– ¿Por qué prefieren servir a esc infiel, a ese canalla turco, que posiblemente ni siquiera da muestras de gratitud, y no a un príncipe cristiano que sería incapaz de negarles un favor?
– Majestad -respondió Poncet-, no volvemos por el pacha de El Cairo.
– ¿Pues por qué entonces?
El joven médico bebió un trago de café antes de contestar.
– Como usted sabe, el maestro Juremi y yo somos socios. El me acompaña, pero quien realmente quiere regresar soy yo.
– En tal caso -dijo el Rey-, le hago la pregunta a usted, Jean-Baptiste.
– Bien, Majestad -dijo Poncet-, la cuestión es que estoy enamorado de una joven.
El Rey se echó a reír. Era una de las pocas veces que le veían hacerlo. Se reía silenciosamente, con la cabeza hacia atrás. Mientras, Demetrios esperaba con una actitud respetuosa para traducir la continuación de la conversación.
– Muy bien -dijo por fin el soberano-. Supongo que se sentiría muy orgullosa de vivir en mi corte, y arropada en oro. Por lo que me han dicho, El Cairo es una ciudad muy calurosa y las mujeres prefieren nuestro clima. ¡Haga venir a su esposa!
– No es mi esposa -dijo Jean-Baptiste.
– En tal caso, puede celebrar la boda aquí.
– A decir verdad, Majestad… no hemos llegado tan lejos todavía.
El Rey volvió a reírse de aquel modo tan peculiar.
– ¿Y en que punto están entonces?
– Debe saber, Majestad, que es una joven de una condición considerablemente más elevada que la mía. Su padre ocupa un cargo importante en nuestro estado. Nos amamos y…
Jean-Baptiste sintió una especie de punzada al pronunciar la frase,como si estuviera tentando la suerte. Temía los zarpazos del destino sobre ese asunto, con la superstición propia de los enamorados.
– … pero antes tengo que convencer a su familia y no va a ser fácil.
– Dígale que vivirá aquí, en la corte de un gran Rey, y que usted será uno de mis oficiales de alto rango.
– Majestad, ¿acaso no conoce a los hombres? No tienen imaginación; para ellos no existe aquello que no pueden ver con sus propios ojos. Yo sé bien que un lugar en su corte es más digno que muchos cargos de los que se enorgullecen los hijos de las familias más influyentes, pero eso no será suficiente para convencer al padre de la mujer que amo.
Se detuvo un instante, esperó a que Demetrios terminara la traducción y, sacudiendo la cabeza como quien piensa en voz alta y analiza una a una las ideas que se agolpan en la conciencia, añadió:
– Me doy cuenta, Majestad, de que intenta hacer todo cuanto está a su alcance por ayudarme y le estoy muy agradecido por ello. A decir verdad, hay algo que me gustaría decirle…
– Dígalo, pues.
– Me resulta difícil confesárselo porque sé que mis propósitos pugnan con sus convicciones más profundas.
– No se preocupe por ello. Si tengo que negarme, al menos ni usted ni yo tendremos que lamentar el no habernos hablado con claridad.
– Bien -dijo Jean-Baptiste de manera precipitada, como quien alivia la carga de sus hombros dejando caer los bultos al suelo-. El padre de mi amada es diplomático. Si me fuera posible alcanzar la misma posición, me juzgaría como un igual, o cuando menos como alguien de su mundo. Un medio para conseguir mi meta sería que Vuestra Majestad se dignara recomendarme a nuestro rey Luis XIV para que éste me nombrara embajador permanente en Abisinia. De ese modo podría volver aquí, y al mismo tiempo ostentar ante la joven que amo un cargo brillante. Por otra parte, aunque ese puesto sea inferior sin duda al que Vuestra Majestad pudiera ofrecerme en su corte, al menos tendría el gran mérito de ser considerado por su padre.
– ¡Una embajada! -exclamó el Rey.
Una ráfaga de aire se deslizó por debajo del faldón de la tienda real y levantó un remolino de arena en el suelo, interrumpiendo un momento la conversación.
– Usted sabe -continuó el soberano- que nunca obramos de esa forma. Si tenemos algo que decir a nuestros vecinos, recurrimos a mensajeros que actúan con suma discreción, como mercaderes, peregrinos, y a veces incluso mendigos. Antaño, cuando los portugueses nos enviaron representantes oficiales, éstos hicieron tal alarde de arrogancia que nos incitaron a no dejarles marchar.
– Lo sé -dijo Poncet.
El Rey se puso de pie y empezó a deambular alrededor de la mesa, rozando de paso la tela gruesa y áspera de la tienda, con un gesto instintivo que evidenciaba su perplejidad.
– Usted sabe también que todos los sacerdotes, esos que llaman jesuitas y esos otros que se visten como los árabes, pululan a nuestro alrededor, al acecho del menor pretexto para entrar en el país. Cuando yo era niño, mi padre mandó venir a un médico de El Cairo, como yo he hecho ahora con usted. Llegaron dos monjes; los recibió amablemente aunque con cierta desconfianza y preguntó cuál de ellos era el médico. Éstos le dijeron con toda tranquilidad que el médico no había podido emprender el viaje inmediatamente y que ellos se habían adelantado…
– ¿Qué fue de los monjes? -preguntó Jean-Baptiste.
– En el momento que el pueblo se enteró de que los religiosos francos habían regresado, la multitud comenzó a concentrarse; nuestros sacerdotes y nuestros príncipes pusieron al Rey en cuarentena, por miedo a que se convirtiera como había ocurrido ya una vez, para nuestra desgracia. Todos temían que se desencadenara de nuevo una guerra civil, así que el Rey, mi padre, no vaciló en entregar a los dos extranjeros a la multitud, que los lapidó ante el palacio. Le digo esto para que sepa que una embajada puede atraer a esos fanáticos que tratan de entrar en el país por todos los medios, a sabiendas de que no queremos volver a verlos.
– ¡Precisamente! -dijo Jean-Baptiste, que continuaba pensativo y que parecía a punto de pronunciar en voz alta los pensamientos que gradualmente le venían a la mente-. No debe confiar una embajada a un desconocido sino a una persona que le sea familiar, alguien que sienta tan poca simpatía como usted por los curas y que se comprometa a no traerlos con la embajada; esto pondría las cosas en otro plano. Majestad, me parece que en realidad tiene poco que temer. La presencia de un emisario de nuestro Rey, testigo de la situación de vuestro imperio y conocedor de las maniobras de los jesuítas ofrecería la posibilidad de informar sin demora a nuestro soberano de cualquier treta de esos clérigos. Luis XIV tiene influencia sobre el Papa y podría pedirle que moderara sus fervorosas congregaciones. Muchas cosas se deben a que en nuestro país no se conoce suficientemente a Vuestra Majestad. La simple palabrería medra fácilmente donde impera la ignorancia. Perdone mi franqueza, incluso yo me avergüenzo de lo que voy a decir, pero los jesuítas han llegado a describir este reino en sus relatos como una tierra de salvajes, ignorantes y brutos. Y ése es el argumento que han esgrimido para intentar traer hasta aquí la luz de la fe. Si yo pudiera aportar un testimonio de la realidad de este pueblo, seguro que el Rey francés lo entendería. Yo ayudaría a ambos a establecer las relaciones de estima entre grandes soberanos cristianos, uno de Occidente y otro de Oriente. Creo que de ese modo Vuestra Majestad podría impedir la llegada de quienes se empeñan en alterar el orden de su reino para adueñarse del poder y las almas.
Al término de este parlamento que había pronunciado de corrido, como llevado por una súbita inspiración y en un tono apasionado, Jean-Baptiste miró fijamente al Rey. El soberano, inmóvil, se quedó pensativo unos instantes. Luego llamó a un guardia. Un joven muy alto y delgado apareció con una lanza en la mano y un machete cincelado en la cintura.
– Que alguien vaya a la ciudad y me traiga a Murad inmediatamente -dijo el Rey.
14
Un hombre que ha mentido y robado mucho, que ha renegado y traicionado, sólo puede esperar la vejez y terminar su vida en paz cuando ha sabido preservar indefectiblemente su amor propio a pesar de todas las felonías. Así era Murad. El armenio había alcanzado una longevidad poco frecuente y sólo comparable a la de los venerables ancianos del Cáucaso, tan lucidos para llevar la cuenta de sus años, cuya edad siempre confunde a la gente. Murad sólo había conocido dos épocas en su vida: la niñez, en un pueblo cercano al lago Van, hasta que su padre mercader lo llevó consigo a Etiopía. Después, a partir de los quince años, la de los servicios prestados con una inmutable lealtad a cuatro reyes abisinios. Lo había visto todo: las misiones de los jesuítas, su expulsión, ¡a anarquía, la asunción del poder de Basilides, y luego la obra de su hijo y de su nieto Yesu I. Debido a sus dotes para los idiomas, su habilidad diplomática y su capacidad para juzgar a los hombres nada más verlos, se convirtió en el emisario de excepción de los Negus, concretamente en la India y también con los holandeses de Bali. Y había tenido el honor de volver de aquella misión con una enorme campana de bronce que los batavos le regalaron para honrarle.