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El señor Le Noir du Roule animó a los comensales con su brillante conversación. Le gustaban las artes y describió los monumentos de Egipto que todavía no había visto con la sabiduría del lector bien informado. Mientras hablaba, su cara cambiaba de expresión por impulsos, como un autómata. Era imposible apreciar algún punto de transición entre sus gestos, que en ocasiones se sucedían con tanta rapidez como la mano derecha que, en la guitarra, salta imperceptiblemente de un acorde a otro. Lo único que no movía era el párpado. En digna recompensa, miró directamente a Alix.

– ¿Y usted, señorita -preguntó-, ha visto ya la Esfinge?

– No -respondió ella resueltamente.

El padre de la joven iba a protestar, para decir que precisamente acababa de regresar de Gizeh, cuando oyó una exclamación. Alix se había levantado y, tras dar un paso, cayó al suelo desmayada. Alertadas por la señora De Maillet, Françoise y la cocinera subieron a la joven a su habitación. Sus padres iban detrás, llenos de un gran nerviosismo.

– Ves -le decía el cónsul a su mujer en la escalera-, estaba seguro de que enfermaría de fiebres en aquella casa.-No está acalorada -respondió la señora De Maillet.

– Eso da igual. Sin duda se habrá pasado todo el día sentada, alentando la imaginación con novelas. Era inevitable que todo esto terminara en vahídos.

Entretanto, en el salón principal, el señor Macé intentaba distraer al diplomático, mientras le rogaba disculpase el incidente.

– Supongo que no será contagioso -comentó Le Noir du Roule, llevándose un pañuelo de encaje a la nariz.

Versalles, en diciembre y después de todo aquel trastorno de fiestas relacionadas con el viaje del futuro Rey, parecía un gran cuerpo abatido, desesperado y lánguido. Los jardines cubiertos de hojas amarillentas y envueltos en brumas eran como un abanico de sangrías abiertas en los bosques negros. Sólo se veían sombras transidas de frío y algunos jardineros atareados junto a un tocón o barriendo los parterres con sus siluetas de labradores. El Palais, bajo los tejados de pizarra gris, entregaba a los vientos húmedos sus lúgubres fachadas donde se veía resplandecer la tenue luz de los candelabros que permanecían encendidos todo el día a través de los ventanales. Ni una sola carroza cruzaba el patio de honor sin que el horrible gemido de los ejes sobre los adoquines de asperón no hiciera creer que se trataba de un carro con condenados. Y en todas partes, detrás de las empalizadas de madera, resonaban, lejanos pero multiplicados por el eco, los golpes de mazo que daban unos obreros invisibles perdidos en las alturas de andamios de estacas.

Jean-Baptiste, el padre Plantain y el padre Fleuriau llegaron la noche previa a la audiencia y se alojaron en un hotel que la Compañía había mandado construir en la ciudad, en el Cours de la Reine. Al final, Fléhaut no se reunió con ellos en París pero les hizo saber que se encontraría con ellos en la audiencia.

– Eso significa que tiene órdenes y que Pontchartrain quiere tenerlo de su lado -observó el padre Plantain.

La cena se zanjó con una conversación trivial sobre capones asados y empanadas, especialidades a las que Jean-Baptiste se había acostumbrado en Le Beau Noir, aunque tuvo que contentarse con un caldo insulso, col rallada y un trozo de queso. Fleuriau, demacrado y con la tez amarillenta, se empeñaba en masticar tenazmente aquellas miserias, y al terminar lanzó las exclamaciones de saciedad propias de un hombre que acaba de entregarse a un festín. En la chimenea, una lumbre tísica se debatía entre la vida y la muerte. Poncet había cenado envuelto en su capa de paño, pero a pesar de todo tiritaba, así que pidió permiso para ir a cobijarse en su cama, no sin antes haber tomado la precaución de mandar que la calentaran. Estaba tan ocupado tiritando que sólo podía pensar en las partículas de calor que podría ahorrar en una u otra posición. El sueño paralizó su cuerpo, como un animal que hubiera caído en el agua helada.

A las ocho de la mañana, un lacayo descorrió las cortinas, encendió el fuego y le indicó que los curas le esperaban para desayunar. Valga decir que la comida fue tan desesperante como la cena. A Poncet, que no le gustaba el caldo de gallina a esas horas, le contrarió saber que la casa no compraba ni té, ni café, ni chocolate, de modo que pidió un gran vaso de malvasía y se lo bebió de un trago.

El padre Plantain, con el semblante luctuoso, le comunicó que el padre Fleuriau no se encontraba bien, que debía guardar cama y que por lo tanto no podría acompañarles. Seguramente no habría soportado los excesos del copioso ágape de la víspera…

A las diez, una carroza de la Compañía que había enviado el padre De La Chaise fue a recogerlos frente al hotel. El día aún estaba más encapotado que los anteriores. Un gran nubarrón plomizo con reflejos amarillentos anunciaba nieve y debilitaba la luz. En la verja del castillo, los guardias suizos se arropaban en los tabardos. Los visitantes no se cruzaron con nadie en los patios. Todas las chimeneas humeaban.

Estas intemperancias del clima reconfortaban a Jean-Baptiste. Con buen tiempo, el fulgor de los dorados y de los oropeles, las líneas armónicas de los jardines y la elegancia de los edificios habrían impuesto su pretencioso triunfo. Sin embargo, había algo que denotaba una extrema humildad incluso en la madriguera de aquel rey, que por muy grande que pretendiera ser estaba sometido a la fuerza de las estaciones y, tanto él como su prole, debían protegerse del caprichoso rigor del frío y de la lluvia. Bajo aquella capa de escarcha, Versalles ya no era un empíreo de lujo y poder sino un simple refugio de piedras y de pizarras, donde una tribu tiritaba con el espinazo doblado alrededor de los fuegos cálidos, a la espera de que terminasen aquellos placeres invernales.

Empezaron a subir por la gran escalera de mármol, donde corrían unos lacayos de librea ligera que tenían las manos moradas por el frío. El inmenso tramo de escalones estaba bañado en una humedad glaciar que olía a cera y a sarcófago. Del piso superior llegaba un rumor de voces apagadas. Los visitantes subieron con la vista al frente, apretados unos contra otros, y nadie se atrevió a agarrarse a la barandilla de hierro con rosetones dorados. En el descansillo se toparon con unos lacayos nerviosos que murmuraban, pero el motivo de su agitación no era precisamente su llegada, que por lo demás nadie había advertido. Una vez rebasado el último peldaño, miraron maquinalmente al infinito, buscando la continuación de la escalera, pues les sorprendía haber llegado ya, habida cuenta del espacio que mediaba bajo los techos. En ese preciso momento, el padre De La Chaise apareció detrás de una colgadura en la que ni siquiera habían reparado y se reunió con ellos. El hombre, rigurosamente ataviado con sotana y un casquete de tafetán negro en la cabeza, sonreía sin cesar, pero ese gesto inmóvil, que al principio les había tranquilizado, muy pronto se convirtió en un motivo de inquietud. Por su comportamiento y por la forma que tenía de susurrar las palabras, se advertía que estaba familiarizado con las normas protocolarias más puntillosas de la realeza, mientras paseaba su cuerpo endeble, testigo de su intrínseca fragilidad, por aquellos decorados hercúleos. Miró a Poncet por el rabillo del ojo, algo nervioso. Como el padre Plantain le indicó que había que hacerse cargo de una caja que aún estaba abajo, en la carroza, el padre De La Chaise requirió a dos lacayos, a quienes hizo una señal con la mano de un modo tan imperioso y tajante que dio sobradas pruebas de los grandes abismos helados que se ocultaban bajo su aparente carácter apacible. Luego llevó al padre Plantain a un aparte y, con el rostro orientado hacia una enorme moldura dorada, le susurró unas palabras en voz baja. Siguieron al confesor y entraron en la primera sala, que era la de los guardias. El padre De La Chaise dio aviso al centinela que deambulaba con el mosquete a la espalda de que tenían que llegar dos hombres con una caja, que de hecho apareció en aquel mismo momento.