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Esta otra carta sumió al diplomático en un estado de inquietud aún mayor que la primera, hasta tal punto que causó trastornos en toda la casa. La mente del cónsul, ese mecanismo tan hábil para desgranar hasta el último minuto de ocio, no daba abasto para asimilar aquel cúmulo de perturbadoras noticias. Por su parte la señora De Maillet también se sintió angustiada, pensando que la salud de su marido podía resentirse de nuevo.

Pero Alix, ávida de noticias, era sin duda la más nerviosa, después de aquellos largos meses en que había recorrido todos los territorios de la emoción: la esperanza, el desasosiego, el pesimismo, los más negros presentimientos… y ahora estaba empezando a saber qué era la resignación.

La llegada de los dos correos la colmó de impaciencia y curiosidad. Pero esta vez el señor De Maillet ya había tomado la determinación de no desvelar a su familia los motivos de su preocupación. Conservaba un recuerdo tenaz y desagradable del caos doméstico que se había producido por haber dado demasiadas confianzas, cuando la embajada emprendió viaje hacia Abisinia. Así que el cónsul se contentó con mascullar que había complicaciones y se cerró de banda en cuanto alguien de su entorno le hizo la primera pregunta.

A pesar de sus esfuerzos, ni Alix ni Francoise pudieron enterarse de más, ni siquiera escuchando detrás de las puertas. Tenían que conformarse con hacer conjeturas. Para Alix, nerviosa y enamorada como estaba, la hipótesis más verosímil era que algo grave le había ocurrido a la embajada de Jean-Baptiste. La desesperaba no saber nada, pero afortunadamente a Françoise se le ocurrió una idea.

– Ya que el cónsul no se confía a nadie, la única solución es hacer pesquisas por nuestra cuenta.

– ¿Entrar en su despacho? ¡Pero eso es imposible! -exclamó Alix.

Aunque se había vuelto más audaz bajo la influencia de Françoise, se espantó ante la idea de semejante transgresión.

– ¡No es tan difícil! -respondió Françoise-. Por la noche deja todos los papeles esparcidos sobre el escritorio y la puerta se queda abierta. Me lo ha dicho el joven nubio que cierra las contraventanas.

– Olvida que el guardia duerme en el vestíbulo y que sólo se puede entrar por allí.

– No sé si sabe -dijo con sutileza Françoise- que el maestro Juremi temía que el brebaje que le dábamos al padre Gaboriau, cuando empezó a frecuentar la casa, no fuera suficiente para que se durmiera del todo.

– ¿Qué quiere decir con eso?

– Pues que me dio otro frasco. Según me dijo, bastaba agregar unas gotas a cualquier líquido para que el buen hombre se rindiera a un sueño tan profundo que ni siquiera habría necesidad de hablar en voz baja a su lado. A aquel cura bonachón no le hizo falta. Pero aún tengo el frasco.

Al día siguiente por la mañana hubo que despertar al guardia con un cubo de agua fría en la cabeza. El señor De Maillet maldijo la embriaguez del personal de Oriente, pero no se dio cuenta de nada más.

Sin embargo, la noche anterior, a las once, después de cerciorarse de que el guardia dormía, Alix entraba en el despacho de su padre mientras Françoisc vigilaba la puerta. La joven estaba asustada ante lo que iba a hacer, pero en cuanto hubo atravesado la puerta del gabinete dio prueba de tener mucha sangre fría.

Sobre el cartapacio de cuero rojo del escritorio reconoció enseguida la carta del conde de Pontchartrain, pues los sellos de cera y los escudos de armas del ministro grabados profundamente en el papel de filigrana la destacaban entre las demás. Alix se apoderó de la hoja con cautela, intentando retener en la memoria la posición en que se hallaba. La dejó a un lado, sin molestarse en descifrarla, pues pensó que lo esencial debía de estar en otra parte. Y así era efectivamente, porque debajo de ésta, descubrió otra más breve. Si la primera carta se distinguía del resto de la correspondencia por su pulcritud, la otra resaltaba por su aspecto lastimoso. El papel estaba arrugado, manchado por el agua de lluvias y mancillado por huellas de dedos sucios. Alix la retiró con mucha precaución. La habían enviado desde Djedda, y era la escritura de Jean-Baptiste. Alix se la llevó primero al corazón y se quedó quieta un instante, sin atreverse a leerla. Su sensibilidad se había acentuado tanto durante aquella larga espera que al apretar aquel trozo de papel que Jean-Baptiste había sostenido, sintió la misma emoción que si hubiera posado la mano sobre la suya. Unos instantes después empezó a leer. Era una nota muy escueta, escrita con rapidez y con una pluma de bambú que achataba las letras. Las líneas ascendían hacia la derecha.

Excelencia:

Vuelvo a El Cairo. La misión en Abisinia ha sido un éxito, aunque hemos lamentado la muerte del padre De Brévedent, que falleció antes de nuestra llegada a la capital de Etiopía. Traigo conmigo a un embajador del Negus. En este momento está cruzando el mar Rojo pues ha sido retenido más tiempo del previsto en Massaua. El Rey de Reyes nos ha colmado de presentes para nuestro soberano. Llevamos diez esclavos abisinios, caballos, dos jóvenes elefantes, así como otras muchas cosas. En cuanto estemos todos juntos, sólo nos restará remontar hacia Port-Said y encontrar un navio que nos lleve a casa. Si todo marcha bien, llegaremos a El Cairo dentro de un mes. Le ruego a su Excelencia…

– ¡Un mes! -exclamó Alix.

Miró la fecha, escrita a vuelapluma en la parte superior de la carta, c hizo rápidamente sus cálculos: la carta había sido escrita exactamente veintinueve días atrás.

Volvió a colocar la misiva de Jean-Baptiste en su lugar, y encima la del ministro, que no había tenido necesidad de leer porque ya se había enterado de lo que quería saber.

2

Desde la colina donde Jean-Baptiste y sus compañeros habían asentado el campamento se divisaba toda la ciudad de Suez. Apenas era un pueblo de casas árabes dominado por algunos edificios otomanos y por la mole ocre de la aduana coronada por un tejado de tejas romanas. El viento del golfo hacía ondear los estandartes verdes y deshilacliados de altas palmeras. Las velas triangulares de los navios comerciales arañaban, como una uñada, el dedo azul del mar que se hundía en los pliegues del desierto. Los viajeros habían llegado a la llanura costera de Egipto, dejando tras de sí los declives escarpados del Sinaí.

Suez es el lugar melancólico donde se consuma el sueño de las aguas. El anhelo patético y visible del océano Indico se desvanece aquí, en el extremo del brazo que el mar Rojo tiende hacia el Mediterráneo, mientras este último, envarado e inmóvil, no hace el menor movimiento para responder a su llamada. En todas partes se aprecian las siluetas o las huellas de infinidad de caravanas que tienden un puente de estelas a través de la lengua de arena que separa estas masas de agua, como si quisieran acercarlas.

El final de la estación de las lluvias agrupaba pausadamente los últimos nubarrones negros que proyectaban una oscura sombra de frescor sobre la tierra. La exigua comitiva contemplaba el espectáculo alrededor de un fuego de ramas secas que los esclavos habían preparado después de traer leña desde muy lejos. El día se apagaba rápidamente, y conforme desaparecía la luz, se iba tornando más suntuosa aún la armonía de los colores y el juego de las sombras que aquilataba los relieves y acentuaba los contrastes. Los viajeros se sentían insignificantes ante la magnificencia celeste. A decir verdad, apenas se atrevían a mirarse. El único que parecía ajeno a tales emociones era Murad, cuya única preocupación en aquel momento era la sopa. Constantemente retiraba la tapa de la marmita que cocía en el fuego para observar el color del guiso.