– Venga, en guardia, como en los viejos tiempos. Verás cómo vuelves a tus cabales en cinco minutos.
Jean-Baptiste no tenía ningunas ganas de levantarse de la silla. El aire inmóvil a su alrededor acumulaba gota a gota el perfume que Alix había impregnado en su piel y en sus ropas. Sin embargo, en alguna parte recóndita de su corazón se sentía disgustado por haber abandonado a su amigo aquella noche, y al menos deseaba darle una pequeña alegría. Así que se levantó, se enfundó el peto de cuero y se puso en guardia. Al cabo de unos segundos, el maestro Juremi le tocó con elflorete. Volvieron a ponerse en guardia. Poncet seguía sin concentrarse, hizo algunas leves paradas de quinta y de séptima; el maestro Juremi se echó hacia atrás y le tocó de nuevo.
– ¡Venga, venga! ¿Voy a tener que atravesarte de parte a parte para que un chorro de sangre te alivie el malhumor?
El sonido metálico de los floretes excita al hombre en un lugar profundo donde dormita el ardor guerrero; no se conoce a nadie a quien los primeros cosquilieos de los floretes no despierte, en la mente antes ocupada por otro pensamiento, un ardor de combate que tensa los músculos e ilumina la mirada. Al tercer embate, Poncet estaba allí casi por completo. El maestro Juremi volvió a tocarlo, pero esta vez sólo de refilón. Luego hubo un período de fuerzas igualadas, con muchos movimientos, imprevistos, gritos sordos y giros. Por fin, al tiempo que Jean-Baptiste tocaba a su amigo, lanzó un grito terrible:
– ¡Los jesuítas!
El maestro Juremi se quedó quieto, bajó el florete y miró extrañado a su alrededor.
– ¿Qué dices de los jesuítas? ¿Dónde?
Jcan-Baptiste se alejó y fue a sentarse en la barandilla, y mientras acompasaba el pensamiento con la mano que sujetaba el arma, empezó a trazar con el florete en el aire algo así como las letras de una proclama.
– Los je-su-i-tas. ¡Los jesuítas! Eso es -dijo-. Sólo ellos pueden arreglar esta cuestión.
– ¿Pero se puede saber de qué diablos estás hablando?
– Del viaje a Versalles. Créeme, son los únicos. No sé cómo no se me habrá ocurrido antes. Claro, son los únicos que pueden doblegar al cónsul y conseguir acercarnos hasta el Rey, puesto que son ellos quienes han transmitido sus órdenes. No debemos menospreciar el poder de esos curas por el hecho de haber aprendido a desconfiar de ellos.
– Pero olvidas que prometimos solemnemente que los jesuítas no volverían a Abisinia -dijo el maestro Juremi con expresión grave-. Si queremos ir a Versalles es para que el Rey oiga una versión totalmente opuesta a la de esos curas. No son las personas más adecuadas para que nos acompañen.
– Tienes razón. Pero si no transigimos, no podremos ir a Versalles de ninguna de las maneras, y los jesuítas seguirán haciendo valer su opinión en la corte.
– Vale más que la hagan valer solos que con la ayuda de nuestro testimonio.-¡No! -dijo Poncet-. Piensa. Si nos aliamos con ellos para ir a Versalles, no será para ofrecerles nuestro apoyo sino para contradecirles solemnemente cuando estemos ante el Rey. Se trata de utilizarlos. Nada más.
– Aún no piensas como ellos, pero por lo que veo ya has asimilado sus métodos.
– ¿Acaso no peleas tú con las mismas armas que el adversario que tienes delante? No me digas que si te ataco con la espada te vas a defender con una cuchara…
– Adoptar los defectos de los adversarios significa concederles la victoria.
– Entonces habrá que conservar intacta nuestra pureza y morir.
– Sí, es preferible morir que traicionarse a sí mismo -dijo el maestro Juremi desde lo alto de su mole-, pero se puede ser puro y vencer.
– Nos estamos alejando del tema -dijo Jcan-Baptiste malhumorado-. Sólo se trata de saber cómo podremos hacer llegar a Versalles el mensaje del Negus. Ésa es la cuestión, la cuestión que interesa. Y yo te digo que sólo los jesuítas pueden hacer realidad ese milagro.
El maestro Juremi se dio la vuelta, avanzó tres pasos hacia la pared y saltó de nuevo hacia su amigo.
– Jean-Baptiste, estás confundiendo las cosas. Sólo esperas hacer ese viaje por tu propio interés. Y ahí estás, a punto de traicionar tu palabra con tal de satisfacer unos deseos egoístas.
– No te consiento… -exclamó Poncet mientras golpeaba los barrotes de hierro de la barandilla con la empuñadura de su espada.
– ¿Acaso me equivoco? -dijo el maestro Juremi, que seguía en la linde de las sombras.
– Tienes razón y te equivocas. Sí, quiero defender mi causa en Versalles. Y no traicionaré al Rey de los abisinios. No abordaré las dos misiones con la misma energía, pero conseguiré culminar las dos.
El maestro Juremi dio un paso atrás para seguir oculto en la oscuridad. Poncet sabía bien qué preludiaba aquella desaparición.
– Déjame hacer a mí -dijo Jean-Baptiste con voz serena-. Sólo te pido que seas neutral y que confíes en mí. Sólo yo hablaré con los jesuítas, sólo yo asumiré el riesgo de que jueguen con nuestras cartas, y al final sólo será mía también la responsabilidad de desacreditarlos ante el Rey.
– En mi religión -dijo la voz del maestro Juremi, que salía de la noche-, sólo se predica con el ejemplo. No voy a intentar convencerte por la fuerza, m siquiera por el método de la persuasión. No pienso ir a ver a los jesuítas, me inspiran tanta desconfianza que no creo que puedas engañarlos. Pero no te impediré que sigas tu camino… Espero que consigas tu objetivo.
Jean-Baptiste, contento con su idea y satisfecho de ver que su amigo no se oponía, avanzó hasta el maestro Juremi, que también dio un paso. Ambos tomaron los vasos y brindaron por su cordial desacuerdo bajo la mirada de Vega y las aprobaciones ruidosas de los perros de El Cairo.
Murad tenía un fuerte dolor de cabeza que había achacado a la comida del consulado, aunque más bien se debía a la bebida pues había probado de todo y en cantidades considerables. Tampoco había tenido reparos en tomar mezclas que habían escandalizado a sus vecinos, como champán, vino de Borgoña y absenta en un vaso…
Para colmo de males, al día siguiente por la mañana, el esclavo etíope que le rasuraba el cráneo diariamente con un vidrio de botella -puesto que Murad aborrecía el metal de las navajas de afeitar- le había cortado, y bajo su turbante asomaba una gota de sangre seca. Hacia las nueve recibió a Poncet. Este le anunció que había enviado a alguien en busca del representante de los jesuítas y que el cura no tardaría mucho en aparecer. Murad, que se había aprendido bien las lecciones del Emperador, se indignó al principio, pero cuando Poncet le expuso su plan, se tranquilizó y continuó lamentándose de su estómago.
El padre Plantain llegó un poco antes de la hora fijada. Se plantó ante Murad y Poncet, y a una señal del embajador se sentó en una alfombra dispuesta en el suelo con la gracia de un toro que se derrumba con el primer golpe de rejón. Murad tuvo la cortesía de ofrecerle café y pasteles, que fueron llevados en procesión por los tres esclavos etíopes.
En cuanto los vio, el padre Plantain se reincorporó de rodillas.
– ¡Dios mío ¡Qué hermosos son! -exclamó.
En primer lugar caminaba el de más edad, con su pie zopo; detrás de él iba el mayor de los niños, bizqueando horrorosamente, y después el otro que no tenía pelo por culpa de una tiña que le dejaba al descubierto hasta los sesos.
– ¿Usted cree? -preguntó Murad, mirando al triste cortejo.
– Veo sus almas -dijo el clérigo con los ojos húmedos.
En efecto, consideraba a aquellos tres personajes con esa mezcla de respeto y beatitud con que los campesinos aseguran que la Virgen les ha dado una prueba de su amistad y se les ha aparecido en una gruta.-Pues bien -dijo Poncet-, mire usted qué afortunada deferencia de parte del Negus: estos tres servidores son parte de los presentes destinados al rey Luis XIV.