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– El acusado, el señor Hale, hizo algún comentario a ese respecto -dice Brower.

– Pero no hicieron ningún intento de mantener la confidencialidad, ni de hablar en privado, lejos de su presencia, ¿no es así? -pregunta Ryan.

– Así es.

– Esto es todo -dice Ryan-. A no ser, desde luego, que el señor Madriani desee que citemos a la señora McKay para testificar sobre lo que hablaron ella y mi colega y que condujo a aquella reunión. -Al decir esto, Ryan me mira, dejándome con la duda de si Susan ha sido citada y se halla en el exterior de la sala.

Ése es el problema al que nos enfrentamos. En el momento de la reunión no existía la menor confidencialidad, sólo las indiscreciones y las amenazas de Jonah, que yo no había previsto. Cuando nos reunimos, aún no se había cometido el crimen. Suade todavía estaba viva.

– No estoy seguro de que necesitemos más testigos -dice el juez-. Señor Madriani, ¿desea usted repreguntar al testigo?

– No, señoría. -No puedo preguntarle nada a Brower que enmiende el daño ya hecho.

– Señoría, deseo presentar el testimonio probatorio -dice Ryan-. Y solicito que se me permita preguntar acerca de las conversaciones que tuvieron lugar en presencia del señor Brower en el bufete de mi colega.

Peltro me mira desde lo alto del estrado.

– Lo lamento, señor Madriani, pero no veo base para conceder a esas conversaciones el privilegio de la confidencialidad -dice-. Desestimo su protesta.

– Señoría, desearía que pusiera usted un límite al ámbito de la declaración. Que dejara usted claro que esto no constituye una desestimación completa del privilegio de confidencialidad entre abogado y cliente.

– Señor Ryan, no aspira usted a una desestimación completa, ¿verdad?

Ryan vacila, enarca las cejas y se encoge de hombros, como diciendo «¿Por qué no?». Nada verbal consta en acta; es una pregunta que queda en el aire.

– Entonces voy a resolverle sus dudas -dice Peltro-. Mi dictamen se aplica sólo a la reunión en la que el señor Brower y la señora McKay estuvieron presentes. Cualquier otra cosa le está vedada. ¿Queda entendido?

– Desde luego -dice Ryan.

El jurado vuelve a entrar.

– Investigador Brower, me gustaría refrescarle la memoria al jurado. ¿Ha dicho usted que asistió a una reunión con Susan McKay en el bufete del señor Madriani el 17 de abril de este año?

– Exacto.

– ¿No fue ésa la fecha en que la víctima, Zolanda Suade, fue asesinada?

– Lo fue. Creo que a ella la mataron a última hora de aquella tarde.

– Protesto. Da por supuestos hechos de los que no hay pruebas, que rebasan la capacidad y los conocimientos de este testigo, a no ser que sepa más de lo que dice.

El estado aún no ha determinado la hora de la muerte con precisión, así que Brower está intentando rellenar un hueco.

– Que se borre la parte final de la respuesta del testigo -dice Peltro-. Que el jurado desestime cualquier sugerencia en lo referente a la hora de la muerte, o al hecho de que la víctima fue asesinada. Eso es lo que tratamos de determinar aquí. -Peltro se vuelve hacia el testigo con el ceño fruncido, como la visión de Dios que tenía Cecil B. DeMille-. Háganos usted el favor de fijarse bien en las preguntas y responder sólo a lo que se le interroga. ¿Entendido?

– Sí, claro. Lo lamento, señoría. -Brower lleva una gruesa chaqueta de sport, y está comenzando a sudar.

– ¿Podemos decir con certeza que la reunión tuvo lugar el mismo día de la muerte de la víctima? -Ryan trata de sacar a Brower del aprieto.

– Sí. Creo que eso se puede decir con certeza. -Brower mira hacia el juez buscando su aprobación, pero lo único que recibe es una pétrea mirada.

– ¿Y a qué hora llegó usted al bufete del señor Madriani?

No queriendo volver a equivocarse, ahora Brower reflexiona antes de contestar.

– Probablemente, a eso de las once de la mañana.

– ¿Llegó usted con la señora McKay?

– No. Llegamos por separado. Yo estaba efectuando un trabajo de campo, y ella me llamó al busca. Hablamos por teléfono. Ella me dio la dirección y me dijo que me esperaría allí.

– ¿O sea que ella fue en su propio coche?

– Exacto.

– ¿A qué hora llegó la señora McKay al bufete del señor Madriani?

– Unos diez minutos después que yo.

– O sea, a eso de las once y diez, ¿no?

– Más o menos -dice Brower.

– ¿Y estaba el señor Madriani allí cuando usted llegó?

– No, pero sí su socio -dice Brower.

– Que conste en acta que el testigo ha identificado al señor Hinds. ¿Se encontraba el acusado, Jonah Hale, en el bufete cuando usted llegó?

– No.

– ¿Dónde estaba el señor Madriani cuando llegó usted al bufete? -pregunta Ryan.

– Nos dijeron que estaba…

– Protesto. Testimonio de oídas.

– Se acepta la protesta.

– ¿Cuándo llegó a la reunión el señor Madriani? -pregunta Ryan.

– Más o menos… -Brower reflexiona un instante-. Unos cuarenta y cinco minutos después que yo.

– O sea, a eso de las doce menos cuarto, ¿no?

– Sí, más o menos.

– ¿Y llegó el acusado, Jonah Hale, junto con el señor Madriani?

– Sí. Llegaron juntos.

– O sea que para las once cuarenta y cinco de la mañana del día en que murió la víctima, tanto la señora McKay como el señor Hale, el señor Madriani, el señor Hinds y usted estaban todos presentes en el bufete del señor Madriani. -Ryan habla como si se estuviera refiriendo a una conspiración-. ¿Explicó el señor Madriani el motivo de su retraso?

– No.

– ¿Le dijo dónde había estado aquella mañana?

Ahora Brower mira al fiscal, inseguro de lo que Ryan desea que conteste. No sabe si intenta esclarecer dónde estaba yo antes de la reunión, el motivo de mi retraso, u otra cosa.

Queriendo aclararle las cosas a su testigo, Ryan dice:

– Se lo volveré a preguntar. Durante la reunión, ¿les comentó el señor Madriani a usted y al resto de los presentes los detalles de otra reunión a la que hubiese asistido aquella misma mañana?

– Ah, eso -dice Brower-. Sí. Lo hizo. -Ahora lo tiene todo claro-. Dijo que había ido a ver a Zolanda Suade a su oficina, en Imperial Beach.

– ¿Al lugar en el que posteriormente se encontró el cuerpo de la víctima?

– Protesto.

– En el caso de que lo sepa, señoría. El testigo fue al lugar de los hechos posteriormente aquella misma noche -dice Ryan-. El abogado de la defensa lo sabe. -Ryan me mira. Sonríe. Está a punto de clavarme en la pared, y es consciente de ello.

– Si el testigo tiene conocimiento de primera mano, puede responder a la pregunta -dice Peltro.

– Sí -dice Brower-. Dijo que fue a la oficina de Zolanda Suade. Y fue allí donde posteriormente encontraron el cuerpo.

– ¿Y explicó el señor Madriani por qué fue a ver a la víctima?

– Dijo que quería hacerle unas preguntas acerca de la nieta del señor Hale. Deseaba averiguar lo que Zolanda Suade sabía acerca de la desaparición de la niña. De la nieta del señor Hale.

– ¿Comentó el señor Madriani si la reunión con Zolanda Suade de aquella mañana había sido un éxito?

– No -dice Brower-. Fue un desastre.

– ¿Qué entiende usted por «desastre»?

– La señora Suade le dio a Madriani un comunicado de prensa que se disponía a mandar a los periódicos y a las cadenas de televisión.

– ¿Qué decía ese comunicado de prensa?

– ¡Protesto! -De nuevo estoy de pie-. El documento habla por sí mismo.

– Se trata de una cuestión referente al móvil -dice Ryan-. Volveré a formular la pregunta. ¿Durante la reunión en la que todos ustedes estuvieron presentes, explicó el señor Madriani el contenido de ese comunicado de prensa?