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– Excelencia -dijo el jesuita, incorporándose majestuosamente-, los deseos del Rey de Francia tienen mucho peso, en cualquier caso. El sultán turco nos escucha, creo yo. Observe que me estoy anticipando. Aunque, el diplomático es usted, y sin duda debe saber más que yo de estos asuntos.

El señor De Maillet admiraba la perfidia de esa supuesta roca que susurraba sus insinuaciones como una vieja comadre. Así que pensó en sacarle un poco de ventaja.-Efectivamente, los asuntos diplomáticos son muy complejos, padre, y me atrevería a decirle que tal vez más de lo que supone. Mire usted, lo más importante es que todo se haga convenientemente y en armonía. Usted, que está al servicio de la fe, está acostumbrado a los movimientos en el éter que pueden tener el fulgor del Espíritu Santo cuando desciende a visitar un alma. En cambio nosotros estamos a ras del suelo. Sepa que la política es el movimiento de los hombres, y no debe precipitarse en modo alguno.

El jesuíta no comprendió nada del discurso pero miró al fondo de las pupilas del cónsul y, al igual que antaño su padre desenmascaraba a una bestia que disimulaba su mal talante bajo una apariencia dócil y adiposa, se dio cuenta de que el diplomático le ocultaba alguna información importantísima.

La conversación aún se prolongó diez minutos más, pero no se enteró de ninguna otra cosa.

Al salir el jesuíta dudó un instante y optó por dirigirse hacia la casa de Poncet. Llamó a la puerta, pero Jean-Baptiste no estaba, de manera que decidió ir a la Casa de los Venecianos. Un viejo turco, tendido tras la puerta del jardín, respondió al padre Plantain que su Excelencia el embajador de Etiopía no recibía a nadie.

El jesuíta se dio la vuelta, totalmente perplejo.

Al caer la noche, el maestro Juremi hizo un discreto rodeo sin abandonar la sombra oscura de los árboles para pasar ante el consulado. En la casa se encontró con Poncet, que le hizo tantas fiestas como si no se hubieran visto en dos meses.

– ¡Y yo que imaginaba que iban a tratarte como un héroe contando sus proezas en medio de una corte de admiradoras! -dijo el protestante cuando Jean-Baptiste le hubo puesto al comente de los sucesos de los días anteriores.

– Eso es porque todavía no conoces la colonia. Tienen miedo, están alerta. En ninguna parte soy bienvenido. Y evito a los pocos que desean verme, como a ese jesuíta que ha pasado por aquí esta tarde y que ha avisado a los vecinos de que quería hablar conmigo. No, créeme, el viaje continúa y me siento más solo aquí, después de dos días, que cuando atravesábamos el desierto.

– ¿Y Murad?

– A eso voy. Está alojado como un príncipe. Pero el cónsul todavía no se ha dignado recibirle. Quiere ver sus cartas credenciales. Le he hecho prometer a Murad que no ceda y que repita hasta la saciedad que tiene la misión de ir a Versalles.

– ¿Y… tu amada?

– No sé cuándo podré verla otra vez. Pero ayer por la noche… ¿Has cenado?

– Todavía no.

– Entonces ven conmigo, vamos a la fonda de Yussuf, frente a la mezquita de Hassan. Allí podremos hablar tranquilos.

Y ambos se dirigieron alegremente a pie hacia la ciudad vieja de El Cairo.

Poncet y su socio volvieron hacia medianoche. No obstante, en el momento en que llegaban a casa, una sombra surgió de la oscuridad de los soportales. El maestro Jurcmi blandió su espada.

– Piedad -dijo la sombra-, soy yo.

– ¡Murad! ¿Qué haces tú aquí a estas horas?

Le hicieron entrar en la casa. Poncet encendió una vela. El armenio sudaba y respiraba muy fuerte.

– Acababa de acostarme hace un rato -dijo jadeante-, cuando de pronto entraron veinte hombres en mi casa.

– ¿Veinte hombres? ¿Soldados o mercaderes?

– Soldados. Unos turcos completamente locos. Se abalanzaron sobre mí, me amenazaron y me pusieron un gran sable en el cuello, aquí.

Les mostró las carnes que pendían bajo su mentón.

– ¿Y luego?

– Luego lo registraron todo, lo removieron todo. Y cuando la casa ya estaba patas arriba me dijeron que me presentara mañana temprano ante el pacha.

– ¿Pero qué querían? -preguntó Poncet.

– ¿Qué se han llevado? -agregó el maestro Juremi.

– Nada.

– ¿Cómo que nada?

– Nada, ni oro, ni presentes, ni ropas.

– Así que no se han llevado nada…

– Sólo la carta del Negus -dijo Murad, bajando la mirada.

6

Durante la larga ausencia de Poncet, Hussein, el pacha de El Cairo y su paciente fiel, se cayó del caballo con tan mala fortuna que se rompió la pierna. Los charlatanes con quienes consultó tenían unos conocimientos tan precarios que le desollaron la piel y le dejaron la herida en carne viva. Todo lo que no habían logrado las revueltas, ni los venenos, ni los excesos, sucedió de pronto, como si hubiera dado un paso en falso en un precipicio, y Hussein murió con horribles sufrimientos.

Para sustituirlo, la Puerta envió a un hombre muy diferente. Se llamaba Mehmet-Bey y era un auténtico guerrero. En Hungría había estado al frente de los ejércitos turcos y se había granjeado un odio tremendo entre los cristianos. No obstante conocía a los francos suficientemente para distinguir cada una de sus naciones, una molestia que pocos turcos se tomaban en aquella época. Sentía predilección -si así se puede llamar pues en realidad se trataba sólo de un grado menos de odio- por los franceses, contra quienes no se había batido nunca directamente pues habían firmado con la Sublime Puerta algunas alianzas secretas contra los Habsburgo. Con la edad, Mehmet-Bey se había convertido en víctima de los imanes y los muftís. Esos hombres venerables tenían la habilidad de ejercer su influencia sobre este musulmán escrupuloso pero ignorante, de quien esperaban que fuera menos conciliador que su antecesor con los enemigos del islam.

Cuando Murad compareció ante el pacha, después de que éste le hubiera convocado, Mehmet-Bey lo recibió enfurecido. El armenio, que sentía terror a la entrevista, había hecho el trayecto hasta palacio montado en una mula para tranquilizarse. Ahora bien, en virtud de las capitulaciones que vinculaban las naciones creyentes con la Puerta, nadie tenía el privilegio de entrar en la ciudadela en una montura, salvo los embajadores cristianos. Así que los guardias le hicieron bajarse de la mula con malos modos y lo condujeron a presencia del pacha.

– ¿Quién te has creído que eres? -dijo Mehmet-Bey, de pie, ataviado con el uniforme rojo de los turcos y un turbante con franjas doradas en la cabeza-. Y para empezar, prostérnate. ¿Es que no vas a honrar al Sultán como es debido?

– Yo… Yo le honro y le brindo mi más respetuoso saludo -dijo Murad temblando, de rodillas, con la nariz contra las losas.

– Por otra parte -continuó Mehmet-Bey, dando una vuelta alrededor del hombre prosternado ante él-, tal vez seas turco… Hablas nuestra lengua y se diría que conoces bien nuestras costumbres, todas menos el respeto, que no tienes en modo alguno. ¿No serás por casualidad un renegado…?

– No, no -protestó Murad, que, como seguía con la nariz pegada al suelo ejecutó con el trasero el movimiento de negación que habría hecho con la cabeza si hubiera estado de pie-. Soy armenio. Mi padre me dio su religión y el Gran Señor, en su benevolencia, me ha autorizado a conservarla.

Mehmet-Bey no despreciaba a nadie con tanta virulencia como a los cristianos de Oriente.

– El Sultán se muestra bondadoso con todos vosotros, que nos apuñaláis por la espalda cuando luchamos contra esos perros de francos, pero así son las cosas…

Se volvió con semblante pensativo hasta el estrado cubierto de alfombras y cojines donde recibía audiencia y se sentó.

– Levántate y muestra tu cara de traidor.

Murad se incorporó, pero continuó de rodillas. Había estado tanto tiempo con la cabeza hacia abajo que tenía la cara roja y congestionada. El pacha hizo una señal a uno de sus guardias, que avanzó hacia él con una bandeja de plata y tomó la carta del Negus.

– No sólo vives en la tierra del Profeta y no respetas su palabra -dijo el turco- sino que además, por lo que entiendo aquí, estás confabulado con los abisinios, un pueblo empecinado en resistirse al islam y atacarlo.

Una vez que se le despejó la cabeza, Murad trató de poner en orden las ideas y acordarse de las instrucciones que Poncet le había dado.-Yo soy mercader, Excelencia -gimió-. Me gano la vida donde puedo y el azar me ha traído hasta el mar Rojo. Durante algún tiempo estuve al servicio del Nayb de Massaua. Es un buen musulmán. Nunca le di motivo de queja, puede preguntárselo. Y un día me confió un mensaje para el Rey de Etiopía…

– ¿Qué diantres indujo a ese chacal a enviar mensajes?

– Es que en el pasado, Excelencia, los abisinios le cortaron el paso del agua e impidieron la llegada de víveres en dos ocasiones. Por eso el Nayb está obligado a tomar en consideración a los poderosos vecinos de las montañas.

Mehmet-Bey entornó los ojos. Con esa señal daba a entender que una palabra había atravesado una capa profunda de su mente, situada un poco por debajo del compacto zócalo de certezas, una capa en la que se estremecía a veces, lo menos posible para su gusto, esa cosa irritante que se denomina una idea.

– Entonces, según tú -dijo-, ¿es verdad que ese Negus puede retener las aguas de nuestros países? ¿Y por qué no lo ha hecho nunca si nos desprecia tanto como parece?

– Lo ha hecho con Massaua, que es una península. En cierta ocasión la privó de todo.

– Pero no con nosotros, que vivimos del Nilo…

– Excelencia, por lo que sé, al Negus no le faltan medios ni intenciones para privar a los musulmanes de las aguas que les da la vida. Pero piense que si desviara el primer curso del Nilo, si desplazara las aguas no desde oriente a poniente sino en el sentido opuesto, causaría la ruina de Egipto y…

– ¿Y…? -dijo el pacha.

– … y de paso contribuiría a la prosperidad de los somalíes,, que son musulmanes como ustedes.

Al pacha se le quedaron grabadas aquellas palabras, que recorrieron los resquicios tenebrosos de su entendimiento, y al final estalló en una gran carcajada que secundó el coro servil de la guardia diseminada por la amplia sala.