Al final tomó la resolución de abandonar el último campamento en plena noche. El día anterior todo se había desarrollado como estaba previsto. El maestro Juremi tomó el camino de Alejandría refunfuñando. Por su parte, Murad estaba tranquilo porque optaron por pernoctar en un lugar muy frecuentado por las caravanas. Además, dos jenízaros habían decidido dormir allí aquella noche. Se acostaron temprano y poco después empezaron a oírse los sonoros ronquidos de Murad. Jean-Baptiste sabía que era inútil intentar conciliar el sueño, así que ensilló tranquilamente su caballo; dejó al asno y toda su carga con el resto del convoy que alcanzaría la ciudad al día siguiente; se enfundó la camisa limpia, el calzón y el jubón; y se marchó solo. La gran luna de nácar que se había elevado por poniente alumbraba el camino con tanta claridad como el sol en invierno. Había sido un día abrasador. El caballero al trote atravesaba las bolsas de calor que flotaban en el aire, dejándolas atrás como mantos sedosos. Mientras, los cascos de los caballos resonaban como los latidos de un inmenso corazón que hubiera aflorado a la superficie trémula del desierto.
Todavía era de noche cuando pasó por las ruinas de un templo dedicado a Tolomeo. No tenía ánimos para meditar sobre la fugacidad de los siglos entre aquellas columnas derrumbadas, pues en ese momento todo daba muestras de la evidencia contraria: los segundos eran eternos y el paso de estos últimos instantes de ausencia parecían interminables. Llegó a El Cairo cuando rayaba el alba. Los centinelas aún dormían y la puerta estaba cerrada. Pero al ver que era un franco bien vestido y sin armas, los guardias le dejaron entrar sin hacerle preguntas. Toda la ciudad estaba aún sumida en el sueño, salvo los mendigos que a esas horas solían deambular como sombras grises. Se levantó una vivificante brisa al salir el sol, y las golondrinas empezaron a revolotear en el aire, piando.
Cuando lo vio llegar, el viejo guardia de la colonia franca estuvo a punto de disparar con el mosquete, pero al reconocerlo, comenzó a dar gritos de alegría y Jean-Baptiste le hizo callar enérgicamente.
Luego se internó en la calle principal y en medio de ella vio el consulado, donde ondeaba el estandarte blanco con la flor de lis. El caballo, que sudaba por la carrera, avanzaba por sí solo. Hacía rato que había dejado de espolearlo; las riendas descansaban en la perilla. Jean-Baptiste miró hacia la ventana de Alix, que estaba abierta aunque tenía echadas las cortinas. En aquel instante sólo se alzaba entre los dos ese ligero obstáculo de algodón estampado en cuyo reverso se distinguían motivos azules. Ningún desierto, ninguna montaña, ningún animal feroz los separaba ya. No obstante, una vez más se alzaba entre ellos ese muro endeble y poderoso que erigen unos hombres ante otros cuando se trata de amar, socorrer o compartir. Jean-Baptiste ni siquiera se había dado cuenta de que el caballo se había detenido.
El joven salió de su ensimismamiento al oír un ruido procedente del jardín; probablemente era un vigilante que se acercaba a ver qué quería aquel intruso. Puso a su caballo al paso, dobló la esquina de la primera calle y recorrió el trayecto hasta su casa con una familiaridad que emergía del fondo del olvido. Bajó del caballo, ató la montura a la argolla sujeta a un soportal y se dirigió a su puerta. Como de costumbre, la llave estaba escondida en un agujero del muro, detrás de un pedazo de yeso. Entró. En la planta baja seguía siendo de noche, pero en su estancia del piso superior ya era pleno día. Nada había cambiado. Había atravesado territorios lejanos, había perdido sus propias huellas, había hablado con seres fabulosos, en la medida en que eran inaccesibles, había estado a punto de morir asesinado, ahogado y de hambre. Y durante esa larga ausencia que parecía tan ajena al mundo como un sueño, la fucsia había continuado dando flores malvas; un agave exhibía la flor de su vida en el extremo de un largo bohordo escamoso; la araucaria había enrojecido, y los naranjos habían fructificado. La parsimoniosa lealtad de las plantas habían abierto un túnel por debajo de su tumultuosa vida y, gracias a ese subterráneo, el pasado afluía intacto en el momento presente.Jean-Baptiste reparó en que unas manos inteligentes y cariñosas habían controlado y dirigido el movimiento natural de las plantas. Nada se había alterado. Los objetos se hallaban en el lugar en que él recordaba haberlos dejado, salvo algunas sillas esparcidas por la terraza. No obstante, si la furiosa fronda viviente había conservado aquel vigor y aquel orden, aquella fecundidad y aquella moderación, era porque alguien se había aplicado en la tarea esforzadamente día a día. Poncet sabía bien que esa paz y esa dulzura no eran sino el equilibrio entre los dos polos violentamente opuestos del vegetal y la inteligencia que lo cultiva. Así comprendió, al primer golpe de vista, que no le habían abandonado.
Por fin, sosegado por esta constatación, se rindió ante un inmenso cansancio. Fue hasta la hamaca y se estiró vestido y con las espuelas aún en las botas. La tensión del viaje, la sensación de estar permanentemente alerta y ese estado de constante vigilancia se desvanecían de golpe. La barrera que había alzado contra el agotamiento apenas se sostenía, sacudida por aquel océano de fatiga. Cerró los ojos y se durmió.
En su sueño volvió a ver a John Appleseeder, el niño de la historia que siempre le contaba su abuela. Nunca hasta entonces le había venido ese recuerdo a la memoria. ¿De dónde habría sacado la pobre mujer aquella leyenda? Fue sirvienta en la residencia de los Stuart, cuando éstos se exiliaron. ¿Qué lacayo escocés se la habría contado para seducirla, o qué infante real se habría encontrado con ella en los lavaderos? En fin, el caso es que John era un granuja que sembraba pepitas de manzana en todas partes. Si alguien encerraba al muchacho en algún cuartucho como castigo, éste colocaba una pepita entre las losetas del suelo. Si jugaba con un compañero, plantificaba otra en la pelambrera de su amigo. En la cabeza de los adultos y en la de los niños, en casa de los ricos y en casa de los pobres, en la ciudad y en el campo, en su pueblo y de viaje, allí donde fuera, John Applessceder siempre esparcía semillas de manzana. Así, al cabo de cierto tiempo, en cualquier lugar por donde hubiera pasado crecían manzanos que hundían sus profundas raíces en las losetas del suelo, en la cabellera de un chiquillo o de un adulto. Las paredes estallaban bajo la presión de las ramas y los ricos lloraban al ver las enormes grietas. Pero como daban buenas manzanas, los pobres que se las comían le estaban muy agradecidos a John. Y gritaban de alegría…
Jean-Baptiste se despertó. Françoise le miraba espantada, con una mano en la boca, en medio de las plantas. Al reconocerle cambió la expresión de su rostro.-¡Oh! disculpe por los gritos, señor Jean-Baptiste. ¡Señor Jean-Baptiste! ¡Usted! ¿Cómo iba yo a saber? ¡Dios mío, cómo ha cambiado!
Se acercó a la hamaca, tomó la mano del joven y le dio un abrazo.
– ¡Dios mío, qué delgado está! ¡Y esa barba que le recorre las mejillas, y esos cabellos largos!
No dejaba de mirarlo con lágrimas en los ojos y apenas podía hablar de la emoción.