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Desde aquel instante se sintió tan segura de que iba a ir como antes de lo contrario. Súbitamente afloraron a su mente las certezas que había adquirido por sí misma en el transcurso de ese año en vez de los anticuados argumentos asimilados en su educación. Durante esos meses en los que tanto había conversado con Françoise, había aprendido cuan dignos son los amores verdaderos que no se forjan en el interés sino con la pasión. En cuanto al honor, bastaba con mirar a su madre que tan bien había sabido guardar el suyo para comprender que se había convertido en la esclava del hombre que se había apropiado de su honra. Alix se hacía estas alarmantes reflexiones mientras se vestía. Por lo demás, quien osara creer que obraba así porque estaba bajo la férula de Françoise, se equivocaría de medio a medio. Cuando salieron de la casa por la puerta de servicio y sus sombras se confundieron con las de la calle, Alix se estremeció de felicidad no sólo por pensar en lo que estaba haciendo sino por la evidencia íntima y casi salvaje de que aquel acto, aquel acto no exento de peligro, tal vez era una forma de sacrificio que satisfacía la parte más auténtica de sí misma, y a la vez la menos doblegada por la civilización, eso que se podía llamar sencillamente su carácter.

Mientras esperaba la cita, Jean-Baptiste estuvo pensando que sólo había tenido amores fáciles y efímeros; aventuras donde el primer momento, que a menudo es también el último, adquiere la forma de una lucha; donde cada cual, lúcido y frío, trata de conquistar o resistirse; y donde al final ese triste juego se reduce a disimular tanto tiempo como sea posible los verdaderos sentimientos. Pero esta vez cada uno sabía de antemano y hasta el fondo de su ser qué sentía el otro. No era una cuestión de conquistar ni de abandonar a nadie. Ahora se trataba de dar a luz -al aire donde resonarían las palabras y se desplegarían los gestos- ese amor ya concebido que había vivido en ellos tanto tiempo. No obstante, se sentía torpe ante tal responsabilidad.

Cuando sonaron las dos campanadas ahogadas en la oscuridad, los dos estaban en camino; Alix y Françoise caminaban por la izquierda de la verja, mientras Jean-Baptiste, que se había escondido en el fondo del jardín, se acercaba a la entrada. Ambos tenían la impresión de vivir un momento fugaz, irreparable, precioso, no por el compromiso que entrañaba y que se había sellado hacía mucho tiempo, sino sencillamente porque no volvería nunca más. Los dos estaban decididos a hacer perdurar ese instante tanto como pudieran, a conservarlo, como se retienen en la memoria los rasgos de alguien a quien se ve por última vez. En suma, habían tomado la resolución de no precipitar nada. Sin embargo, en cuanto se distinguieron sus sombras, en cuanto se quedaron solos uno frente a otro, les faltó voluntad: las ausencias, la inquietud que inspiraba aquel lugar desierto y oscuro, y sobre todo el deseo que habitaba en ellos les impulsó a abrazarse inmediatamente y a cubrirse de besos en silencio.

– ¡Qué felicidad! -repetían.

Y volvieron a saborear sus bocas, a tocarse con manos inquietas que parecían querer cerciorarse meticulosamente de la presencia del otro, de su realidad, al tiempo que sentían la dulzura.

Mientras se hallaban inmersos en ese estadio del amor donde no existe nada alrededor, apenas pronunciaron palabra. Les bastaba estar juntos. Pero Françoise, que vigilaba junto a la verja, se acercó y les dijo en un susurro que no debían demorarse. Al oír aquellas palabras, se les apareció de nuevo el mundo y todos los obstáculos que se alzaban en su camino.-¿Cómo vas a convencer a mi padre? -preguntó Alix mirando a su amante, de quien sólo distinguía sus delgadas formas en la oscuridad-. Siempre habla de casarme…

– Por el momento -dijo Jean-Baptiste-, no hay que decirle nada, que no se entere de nada. Pero debemos vernos, porque ya no puedo vivir sin tenerte en mis brazos, ahora que por fin estamos juntos. Ante todo es fundamental que nadie sepa nada hasta que pongamos en práctica mi plan. Voy ir a Versalles.

– ¡Cómo! -exclamó Alix, abrazándose a él-. Acabas de llegar y ya quieres irte…

– Es la única solución, créeme. El Rey quería una embajada y yo se la he traído. Ahora sólo él puede darme la recompensa que necesito. Regresaré con un título nobiliario, y tu padre no podrá negarme nada.

Alix estaba dispuesta a creer todo cuanto le decía el hombre que la amaba. El plan la contrariaba porque suponía estar separados algún tiempo aún, pero estaba de acuerdo en que era la mejor solución y juró a Jean-Baptiste ayudarle como pudiera.

– La única ayuda que puedes prestarme es que no me olvides.

La joven lanzó un grito de indignación que se ahogó en un largo beso.

Frangoise regresó de nuevo y les suplicó que se despidieran, puesto que los jenízaros empezarían a hacer su ronda muy pronto. Se alejaron, volvieron corriendo uno hacia el otro, se fundieron en un abrazo una vez más y finalmente se fueron cada uno por su lado en aquella noche cálida, donde se oía el crujido de las palmeras agitadas por el viento.

Murad confiaba en Jean-Baptiste, y al acordarse de que el Negus en persona había dado testimonio de la estima que le merecía el extranjero, accedió en obeceder al médico en todo. No le resultó muy difícil adoptar esa actitud, sobre todo porque los demás habitantes de la colonia franca no le gustaban. Aquellos mercaderes demasiado ricos y demasiado amables le recordaban a su antiguo amo de Alepo, un gran hipócrita de ademanes bondadosos. Más de una vez había tenido que contenerse para no lanzarle los platos a la cara, y ahora disponía de los medios necesarios. Así pues, si éstos tenían que pagar los platos rotos sin haber hecho nada, peor para ellos.

– ¿Cómo? ¿Mis cartas credenciales? -respondió con arrogancia cuando el señor Macé se presentó para pedírselas-. ¿ Por quién me toma? Soy el emisario del Rey. El Rey de Reyes, desde luego.

Y mirándose una mano rolliza donde lucía un anillo de cobre enfundado en el dedo meñique, añadió:

– Su Majestad me pidió expresamente que confiara sus cartas al Rey de Francia en persona. Así pues, debo ir a Versallcs para entregárselas.

El señor Macé insistió, pero el armenio se mostró intransigente y terminó por despedirlo sin ninguna delicadeza. El secretario entró en el consulado y refirió la entrevista al señor De Maillet con el semblante tan apesadumbrado como si le estuviera dando el pésame.

– ¡Con que ésas tenemos! -exclamó el diplomático-. ¡Así que se mega a entregar sus cartas! ¡Hasta ahí podíamos llegar! ¡Pero qué maneras son ésas! Le hemos permitido sentarse en el suelo e insultar a toda la colonia, así que lo menos que podría hacer es tomarse la molestia de presentarse debidamente.

– Tal vez a usted… -sugirió Macé.

El cónsul se quedó inmóvil ante el pobre infante de lenguas, fulminándole con la mirada.

– ¿Acaso piensa usted que yo, el representante del Rey de Francia, puedo dirigir la palabra a alguien que no se digna a mostrar su acreditación?

– Evidentemente que no -admitió Macé.

– Bien -dijo el cónsul-. Le enviaremos otra delegación.

– Ningún mercader quiere volver.

– En tal caso irá usted mismo -dijo el señor De Maillet-, y le dirá que si no entrega sus cartas entre hoy y mañana será expulsado de la colonia y tendrá que buscarse un alojamiento por su cuenta en la Ciudad Vieja.

Macé fue a hacer su encargo y regresó después de ser despedido con cajas destempladas. Murad llegó incluso a lanzarle a la cabeza un trozo de baklava muy grasa que se estaba comiendo.