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Jean-Baptiste había hablado con Murad en varias ocasiones desde que estaban en Gondar. La primera vez fue para prescribirle un tratamiento destinado a sanar una enfermedad poco común para su edad, y que había contraído ya «veinticuatro veces», a decir de la gente, debido a que su vigor sexual seguía intacto. Los remedios de Poncet habían dado un buen resultado, y el anciano se encaminaba hacia su sífilis número veinticinco cuando una noche que estaba en compañía de una joven hurí le dio un ataque que le impidió hacer uso de una mitad de su cuerpo. Gracias a los cuidados de Jean-Baptiste pudo recuperar el movimiento en la parte dañada, aunque le quedaron como secuelas una mano inútil y el labio caído. Pese a ello, Murad discurría tan bien como siempre y Poncet se sintió aliviado al saber que el Rey iba a prestarse a escuchar la opinión de un hombre que siempre había mostrado tan buena disposición con respecto al joven médico.

El anciano apareció al cabo de una hora. En su cara se dibujaba la expresión de disgusto de quien ha sido despertado en el primer sueño. Jean-Baptiste sabía que dormía poco y muy mal, pero intuyó que el anciano estaba haciendo comedia para disimular la alegría que sentía de que el Emperador aún reclamara sus consejos. Además, como negociante avispado que era, podía permitirse estipular muy alto el precio de su aparente esfuerzo, a sabiendas de que recibiría una retribución acorde con su supuesto sacrificio.

El Rey le expuso el asunto de la embajada de Jean-Baptiste sin mencionar el aspecto amoroso, y pidió a Murad su opinión respecto a la viabilidad de tal empresa y los medios para llevarla a cabo.

El viejo escuchó desde una especie de silla curul con incrustaciones de nácar que formaba parte del mobiliario de caza del soberano. Estaba sentado de medio lado, y se apoyaba en un codo, con los ojos entornados. Tenía los párpados casi cerrados y los ojos nublados por unas manchas blanquecinas. No obstante, Jean-Baptiste intuía que su mirada penetrante se clavaba en todas partes y que era observado con suma atención. Una expresión apasionada se dibujó en el rostro del joven, que no intentó disimular el deseo de hacer realidad la encomienda del Negus. Después de haberse tomado un tiempo prudencial para estudiar las palabras del Rey, Murad dijo con una voz algo entrecortada por la enfermedad:

– Majestad, es una idea excelente. Pero como decía Herodoto, la lira puede ser un instrumento musical o un arco, o sea un arma, todo depende del uso que se haga de ella. También esta empresa puede acarrear resultados muy distintos, según la forma en que se maneje.

Murad hablaba siempre así. Nunca emitía un juicio que no albergara la sentencia verídica o inventada de un filósofo griego, como un guerrero que se esconde tras su escudo para aproximarse más a aquel a quien desea asestar un golpe. El Rey esperó que continuase.

– En primer lugar -dijo Murad con una expresión de profundo abatimiento- no tiene que escribir nada, Majestad. La ruta es muy larga desde aquí hasta las capitales de Occidente y existe el nesgo deque su carta caiga en manos de desaprensivos que hagan mal uso de ella. Esa circunstancia podría incluso darse aquí. Figúiese el partido que sacarían los sacerdotes si descubrieran que pretende enviar una embajada. Por otro lado, suponiendo que eso ocurriera en ruta, los turcos se enterarían de sus intenciones y el señor Poncet sería desenmascarado como su protegido. Y también podría ocurrir allí. Ya conoce a los jesuitas, su habilidad para manipular las leyes, y su mente retorcida y pérfida. Cualquier palabra anodina les autorizaría a pensar que usted solicita su presencia, que quiere prestar juramento de fidelidad a Roma o quién sabe qué. Así pues, nada de escribir.

– Pero en ese caso, ¿cómo vamos a mandarla? -preguntó el Rey, que había escuchado estas palabras de pie, con las manos a la espalda.

– Pues igual que hizo su padre y su abuelo. Y como usted mismo ha hecho muchas veces.

– Enviando a un mensajero con el señor Poncet -dijo el soberano-. Sí, ya había pensado en esa posibilidad, pero quién… ¿Usted, Murad?

– Majestad, entiendo que me hace esa pregunta como un cumplido; no obstante me halaga y le doy las gracias por ello. No, usted sabe que la muerte ha dejado recientemente su huella en mi cuerpo. Estoy tan resignado a someterme a sus designios que bajé la cabeza, pero falló. Me temo sin embargo que dentro de poco vendrá a darme un nuevo golpe, y espero que sea el último.

– Entonces, ¿quién? -volvió a preguntar el Rey-. Hadji Ali sólo es virtuoso con los mahometanos. Sería incapaz de cumplir una misión de estas características.

Poncet soltó un suspiro al oír que iban a librarse para siempre de la compañía de aquel ladrón. Miró al maestro Juremi, que, desde el fondo de la tienda donde se hallaba en silencio, le llamó con una señal.

– Maillet quería a jóvenes de la nobleza abisinia, ¿recuerdas? -dijo el protestante en voz baja.

– No tenemos ni la más remota posibilidad, pero de todos modos voy a plantear la cuestión.

Jcan-Baptiste volvió a orientar sus pasos hacia el soberano y tomó la palabra de nuevo.

– Majestad, ¿qué le parecería si lleváramos con nosotros a los hijos de algunas familias influyentes? De paso podrían sacar un gran provecho del viaje, seguir estudios en Francia, aprender nuestra lengua y enseñar a los franceses la suya…-¿Se ha vuelto loco? -dijo Yesu-. Nuestros vecinos musulmanes matarían a cualquier abisinio cristiano que saliera de aquí. Además, no olvide que este asunto debe permanecer en secreto.

Poncet se avino de buen grado a sus razones; al menos podría decir honestamente que había intentado persuadirle…

El Rey continuó cavilando en silencio.

– ¿Demetrios? -dijo de repente el soberano, mirando al traductor.

– No, no, le resulta más útil aquí-sentenció Murad.

Por la manera en que se había apresurado a responder, tan impropia de él, que siempre hablaba con desapego y con un aire cansino, Poncet comprendió que el anciano tenía un candidato y que estaba tratando de que el Emperador adivinara su nombre.

Murad le dejó mencionar dos o tres personas, que fueron eliminadas. Finalmente, al cabo de un estudiado silencio, el armenio dijo con fingida indecisión:

– Se podría pensar en mi sobrino…

– ¿De qué sobrino me habla? Su hermana tiene hijos, pero que yo sepa son mujeres.

– También tiene un hijo, que se llama Murad, como yo. Ya sé que puede resultar algo confundido. Si le parece, podemos llamarle Murad el Joven, aunque ya tiene casi cuarenta años. Fue educado en Alepo, Tal vez sepa, Majestad, que mi cuñado comerció durante mucho tiempo en esa región. Su mujer, mi hermana, volvió aquí hace quince años, y creo que no se entendía muy bien con su marido. En fin, sea como sea, el padre se quedó con el hijo, como dictan nuestras costumbres. Pero por desgracia no ha servido de mucho, a pesar de las excelentes cualidades del muchacho. Figúrese, Majestad, que se ha hecho… cocinero.