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A la joven le divertía ver a aquel hombre y a aquella mujer con tanta experiencia, habitualmentc alegres, reducidos a tan poco por los tormentos del amor, y reflexionó largamente sobre este propósito.

Pero muy pronto el ambiente de las veladas empezó a resultar agobiante. Alix deseaba que pasara algo, aunque no se atrevía a confiárselo abiertamente a Françoise. Una noche, al regresar de un paseo en que se había dejado llevar a todo galope, la joven tuvo por fin la sensación de que la situación había cambiado. Después de la cena, que fue muy silenciosa, el maestro Juremi dijo con una voz grave que se hacía eco en la oscuridad:

– Le pido que me disculpe, señorita, pero he dejado a un vecino al cuidado de las plantas. Usted sabe mejor que nadie cuánto significan para nosotros y quisiera pedirle permiso para regresar a El Cairo mañana por la mañana.

– Pero las lecciones… -dijo Alix, al tiempo que se reprochaba inmediatamente su egoísmo.

– No hay que ir demasiado deprisa. Usted ha adquirido los rudimentos. A partir de ahora, sólo la práctica le procurará progresos. Dejaré aquí los floretes y los petos para que pueda practicar con Françoise. Ya no soy imprescindible, francamente.

Françoise miraba fijamente al maestro Juremi con aire ausente y labios temblorosos. Se levantó, tuvo el aplomo de llevar la bandeja de café a la cocina y desapareció. El maestro de armas abandonó la mesa, saludó respetuosamente a Alix y se alejó con el candil en la mano, en el sentido opuesto.

El maestro Juremi partió al día siguiente al amanecer. Las dos mujeres le acompañaron hasta el pontón. En cuanto soltó amarras, la barca enfiló el río. El sol, deformado por la bruma del desierto, se elevaba entre las palmeras de la ptra orilla. Una falúa sin vela, cargada de madera, deslizaba el mástil por encima del agua, manteniendo su fina botavara como la pértiga de un funambulista. Dos grandes zancudas in-móviles de color rosa apuntaban el pico hacia el sol, y de lejos se habría dicho que se apoderaban del disco solar y lo sacaban lentamente de las aguas. Françoise lloraba.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Alix, tomándola por el brazo.

Frangoisc se secó los ojos, miró a Alix suspirando y se encogió de hombros.

– Perdóneme. Debo recobrar la serenidad, eso es todo. Bien, ya está. Ahora estoy más calmada. ¡Qué tonta soy! ¡A mis años!

– ¿Le ha hablado? -preguntó Alix mientras se sentaba en el malecón y atraía a su amiga a su lado.

– ¡Desde luego! Voy a contárselo, pero usted ya lo ha adivinado todo. Ya sabe que se pasaba los días enteros en este pontón, fingiendo pescar para no verme. Así que ayer por la tarde fui a ver a Michel; siempre tiene una garrafa de orujo para aliviar su reumatismo. Me tomé dos vasos y vine aquí. Juremi estaba sin hacer nada, pero al oírme cogió la caña e hizo el gesto de echar el anzuelo al agua. Cuando me senté a su lado refunfuñó. Tenía miedo, créame. Si hubiera sabido nadar, habría tenido más coraje para tirarme al agua. Pero habló él. Con su voz, ya sabe. Imagínese cómo me encontraba… Iba a abrir la boca cuando empezó a resonar ese gran tambor en mis oídos.

– ¿Qué le ha dicho?

Como el sol ya estaba bastante alto, la ribera se veía más clara y el río más negro; las zancudas echaron volar.

– «Françoise», me dijo, y al oír que pronunciaba mi nombre sentí una emoción que no puedo describir. «Françoise, ya sé qué viene a decirme. Pero es inútil hablar. Mire usted, en mi familia hemos soportado todo porque querían obligarnos a renegar de nuestra fe. Y eso es algo que ninguno de nosotros ha hecho nunca. No es una cuestión de religión. La verdad es que nunca hemos podido traicionar nuestra palabra. Pues bien, debe saber que yo di la mía.» Se detuvo un momento, dejó la caña a un lado y puso su mano sobre la mía, antes de proseguir: «Si la vida me ha liberado de mi juramento, cosa que tal vez sepa algún día, seré libre. Entonces le daré mi palabra a usted, si usted acepta. Y será para el resto de mi vida.»

Alix acogió en sus brazos a Françoise, que siguió llorando un buen rato, y luego volvieron a la casa.

«Es un motivo de felicidad para ella -pensó Alix-. ¡Pero hay que ver qué infelices son los enamorados!»

Se puso a pensar en silencio en los breves momentos que había pasado con Jean-Baptiste y le pareció que también ella debía de dar una imagen muy débil de sí misma, y muy aburrida.

«En Versalles -se dijo-, entre todas aquellas hermosas mujeres, ¿cómo va a acordarse de mí?» Pero ese pensamiento, que meses atrás la habría abatido, sólo infundió más ímpetu a su galope.

El consejero Pomot de Sangray era exactamente como le había descrito brevemente el posadero: muy alegre por naturaleza. Le gustaba la gente y volvió a sentir las ganas de vivir en cuanto los dolores empezaron a ceder. Gracias a Jean-Baptiste, por primera vez tenía un arma para combatirlos. Unas horas de sosiego habrían bastado para darle prueba de toda su gratitud. No obstante, como el tratamiento le proporcionó una paz prolongada, que se afianzó en los días siguientes, su agradecimiento ya no tuvo límites. Le dio al boticario una bolsa de treinta escudos de oro y le aseguró que cubriría todos sus gastos durante su estancia en París, que esperaba fuera muy larga.

La bondad a manos llenas a veces anula las deudas, y Jean-Baptiste consideró que la amistad del anciano era un salario elevado y suficiente. No se habría atrevido a pedir otro; así que tomó la bolsa y dijo que no aceptaría nada más.

Cada tarde iba a visitar a su paciente, que como ya tenía libertad para moverse corría por la ciudad y acudía por su propio pie a la hora a la que estaban previstas las visitas, aunque no se sabe muy bien quién iba a ver a quién. Más de una vez el médico y el paciente se habían tropezado en la puerta de entrada, procedente cada uno de un extremo de la calle. La conversación había traspasado el terreno de la enfermedad para convertirse en la charla de dos amigos que hablan libremente.

– ¿Y por qué no se instala usted en mi casa? -le preguntó el consejero apenas una semana después-. Le Beau Noir es una buena taberna, pero una hospedería horrorosa, por lo que dicen.

– Eso sería un acto de poca consideración hacia el posadero, a quien le debemos el habernos conocido.

– Ya me las arreglaré yo con él. Seguirá haciéndose cargo de sus comidas. Y como ya no necesito los hervidos insulsos de Françoise, le diré que me traiga a mí también el condumio. Seguiremos siendo buenos clientes. Además, con las ferias que hay en esta época del año, mañana mismo habrá alquilado su habitación.

Jean-Baptiste aceptó. Y el consejero mandó preparar para su huésped un alojamiento luminoso, amueblado con gusto, y cuyas dos ventanas delanteras daban a la calle bulliciosa y permitían observar cómo los fieles entraban y salían bajo el porche de San Eustaquio. Se puso en funcionamiento de nuevo una gran chimenea de mármol italiano, donde Jean-Baptiste avivó grandes fuegos para entrar por fin en calor. En la parte trasera disponía de una habitación, dos gabinetes y un guardarropa donde mandó llevar desde la posada de enfrente su ligero equipaje, el cofre de los remedios y la caja con las orejas del elefante.

– Cuando compré esta casa -le dijo Sangray, que llegaba entonces para ver cómo iban las mudanzas-, llevaba diez años cerrada. Los propietarios la odiaban a muerte.

– He oído decir que se combatía aquí.

– A principios de siglo era el punto de encuentro para quienes se hacían llamar los refinados del honor. Y nadie duda de que tuvieran honor. Pero su refinamiento consistía en establecer unas normas estrictas, que por lo demás fijaban ellos mismos para justificar las prácticas de descuartizadores. Imagínese, el conde Montmorency-Boutteville, que era el inquilino titular, tuvo veintidós duelos a la edad de veintisiete años. El último se celebró bajo las ventanas del hotel Richelieu, lo que le valió ser decapitado la víspera de San Juan.