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– A sus órdenes, mi comandante -vociferé desde el umbral. Al principio de mi vida militar creía que las actitudes excesivamente marciales eran propias de oligofrénicos, pero con el paso de los años había aprendido a usarlas como autoprotección. Un buen taconazo siempre ablanda a un oficial.

– Pasa, Vila, y tú también, Chamorro -invitó el comandante.

– A sus órdenes -musitó Chamorro, todavía un poco atontada y ensordecida por mi grito atronador.

– ¿Has leído los periódicos? -preguntó Pereira, sin preámbulos.

– Alguno, mi comandante.

– Échale un ojeada a éste, si no lo has visto -me conminó, arrojándome la fotocopia de aquel diario provincial.

Leí a toda velocidad, lo que decía acerca de la muerte, las declaraciones del representante de la plataforma antinuclear, y dos o tres invenciones interesadas que ofrecían sin rubor tras la sobada fórmula «según fuentes judiciales a las que ha tenido acceso este periódico…».

– El mundo está lleno de frívolos, mi comandante -opiné, con cautela.

– Eso ya lo sabemos todos, Vila -dijo Pereira-. No es lo que esperaba que te llamase la atención.

Puse cara de súbita concentración, que es la única aconsejable cuando uno no atina a entender lo que quiere transmitirle su jefe.

– Ya lo ves -consintió aclararme por fin-: han dado con un ángulo suculento de la cuestión. O con dos. Ya sabes la diferencia que hay entre trabajar con el aliento en la nuca y hacerlo sin que te presionen.

– Sí, mi comandante.

– Pues tenemos el aliento en la nuca, y bien. Alguien en el Ministerio de Industria ha leído la noticia durante el desayuno, y cuando ha llegado a la oficina tenía tiempo libre o estaba aburrido y ha hecho una llamada. Andan con no sé qué gaitas de renovarle los permisos a la central nuclear y no es el momento, dicen, en que les apetece que gane notoriedad.

– Este tipo está disparando al aire -dije, blandiendo la fotocopia-. Es muy posible que la muerte de ese hombre tenga tanto que ver con la central nuclear como con la conspiración del Coyote contra el Correcaminos.

Por un momento temí que Pereira no apreciara el chiste. Desde luego no pareció deslumbrarle, pero tampoco le puso más tenso.

– Claro, Vila -admitió-. Es de sentido común. Pero dime, ¿cuánto sentido común eres capaz de detectar últimamente a tu alrededor?

Miré a Chamorro. No parecía dispuesta a ayudarme en el cálculo.

– Bueno, es muy prematuro aventurar nada en este momento -empecé a explicar-. Por lo que hemos averiguado…

– Eso es lo que me gustaría que me contaras, Vila. Lo que habéis averiguado y el plan que tenéis. Y no veas en esto un alarde de impaciencia por mi parte. Los conozco. Es más que probable que me hagan pasar examen a mí antes de media mañana, y preferiría saber qué responderles.

Pereira tenía a veces aquella virtud. Llevaba una estrella de ocho puntas en la hombrera y eso le autorizaba a mandarme hacer cincuenta flexiones en cualquier momento porque sí, pero sabía respaldar sus órdenes con razones con las que uno pudiera simpatizar. Me costaba menos rendirle cuentas con el humanitario propósito de evitar que le echaran a él una bronca.

Los datos de la autopsia y el informe de la policía científica ya los tenía, así que comencé por resumirle mi conversación con Marchena y la información que él había reunido sobre la situación familiar del difunto.

– Estaba casado y tenía dos hijos pequeños. Por lo que sabemos, parece una familia normal, salvo por el hecho de que el hombre pasara la noche fuera de casa y a las cuatro de la tarde del día siguiente, desconociendo su paradero, la mujer no hubiera denunciado aún su desaparición. Tampoco tiene por qué significar nada. Ella dice que estaba a punto de salir a poner la denuncia, y tendremos algo más cuando la interroguemos, mañana o pasado. De momento, dejaremos que lo entierre en paz.

– Tampoco dejes que se enfríe mucho -advirtió el comandante, con una dureza poco frecuente en él.

– En cuanto al recepcionista -proseguí-, ayer fue imposible localizarlo. Tenía el día libre y debió de irse de juerga por ahí. Pero acabo de hablar con el motel y ya estaba en su puesto. Dentro de un rato nos vamos a verle.

– Bien -aprobó Pereira-. ¿Recuerda si el muerto llegó acompañado?

– Sí -respondí-. Una mujer. No he querido sacarle más por teléfono.

Observé de reojo a Chamorro. El único motivo por el que aún no le había contado aquello era que la llamada de Pereira me había sorprendido cuando me disponía a hacerlo. Pero mi ayudante me escrutaba con una de sus típicas miradas incendiadas. Me tocaría otra vez jurarle que confiaba en ella, tratar de convencerla de que no fuera tan susceptible, etcétera.

– Por lo que se refiere a los de la central nuclear -continué-, hablé ayer por la tarde con ellos. Un sujeto un poco nervioso, relaciones públicas o algo parecido. Según me contó, Trinidad Soler era ingeniero responsable en un departamento de la central, ahora no me sale el nombre, algo así como…

– Protección radiológica -precisó Chamorro, con su celo usual.

– Eso. Suena muy peliagudo, pero al parecer no tiene nada que ver con los que manejan la planta. Es algo secundario, de control y prevención. Vamos, que Trinidad no le daba al interruptor, precisamente.

– Me apuntaré esto -dijo Pereira-, por si sirve para que alguien se relaje. Aunque lo dudo -añadió, fatalista.

– Hemos quedado en ir a visitarles este mediodía -rematé mi informe-. El de relaciones públicas nos soltó el discurso que debe recomendar su manual para estas ocasiones: que tenemos sus puertas abiertas y que están a nuestra disposición para enseñarnos todo lo que queramos.

– Algo es algo -murmuró Pereira, mientras completaba sus notas-. Bien, veo que tenéis por donde seguir. ¿Algo más que deba saber?

– Eso es todo, mi comandante.

– De acuerdo -dijo, poniéndose en pie. En el lenguaje corporal del comandante, eso significaba que la audiencia se había terminado, y Chamorro y yo, suficientemente avezados en descifrar los gestos de la oficialidad y anticiparnos a sus deseos, saltamos al unísono de nuestras sillas. Pereira se dirigió con paso cansino hacia la mesa donde tenía el teléfono, dando por hecho que deduciríamos por nuestra cuenta que nos tocaba retirarnos. Pero antes de salir, no quise dejar de cerciorarme de que había comprendido todo lo que mi jefe esperaba de mí. Utilicé la fórmula tradicionaclass="underline"

– ¿Ordena alguna cosa más, mi comandante?

Pereira meneó la cabeza y a continuación me miró con ojos vagamente melancólicos. Era un recurso que no usaba mucho, pero cuyo significado no me era desconocido. Por si acaso, lo tradujo a palabras:

– Organízate a tu manera, Rubén. Sólo te ruego que me traigas algo que pueda echarles a los perros antes de tener que ponerles mi pantorrilla para que la muerdan. Ya sabes cuánto tiempo viene a ser eso.

– A sus órdenes, mi comandante.

Un cuarto de hora después, Chamorro conducía el coche patrulla por las calles de Madrid. En el asiento del copiloto, yo trataba de ordenar mis ideas. Me relajaba ver a Chamorro conducir, porque señalizaba todas las maniobras con la antelación que te enseñan en la autoescuela y porque se abría paso entre el atasco con elegancia, sin abusar de las luces. También me gustaba contar a los conductores que reparaban de pronto en ella y se quedaban mirándola como besugos, sólo porque era medio rubia y espigada. Era un ejercicio que me confirmaba en la creencia, hasta cierto punto apaciguadora, de que el hombre es un animal esencialmente predecible. Detesto a los lunáticos y a los extravagantes. Complican mi trabajo.

Normalmente no solíamos llevar aquel coche, y tampoco íbamos de uniforme. Aquella mañana hacíamos una excepción porque se me había ocurrido que convenía darle un aire lo más oficial posible a nuestros primeros movimientos. Cuando le había comunicado mis planes, la tarde anterior, Chamorro se había encogido de hombros y había dicho: