– ¡Eiker!
Gusano chilló aterrado e intentó correr. Lawson le tiró al suelo y le puso el talón de acero de su bota sobre la cabeza.
Baker gimió, incapaz de hablar. Se aferró a la carretera con los dedos, luchando por respirar.
– Mételos en el camión -ordenó Michaels-. Lawson, tú conduces.
Blumenthal se arrodilló y esposó a Baker. Después le arrancó la identificación del CRIP de la bata y miró fijamente la imagen de la tarjeta. Agarró a Baker por la barbilla y le miró la cara.
– ¿Es el mismo? -preguntó Lawson-. ¿Qué dice la tarjeta?
– Havenbrook. ¿Ahí no estaban los laboratorios secretos del gobierno, esos que salieron en las noticias justo antes de que todo se fuese a la mierda?
– Sí -afirmó Lawson mientras le ponía las esposas a Gusano-. ¿Y qué? También salieron en las noticias el presidente de Palestina y esa supermodelo travestí y no les veo por aquí.
– Eh, sargento -dijo Blumenthal-. ¡Creo que hemos encontrado algo que igual hace que este viaje haya merecido la pena!
Lawson puso a Gusano en pie mientras escudriñaba el cielo por si aparecían más pájaros.
Blumenthal le extendió la identificación a Michaels.
– ¿Éste no era el sitio en el que estaban haciendo los experimentos?
– Puede. Pensaba que era un laboratorio de armas o algo así.
– Bueno -Blumenthal se aclaró la garganta-, estaba pensando que puede que el coronel Schow quiera interrogar a este tío, porque está claro que trabajaba allí. Seguro que está hasta arriba de armas, pero además…
Se detuvo, dudando sobre si debía continuar.
– Adelante, soldado.
– Bueno, si mal no recuerdo, casi todo el laboratorio es subterráneo. Creo que sería el lugar ideal para establecernos.
Michaels miró a Blumenthal, después a Baker y luego otra vez al soldado.
– Blumenthal, si estás en lo cierto, acabas de ganarte un ascenso.
El soldado sonrió. Obligó a Baker a ponerse en pie, subió a los cautivos al camión, cerró la puerta y echó el cierre.
El interior del camión era oscuro como la boca del lobo. Gusano no paraba de sollozar cuando el motor se puso en marcha. Baker se acercó a él guiándose por su voz y el asustado muchacho se acurrucó sobre él. Le habría gustado susurrarle palabras de ánimo, pero Gusano no podía ver sus labios en la negrura.
El intenso dolor de su estómago y pecho le distrajo de casi toda la conversación de los soldados, pero había escuchado que querían información sobre Havenbrook. Lo que significaba que le mantendrían vivo.
En la oscuridad, Baker se preguntó si Gusano y él seguirían así después de darles lo que querían.
Capítulo 12
Jason cogió un fusil del armario en el que reposaban las armas y salió corriendo por la puerta antes de que Jim pudiera detenerle.
– ¡Jason, espera! ¡No sabemos qué hay ahí fuera!
El chico no se detuvo: cruzó el porche de un salto y atravesó el patio sin parar de correr. Jim fue tras él, desarmado.
Martin apareció cojeando, con Delmas a cuestas. El anciano predicador estaba pálido y demacrado, y tenía la boca abierta de par en par. Su mirada perdida no alcanzaba a enfocar a sus amigos. Tenía los pantalones rotos y le corría sangre por la pierna. Arrastraba los pies de forma automática. De la hebilla de su cinturón colgaba un hilo de pita que había enrollado alrededor de la guarda del gatillo de los fusiles, que se arrastraban tras él trazando surcos en la tierra con sus cañones y culatas.
Delmas estaba aún peor. Le faltaban trozos de carne de los brazos, las piernas y la cara. Su cuerpo estaba lleno de marcas de mordiscos. Estaba cubierto de sangre y tenía los ojos cerrados.
– ¡Papá!
Jim los sujetó a los dos en el momento en que Martin se venía abajo y los depositó cuidadosamente en el suelo. Martin parpadeó, contemplándolo, y se lamió los labios.
– ¿Qué ha pasado? ¿Estáis bien?
– Una emboscada -carraspeó el anciano-. Estaban esperándonos en el claro. ¡Nos tendieron una trampa!
– ¿Cuántos? -preguntó Jim.
– Más de… más de los que pude llegar a contar. Al principio sólo eran ciervos, pero luego aparecieron ardillas, pájaros y un par de humanos. Trabajaban juntos. Pudimos acabar con algunos, pero no sé cuántos quedan.
– ¿Estás bien?
– Una marmota muerta me mordió en la pierna, pero estoy bien. De camino aquí pensé que iba a sufrir un infarto. Dame un minuto para descansar.
Jim le echó un vistazo. Su piel estaba caliente y colorada. Tenía una herida muy fea en la pierna, pero por suerte había empezado a coagular. Por lo demás, estaba bien.
Jason sujetó la cabeza de Delmas entre sus brazos. Su padre no se movía.
– Deja que mire -le dijo Jim con mucho tacto. Jason le miró con lágrimas derramándose por su rostro.
– No deje que se muera.
Al oír la voz de su hijo, Delmas abrió los ojos.
– Jason…
– Estoy aquí, papá. Vas a ponerte bien. Voy a cuidar de ti.
– Delmas -le preguntó Jim-, ¿puedes andar?
– Tengo la pierna hecha polvo.
– Entonces voy a tener que llevarte. Jason, ¿puedes ayudar al reverendo Martin? ¿Podrías llevar las armas?
El chico se puso en pie mientras se limpiaba la nariz con la manga.
Delmas abrazó a Jim por el cuello y se mordió el labio para prepararse.
– ¿Listo?
Dijo que sí con un quejido y Jim lo levantó del suelo. Su pierna herida chocó contra el muslo de Jim y gritó de dolor. El esfuerzo hizo que la herida de bala de Jim volviese a dolerle con fuerza.
Pese al esfuerzo que le suponía, Jim consiguió meter a Delmas en casa y recostarle sobre la cama que él mismo había ocupado horas atrás. Martin renqueaba tras ellos, seguido de Jason. El chico, que tenía los ojos abiertos de par en par, dejó los fusiles en el suelo y cerró la puerta de golpe.
– ¡Vienen más!
Jim corrió hacia la ventana. Tres sombrías figuras surgieron de la penumbra: dos humanos y una hembra de gamo. Los zombis se dirigieron hacia la casa.
Martin se había restablecido un poco, de modo que cogió unos cartuchos del armario y empezó a recargar los fusiles.
– Cuida de tu padre -le dijo Jim a Jason-. Ya nos ocupamos nosotros.
– ¿Cuántos son? -preguntó Martin.
– Puedo ver a tres, aunque tal vez haya más escondidos, no lo sé. ¿Estás listo?
– No, pero vamos de todas formas.
Jim traspasó la puerta y abrió fuego en cuanto puso un pie sobre el porche. Disparó casi a ciegas, pero consiguió mantener a los zombis a distancia el tiempo suficiente para tomar posición, sacar los cartuchos usados, apuntar y disparar de nuevo. Apuntó al animal y apretó el gatillo rápidamente. El arma saltó en sus manos y la bala le dio de lleno a su presa en el cuello. El siguiente disparo terminó el trabajo.
Martin apuntó al humano más cercano, un paleto obeso al que la muerte había hinchado hasta alcanzar proporciones grotescas. El primer disparo le voló la rótula a la criatura. En cuanto recuperó el equilibrio, un segundo se hundió en su prodigioso estómago. El hedor que surgía de los intestinos del monstruo inundó el porche. Apuntó más alto y los siguientes dos disparos separaron la cabeza del zombi de su cuerpo. Permaneció colgada de unas tiras de pellejo y carne durante unos segundos antes de caerse de los hombros y empezar a rodar por el campo. El cuerpo se desplomó a su lado.
Martin se fijó en la cabeza: los ojos seguían observándolo y los labios se movían, formando palabras que, sin pulmones ni cuerdas vocales, no podía llegar a expresar.
Se arrodilló cerca de ella y sus mandíbulas se cerraron con un chasquido. Volvió a ponerse en pie y le introdujo el cañón en la boca. La cabeza reaccionó abriendo los ojos de par en par. Disparó.
El tercer zombi empezó a correr. Le siguió con el cañón, apuntó y disparó, haciendo que el cerebro de la criatura saliese disparado por la nuca.