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Estas palabras habían sido para Jean-Baptiste un calmante, como el placer que otorgan siempre la insolencia y los gestos de revancha, pero al mismo tiempo se reprochaba haber cometido tan enorme desliz. Aquélla era una manera imperdonable de ponerse al descubierto frente a un adversario al que no había vencido todavía y a quien le ofrecía el regalo de mostrarse con toda la relajación del triunfo cuando el otro aún podía golpearle. La madurez concede el privilegio de percatarse inmediatamente de estos errores y, como esa lucidez se paga con la nostalgia de no volver a cometerlos, intensifica el ímpetu con el que se aplica a uno un castigo.

– Tendré muy en cuenta esa advertencia, puede estar seguro -dijo el señor De Maillet con una sonrisa malvada antes de invitar a su interlocutor a reunirse con el jesuíta.

Al mediodía partieron los tres en una carroza de cuatro caballos, alquilada a expensas del consulado. Detrás, en una calesa con la capota azul completamente echada para que no se les viera, iban los tres abisinios sentados en un banco, tras un viejo cochero árabe. La comitiva se detuvo ante la residencia de Murad, donde cargaron los paquetes. El armenio se despidió de Poncet con lágrimas en los ojos, aunque en realidad se alegraba bastante de no tener que hacer aquel peligroso viaje. Se había acostumbrado a la sinecura de El Cairo y estaba encantado de prolongarla.

Como siempre, el maestro Juremi y Jean-Baptiste se separaron sin más efusiones que un abrazo fraternal. Esta vez Jean-Baptiste estaba muy seguro de que el protestante no se movería de El Cairo. Era menos peligroso ir a explorar Abisinia que merodear por Versalles, en los dominios del Rey y de los jesuítas. El maestro Juremi prometió cuidar de Murad y transmitirle noticias a Alix, si podía. En el momento de subir a la carroza, Jean-Baptiste se llevó a su amigo aparte. Se quiera o no, un viaje siempre le pone a uno en las manos imprevisibles del destino, y no se habría perdonado separar a dos seres por haber querido obrar demasiado bien. Así que le dijo a su amigo:

– Trata bien a Françoise. Me parece que te ama.

Ambos eran muy poco dados a hacerse confidencias. El hombretón miró de soslayo a Jean-Baptiste, bajó los ojos y habría tenido muchas dificultades para disimular su confusión si la agitación de la partida no les hubiera devuelto a la realidad.

– ¿Pero qué hace, Poncet? Vamos con retraso -exclamó el jesuíta.

El maestro Juremi corrió de un extremo a otro para cerrar las portezuelas y se quedó allí, viendo cómo se alejaban.

Los coches pasaron ante el consulado, donde sólo apareció la señora Fléhaut, una figura delgada con un vestido de paño gris que saludó a su marido y luego se llevó las manos a la boca para contener un grito. Por segunda vez, Jean-Baptiste se alejaba lleno de confianza para acercarse a la mujer que amaba.

IV LA OREJA DEL REY

1

Hasta Alejandría no ocurrió nada digno de mención. El jesuita velaba por los tres abisinios y se adelantaba a sus menores deseos. Los desgraciados no decían una palabra pero parecían preguntarse por qué, de repente, aquel hombre se comportaba como su esclavo si ellos no se habían convertido en su señor. En cuanto al canciller Fléhaut, no despegó los labios durante toda una etapa y sufría lo indecible cuando las necesidades del viaje le obligaban a perderse la hora habitual de sus comidas.

Alejandría fue el escenario del primer incidente grave. Los dos coches llegaron al puerto al caer la noche y se dirigieron hacia un antiguo lazareto que un francés llamado Rigot había transformado en hotel. Era un hombre del señor De Maillet, e informaba al cónsul a cambio de protección. Éste acogió a los viajeros, les dio de cenar y los alojó en dos pabellones discretos donde les sirvió él mismo. Pero desgraciadamente el cochero de la calesa donde viajaban los abisinios, un viejo árabe de Alejandría, prefirió pasar la noche en su casa, y de camino se encontró con un primo suyo, que era uno de los muftís más violentos de aquel barrio popular. Le habló de los abisinios y de la escolta de francos, y el primo se metió esta interesante noticia en el bolsillo de su chilaba.

La mañana siguiente era el día del embarque en la galera real. En el puerto reinaba un ambiente muy bullicioso; la multitud de porteadores con bultos en la cabeza subía y bajaba por las pasarelas del barco. La gente se saludaba entre los puentes y el muelle, y desde la sombría planta de los remeros llegaban voces. El sol, en su cenit, hacía reverberar el enlucido blanco de las fachadas del puerto, las banastas de frutas y hasta las toscas telas de los sacos que izaba una grúa de madera. La carroza en la que viajaban Jean-Baptiste, el padre Plantain y Fléhaut se abrió paso lentamente entre aquel tumulto. Unos niños jugaban a agarrarse a las grandes ruedas de madera del carruaje. Cuando se detenía, uno u otro estaba cabeza abajo y se reía. Detrás iba el cabriolé, cuya capota adquiría al sol un color azul de ultramar. Paulatinamente, la multitud se interpuso entre los dos vehículos, que quedaron a varios metros de distancia entre sí, mientras el jesuíta, pegado a la ventanilla posterior de la primera carroza, lanzaba exclamaciones de contrariedad y de inquietud. El convoy estaba aún a cincuenta pasos del navio cuando se produjo un altercado tan violento y tan rápido que sorprendió a todos. Un egipcio alto, vestido con una amplia túnica ocre y tocado con un casquete ribeteado de encaje, se acercó al cabriolé, que estaba prácticamente parado, y retiró con brusquedad la capota azul. Los tres abisinios aparecieron a pleno sol, hechos un ovillo y aterrorizados. En ese mismo momento, otro individuo que apareció por el lado izquierdo del caballo se plantó al lado del cochero y le ordenó que se detuviera, exigencia que el viejo árabe acató de muy buen grado, sobre todo porque el hombre que estaba junto a él era su primo. Éste se puso a lanzar enérgicas exclamaciones de almuecín, y todos los musulmanes que se concentraban en el puerto levantaron la vista para escucharlo. Empezó a soltar una vehemente arenga señalando a los tres abisinios que estaban hechos un ovillo en sus sayos de muselina. Y de vez en cuando, el provocador levantaba el puño hacia la primera carroza.

– Voy para allá -dijo el padre Plantain, agarrando la manija de la portezuela.

Pero Jean-Baptiste se lo impidió.

– Si va será hombre muerto -dijo.

Luego sacó la cabeza por el hueco situado a espaldas del cochero y le ordenó que hiciera avanzar los caballos como fuera. El cochero, que era un alemán de la colonia, le entendió enseguida. Dio unos latigazos a los caballos, que se encabritaron y abrieron paso entre el gentío vociferante. Poco después el vehículo llegó junto al navio. Poncet corrió a bordo empujando al tembloroso Fléhaut, al tiempo que tiraba firmemente con la mano del jesuíta que pretendía socorrer a los abisinios. En el portalón se toparon con el capitán, que les esperaba con el cadí. Aquel viejo dignatario musulmán estaba dispuesto a ejecutar las órdenes del pachá, tal como ya se habían asegurado el día anterior, siempre y cuando se agregara una retribución sustanciosa para dar más valor a su palabra. Pero el cadí ya les había advertido de antemano que aunque el Gran Turco hubiera dado su autorización, estaba prohibido embarcar cristianos africanos. La operación podía ser delicada, pues independientemente de la posición que ocupara, cualquier musulmán tenía derecho a oponerse con toda legitimidad. No obstante, ahora que se había producido aquella circunstancia irreparable, el procer levantó los brazos al cielo y afirmó que no se podía hacer nada.

Ya no se veía el cabriolé, que fue asaltado por un grupo de hombres vocingleros. El padre Plantain se retorció las manos con una expresión de profundo dolor.