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Por fin llegó la hora de cenar. Jean-Baptiste se vistió; en circunstancias normales, las ropas que habían comprado a los corsarios habrían podido resultar demasiado elegantes, pero eran perfectamente adecuadas para aquella ocasión. El maestro Juremi le dijo que estaba magnífico. Los ojos de su compañero reflejaron cierta tristeza, no por quedarse al margen de los festejos que tan poco le gustaban sino tal vez por verse en aquella especie de clandestinidad, como si todos los esfuerzos, todos los peligros, incluso los triunfos de aquellos meses de viaje hubieran sido actos inconfesables y culpables ante los que debían disimular, como había tenido que disimular aquella fe tan simple y tan inocente a la que rendía fidelidad.

De camino hacia el consulado, Poncet pensó que debería ocuparse de rehabilitar a su amigo y llegó a la conclusión de que en Francia encontraría el mejor medio para hacerlo. Era otra razón más para luchar por la embajada a Versalles, aunque cada vez veía más lejana la posibilidad.

Para recibir al emisario del Negus y resarcir al hombre por no haberle dado el trato que esperaba, el señor De Maillet mandó preparar una cena por todo lo alto. En los peldaños de la escalinata, los guardias con ropa de jenízaros enarbolaban con majestad sus sables curvos formando un cordón de honor para agasajar a los invitados. Multitud de candelabros colocados en las arañas iluminaban el vestíbulo y las salas de recepción, a la vez que hacían refulgir las tonalidades doradas de los cuadros, los entarimados pulidos, los suelos de scagliola y hasta los botones de cobre de los lacayos. Las mujeres se sumergían voluptuosamente en esa luz artificial, a sabiendas de que las embellecería, haciendo relucir sus joyas y sus ojos, e iluminando sus rasgos con un halo tornasolado. Las damas de la colonia, en su mayoría dignas esposas de mercaderes, a menudo habían consumado caóticas carreras mundanas; durante el primer período de su ascenso, que casi siempre había sido el más largo, casi todas habían trabajado en la caja de un comercio y a veces también en el escenario de teatríllos ambulantes. Posteriormente, cuando sus aventureros mandos hicieron fortuna en El Cairo, todas ellas pudieron apaciguar súbitamente su insondable sed de respetabilidad. Compraban sus alhajas a unos judíos que hacían contrabando de joyas y encargaban copiar las últimas novedades de París a costureras árabes de doce años a las que no pagaban sus vestidos. Pero aquellas joyas y aquellas galas llegaban bastante tarde a unos cuerpos lacerados por el trabajo y la codicia. No obstante, el lujo es tan deseable porque la calidad de los objetos impregna en cierta medida a sus propietarios. Así, el gotoso que se exhibe en un bello cabriolé adquiere la gracia natural de sus caballos, y una mujer cuya juventud se ha desvanecido puede volverse tan lozana, tan brillante y tan ligera por una noche como el organdí que la cubre y roza impúdicamente la pierna de los hombres.

Jean-Baptiste llegó con los últimos invitados y fue a presentar sus respetos al cónsul, que daba la bienvenida a los huéspedes en el vestíbulo, antes de sumergirse en aquella marea de tafetanes, perlas y piedras preciosas hasta encontrar la única que tenía valor a sus ojos. Todos los salones de la planta baja se habían abierto para aquel gran acontecimiento, de tal manera que la sala de recepción habitual donde lucía majestuoso el retrato del Rey y de donde se había retirado el escritorio del cónsul se prolongaba a través de otra sala, cerrada normalmente para no hacer gasto, y que era donde esa noche se habían dispuesto las mesas. Pero Alix no estaba allí. Al final, Jean-Baptiste la descubrió en una estancia cuya existencia ignoraba. Era un minúsculo salón de música donde las damas pasaban agradables veladas. Cerca de la ventana que daba a la parte trasera del jardín había una espineta verde pintada con un motivo campestre, adosada a la pared. Alix estaba ante una chimenea coronada con un espejo con tremó, así que al entrar Jean-Baptiste se la encontró de frente y de espaldas al mismo tiempo. La sala era reducida y ambos creyeron encontrarse bruscamente cara a cara, circunstancia que los dejó turbados. Pero había demasiado alboroto a su alrededor, demasiadas risas, exclamaciones y saludos efusivos para que los extraños pudieran percatarse de aquel pequeño detalle. Sin embargo, un observador perspicaz habría notado que Alix, que hasta entonces no había exteriorizado sus gracias aunque se había peinado y acicalado con sumo esmero, las hizo resplandecer súbitamente, como cuando se despliega la cola de un pavo real o las alas de una mariposa. Tensa por esa borrasca que esperaba, inspiró un gran hálito de belleza que la guiaba como una vela. Jean-Baptiste, conmovido, se detuvo un instante también antes de dar dos pasos adelante. En ese mismo momento, cual soldado al descubierto que es el blanco de todas las balas, cinco o seis mujeres que habían oído hablar de las gestas del joven viajero lo rodearon, a la vez que rogaban a sus respectivos maridos que lo invitaran a sus casas. Al verle entrar, tan apuesto con aquella casaca roja adornada con herretes de plata, los cabellos sueltos y sin lazo, las damas confundieron inmediatamente el interés que tenían por su historia con la emoción física que les causaba su presencia, al tiempo que la parafernalia de sus atavíos les alimentaba la ilusión de que todavía eran irresistibles. Jean-Baptiste iba a ser engullido por aquellas comadres cuando una avalancha general empujó a todo el mundo hacia el exterior del saloncito y condujo a los invitados al salón de gala, pues se acababa de anunciar la presencia del embajador. Sin embargo era una falsa alarma. El cónsul había enviado su coche para recoger a Murad; pero éste, como no estaba preparado, había tenido la absurda idea de enviar el coche de regreso a la hora prevista, por si podía hacerle falta al cónsul. El armenio había ordenado a los tres esclavos que se acomodaran dentro y dieran aviso de que llegaría a pie. Cuando la carroza llegó ante la escalinata, el cónsul en persona se precipitó hasta la portezuela y ante los ojos imperturbables de sus invitados se llevó la desagradable sorpresa de ver salir a los fres indígenas, con las piernas desnudas, vestidos con un simple sayo de algodón y moviendo unos ojos aterrorizados. Murad llegó al trote diez minutos más tarde, y uno de los guardias que no lo había reconocido en la oscuridad lo detuvo sin contemplaciones. Todos estos contratiempos retrasaron un poco la cena y prolongaron el placer de los invitados, que en su mayoría nunca habían tenido el honor de gozar de un tratamiento oficial. Los convidados se colocaron por fin alrededor de dos largas mesas que se habían dispuesto. El embajador Murad se sentaba frente al cónsul en la primera, y en espera de resarcir a la ridicula delegación que había esperado en vano la llegada de Murad; la segunda estaba presidida por el señor Brelot, diputado de la nación. Delante se había acomodado Frisetti, el primer dragomán del consulado. Poncet estaba en esta segunda mesa, entre dos mujeres que le entristecieron nada más verlas. El secretario Macé era el primer vecino masculino por la derecha.

Jean-Baptiste escudriñó la sala para ver dónde iba a estar Alix. Al principio se decepcionó; no obstante, ésta se había confundido de asiento y al final comprobó que le correspondía sentarse a la derecha de Frisetti, es decir, casi enfrente de su amante. Era la primera vez, después de tanto tiempo, que estaban tan cerca el uno del otro en público y bajo aquella luz resplandeciente, que se hacían la ilusión de ser el señor y la señora de una casa.