ¡Chsss…! Se lo ruego -dijo Demetrios en un susurro-. No haga ruido y deje de amenazarme con esa espada.
El maestro Juremi se apartó para que Demetrios entrara en la habitación.
– Vístanse -dijo en voz baja.
– Ya estamos vestidos.
– Entonces, síganme; no tienen nada que temer.
Los dos amigos intercambiaron una mirada, guardaron las armas y echaron a andar detrás del joven. En lugar de salir de la casa, éste abrió una puerta que ya habían visto anteriormente. Imaginaban que se comunicaba con un granero, pero lo cierto es que daba a un angosto corredor. Atravesaron dos puertas más, y al llegar a los muros de piedra se dieron cuenta que habían entrado en el palacio. Demetrios, que iba delante, los guió por una estrecha escalera de caracol, abierta al exterior a través de las troneras por donde se colaban unas ráfagas de viento frío y después salieron al camino de ronda que daba a las almenas de las murallas. El cielo estaba despejado, sin una nube siquiera, y de la ciudad sólo llegaba el tenue resplandor de los puestos vigías y las hogueras de la tropa. La bóveda celeste estaba tan tupida, tan cuajada de luceros que parecía un manto sedoso y brillante desde cualquier punto de aquel entramado de estrellas suspendidas en el firmamento. Desde que los viajeros vivían en el altiplano, la tierra les hacía olvidar que estaban lejos; sólo se lo recordaba el cielo. Entre dos almenas divisaron la Cruz del Sur.
Demetrios los condujo a lo largo de un muro almenado y a continuación penetraron bajo una de las minúsculas cúpulas que se elevaban en cada una de las esquinas del castillo. La cúpula configuraba el techode una sala cuadrada y de dimensiones reducidas que estaba amueblada con una mesa de madera y cuatro taburetes. Un hombre ataviado con una sencilla túnica blanca, sujeta a la cintura con un cinturón bordado, ocupaba uno de los asientos. Tenía un codo en la mesa y el torso inclinado hacia un candelabro. Al verlos entrar se incorporó. Los dos amigos reconocieron enseguida a aquel dignatario que les recibía con tanta sencillez. Era el Emperador, con sus ojos y su nariz característicos, la estatua viviente, el dios impasible ante el que se habían postrado aquella misma mañana. Poncet vaciló un instante mientras se preguntaba cómo iban a ingeniárselas si se veían obligados a estirarse en el suelo cuan largos eran, dadas las pequeñas dimensiones del gabinete. Evidentemente, Jean-Baptiste habría realizado las contorsiones más audaces con tal de conservar el pellejo, pero no fue necesario. El soberano señaló a sus visitantes los taburetes que estaban a su alrededor e incluso acercó uno que estaba entre dos alfombras, con toda naturalidad.
Se limitaron a hacer un saludo breve y tomaron asiento junto al monarca. Así, solo y sin el boato de la corte, el Rey de Reyes no emanaba más majestad que cualquiera de sus subditos, que no es decir poco. Pero además del porte altivo y grave que poseían todos los abisinios, el soberano tenía una expresión triste, por no decir de amargura, que se reflejaba en las facciones de su rostro cuando se quedaba quieto. Al recibir a los dos extranjeros había forzado una leve sonrisa antes de que la tristeza se apoderara nuevamente de sus rasgos. Físicamente era un ser de baja estatura para su raza y muy delgado. Debía de tener unos cuarenta años pero ya estaba ligeramente encorvado. Su mirada no irradiaba la vivacidad de los corazones salvajes que siempre están alerta, incluso cuando duermen. Era tan sólo un hombre cansado y débil de quien se habría apiadado más de uno, de no haber sabido que un día antes había mandado infligir tormentos abominables.