– Es que usted le conoce poco.
– Afortunadamente para mí…
– Desde luego es un turco, y además un soldado. Sin duda es un poco violento y pierde los estribos. Pero también sabe entrar en razón.
– Tanto mejor, así oirá las razones del Sultán.
– Oiga -dijo el señor De Maillet levantándose-, permítame intentar un arreglo. No le escriba todavía al padre Versau. Yo mismo presentaré una protesta al pachá.
– Entonces iremos juntos.
– ¿Juntos?
– Sí, puesto que yo represento al querellante. Esta misión ha sido confiada a nuestra orden y ese turco nos impide cumplirla.-Pero ya sabe que es muy musulmán. No mostrará la misma benevolencia si voy solo que si voy en su compañía.
– Entonces habrá que tratar con el Sultán, que no está en contra de nosotros. Además, la carta está terminada. Sólo me resta agregar ciertos detalles que usted me proporcionará. Saldrá mañana mismo.
El señor De Maillet sudaba a mares. No veía ninguna salida y, como el hombre que se ve en el trance de escoger entre dos males a cual peor, se decantó por el que le parecía más llevadero.
– Bueno -dijo-, pues vayamos al palacio del pachá.
– En ese caso tenemos que ir inmediatamente porque el correo con destino a Constantinopla no puede esperar.
El cónsul acató esta nueva exigencia y mandó hacerse anunciar en la ciudadela. El guardia volvió al cabo de una media hora diciendo que serían recibidos en audiencia cuando llegaran. El señor De Maillet, el padre Plantain y el señor Macé -a título de intérprete- emprendieron camino en la carroza del cónsul. El jesuíta estaba muy impaciente, aunque procuraba disimular. Por su parte, el cónsul miraba a través de la ventanilla, mordiéndose el puño de encaje.
En cuanto entró la delegación, Mehmed-Bey se percató de que el asunto era serio. No se demoró en demasiadas zalemas y rogó al cónsul que le expusiera los motivos de su visita.
– Pues bien -dijo el señor De Maillet, visiblemente molesto y con una voz que intentaba ser conciliadora y firme a la vez, aunque sonó más bien vacilante y falsa-, he venido para presentar una protesta ante Vuestra Excelencia.
Mehmet-Bey no se inmutó. Miró al jesuita y luego al cónsul, presintiendo algún enojoso revés de una alianza de la que ya se había arrepentido. El señor Macé tradujo y el cónsul continuó:
– Por los tratados que han firmado nuestras potencias, la protección de los cristianos es una cuestión que incumbe al Rey de Francia.
El pachá abría y entornaba los párpados lentamente, como una pantera.
– Por lo tanto, usted no puede violar el domicilio de ninguno de ellos, a menos que haya hablado antes con el cónsul de Francia, y tampoco puede limitar los movimientos de nadie que desee ejercer el derecho a personarse ante su protector el Rey de Francia.
Una vez dicho esto, el señor De Maillet cerró los ojos como si de esa forma pudiera zafarse de la onda expansiva del polvorín que acababa de hacer estallar.-¿De qué me está hablando? -dijo por fin el pachá, malhumorado.
– De ese armenio que llegó de Abisima con un médico franco de la colonia.
– ¿Y qué tienen que ver ésos con este hombre? -preguntó el pachá, señalando al padre Plantain.
Por el rostro del cónsul corrían grandes gotas de sudor y hasta tenía la impresión de que iba a desmayarse. Allí, de pie, en medio de aquella enorme sala, las paredes daban vueltas a su alrededor peligrosamente.
– Nada -dijo-. El padre Plantain partirá en breve hacia Constantinopla e informará de esta audiencia a nuestro embajador, en caso de que no dé los resultados que esperamos.
Mehmet-Bey apoyó las manos en los cojines que le rodeaban, como si quisiera arrellanarse mejor en su asiento.
– No entiendo nada de los asuntos de los francos -dijo-. ¿Qué quiere saber que usted no sepa ya? Sólo me apropié de esas cartas porque usted me lo pidió, para luego entregárselas. En cuanto a ese armenio, es libre. Lléveselo a donde quiera, es un cristiano y no me importa su suerte. Pero por mi parte le hago una advertencia: si usted tiene algo que decir en Constantinopla, es posible que también yo ponga mi granito de arena. Me parece que sus religiosos son muy numerosos y muy activos en una ciudad donde hay que servir a tan pocos católicos. Sabemos que utilizan su tiempo en urdir confabulaciones, y es posible que el Sultán tenga mucho interés en conocer más detalles al respecto. ¿Soy suficientemente explícito?
– Su Excelencia nos ha convencido por completo -dijo el señor De Maillet, que dobló la cabeza con tanta cortesía como pudo, para no tener que inclinarse hacia delante.
Los tres hombres se retiraron.
De regreso, el embarazoso silencio que reinaba en la carroza contrastaba con el bullicio de las calles. El cónsul había hecho aquella diligencia con la peregrina esperanza de que, guiado por su mutua complicidad, el pachá siguiera la comedia hasta el final y dejara el asunto en sus manos. El juego ciertamente era arriesgado y había perdido. El padre Plantain, por su parte, acababa de obtener la prueba que corroboraba las conclusiones de su investigación: el diplomático era el único responsable de aquel tejemaneje. El cura hacía un gran esfuerzo para aparentar que estaba furioso, pero en realidad, no cabía en sí de alegría porque el señor De Maillet ya no podía negarle nada. El cura había pagado su victoria con una reprimenda del pachá, pero eso le importaba poco. Cuando llegaron al consulado, el señor De Maillet cerró las puertas de su despacho detrás de ellos, se sentó, se quitó la peluca sin pedir excusas al cura y dijo:
– Admito que le debo una explicación. En efecto, no es el pachá quien se opone al viaje del señor Murad, sino el propio ministro, el señor De Pontchartrain. Aquí guardo la prueba indiscutible.
Golpeó con un dedo su escritorio.
– ¿Razones políticas, acaso? -preguntó el jesuíta.
– ¡Por supuesto que no! -exclamó el cónsul con el tono de voz propio del preceptor que corrige siempre la misma falta a su alumno-. No se trata de política, sino de sentido común, padre; incluso me atrevería a decir de modales. ¿Se ha detenido usted a observar a ese Murad? Se comporta como el faquín más indeseable, atenta contra el pudor de las damas, se emborracha en la mesa, se limpia las manos con las colgaduras. Sinceramente, padre, ¿se imagina por un momento a alguien así en Versalles? ¿Se lo imagina ante el Rey?
El cónsul señaló el retrato que coronaba su cabeza.
– El Rey de la corte más refinada de la tierra. No. Hay que ser razonable, y el ministro ha sido muy claro: juzgue a la persona en cuestión y mire a ver si es posible. Bien, pues yo le digo que no es posible.
– Entonces se trata sólo de la persona. ¿No está en contra del principio en sí?
– No.
– En ese caso, Poncet y yo iremos a Versalles.
El cónsul reflexionó un instante, mientras miraba al padre Plantain. Estaba contrariado porque se veía venir que los jesuitas se inmiscuirían otra vez en el asunto y que podrían poner en peligro su propia iniciativa, ejerciendo su influencia sobre el Rey. La cuestión era no obstante un mal menor, en comparación con la cizaña que podrían sembrar en Constantinopla. Además el cónsul tenía la esperanza de poner en marcha su propia empresa antes de que el jesuita y Poncet volvieran de Francia.
– Es una excelente idea -dijo al fin el señor De Maillet-. Fléhaut, mi canciller, los acompañará.
– ¿Y usted ejercerá su influencia sobre el pachá para que los tres abisinios puedan embarcarse?
– Le doy mi palabra.
– Vamos -dijo el jesuita-, hay que redactar esto ahora, si quiere que en Versalles se enteren de nuestra llegada. El correo que parte mañana para Constantinopla entregará el despacho en Alejandría, y llegará a Marsella con la galera real del 30, y a París a comienzos del mes que viene.
– De acuerdo, pero queda claro que cambien debe escribir al padre Versau para decirle que no emprenda ninguna diligencia y que todo se ha solucionado aquí.