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– Buenas noches.

Kayleen se giró y volvió a la suite.

El encuentro con Darlene la había puesto de mal humor. Y peor aún, había conseguido que empezara a dudar.

Cabía la posibilidad de que tuviera razón. Se había enamorado de él y necesitaba que él la amara a su vez.

Entró en el dormitorio y se tumbó en la cama. Ya no sabía si podría casarse sin tener su amor.

Capituló 13

Kayleen se sentó en una silla del salón de Lina e hizo lo que pudo por seguir respirando. Había descubierto recientemente que cuando estaba tensa, contenía la respiración; luego empezaba a jadear y su nerviosismo empeoraba.

– Es horrible -gimió-. ¿No le basta con haberme abandonado cuando yo era una niña? ¿También tiene que destrozarme la vida?

Lina le dio una palmadita en la mano.

– Lo siento tanto… Mi hermano sólo quería ayudar.

– Lo sé. La culpa es mía por no haberle dicho la verdad, pero odio hablar de mi familia biológica, odio decir que me abandonaron dos veces. Siempre pienso que me deja en mal lugar -le confesó.

– Tienes que superar tus temores, Kayleen. Ahora vas a formar parte de mi familia.

Kayleen sonrió.

– Eres muy buena conmigo.

– Gracias. Pero volviendo a tu madre…

– Está por todas partes, espiándome, apareciendo sin advertencia alguna. Tiene aterrorizadas a las niñas. Anoche, Pepper se puso a llorar porque Darlene le dijo que ya que no era guapa, tendría que ser inteligente. ¿Quién puede decir algo así a una niña? Pepper es adorable… puedo perdonar a mi madre por las maldades que me dedica, pero no le puedo perdonar eso.

– ¿Quieres que le ordene que abandone el país? -preguntó Lina-. Lo haré si lo deseas. Se marchará en el primer avión que salga.

– Me gustaría aceptar tu ofrecimiento, pero es mi madre y no sé qué hacer. Tal vez debería concederle una oportunidad. Puede que se lo deba.

– ¿Qué le debes? ¿Qué te diera a luz? Tú no pediste nacer. Fue elección suya. Si no quería tenerte, podría haberlo evitado. O haberte entregado en adopción…

– Me pregunto por qué no lo hizo.

– Quién sabe. Puede que el papeleo legal fuera demasiado complejo para su diminuto cerebro -se burló.

Kayleen sonrió.

– Sea como sea, tengo que tomar una decisión… Le concederé una semana más e intentaré establecer algún tipo de conexión con ella, aunque seamos muy distintas. Si no lo consigo, o si insiste en portarse mal, aceptaré tu oferta.

– Le das más oportunidades de las que yo le daría, pero tú tienes más corazón que yo.

– O más sentimiento de culpabilidad. Sólo espero que Asad no crea que soy como ella…

– Por supuesto que no, qué tontería. Nadie elige a sus familiares. No te preocupes, él no te culpa por la forma de ser de tu madre.

– Ojalá tengas razón. Intentaré pasar más tiempo con Darlene, a ver qué pasa.

Kayleen se levantó.

– Mantenme informada -le pidió Lina.

– Lo haré.

Kayleen se dirigió a la escalera y subió. Tenía intención de volver a sus habitaciones, pero se lo pensó mejor y llamó a la suite de su madre.

– Adelante…

Darlene estaba sentada en el salón, tomando un café y unas tostadas.

– Ah, eres tú… -dijo-. Acabo de recibir una nota deliciosa del rey. Me ha invitado a una fiesta. Es algo diplomático, según creo; pero no tengo ropa adecuada para asistir a ese tipo de celebraciones. ¿Puedes encargarte de solucionar el problema?

Kayleen se sentó al otro lado de la mesa.

– Por supuesto. Una de las boutiques está a punto de enviarme varios vestidos. Si me das tu talla, les encargaré algo.

Darlene sonrió.

– Me encanta el servicio de este lugar.

– Había pensado que podíamos pasar más tiempo juntas -comentó Kayleen-. Ya sabes, para conocernos mejor…

Darlene arqueó las cejas.

– ¿Qué quieres saber? Me quedé embarazada a los dieciséis años, te dejé con mi madre y me marché a Hollywood. Trabajé en unas cuantas series de televisión y en obras de teatro con las que pagaba las facturas… luego conocí a un tipo que me llevó a Las Vegas, donde gané algún dinero. Pero el tiempo no es amigo de las mujeres. Necesitaba asegurarme el futuro y entonces apareció el enviado de tu rey.

Kayleen se inclinó hacia ella.

– Soy tu hija. ¿No te gustaría que fuéramos amigas por lo menos?

Darlene la miró durante un buen rato.

– Tienes buen corazón, ¿verdad?

– No sé, no lo había pensado…

– Serás exactamente el tipo de esposa que Asad desea.

– Estoy enamorada de él. Quiero que sea feliz.

Darlene asintió despacio.

– ¿Te gusta vivir aquí, en El Deharia?

– Sí, es un país precioso. No sólo la ciudad, sino también el desierto. Estoy aprendiendo el idioma, las costumbres… quiero encajar.

La mirada de su madre era muy penetrante, como si quisiera sonsacarle algo.

– El rey es un hombre encantador.

– Sí, es amable y comprensivo.

– Interesante. No son precisamente las palabras que yo habría elegido para definirlo. Pero sí, Kayleen, me gustaría que fuéramos amigas. Supongo que mi aparición ha debido de ser toda una sorpresa para ti. No me había dado cuenta porque sólo estaba pensando en mi misma. Perdóname.

– ¿Lo dices en serio? -preguntó, sorprendida-. Bueno, supongo que lo entiendo… Tu vida ha sido difícil.

– La tuya también. Pero mejor de lo que habría sido si te hubieras quedado con mi familia. Aunque no lo creas, es cierto.

Darlene se levantó del sofá.

– Bueno, voy a ducharme y a vestirme. Y después, si tienes un rato, podrías llevarme a dar una vuelta por el palacio. Es un edificio precioso.

– Lo es. He estudiado su historia. Te lo contaré todo sobre Asad y su gente.

La expresión de Darlene se hizo más dura.

– Sí, supongo que él aprecia esas cosas.

Asad la tomó de la mano y le besó los dedos.

– ¿Qué te preocupa, Kayleen?

Estaban comiendo juntos en su despacho.

– Nada. Sólo estaba pensando.

– Obviamente, no en lo afortunada que eres por casarte conmigo.

Ella se rió.

– No, no estaba pensando en eso. Pensaba en mi madre.

– Ya veo.

El príncipe la miró.

– ¿No te gusta?

– No la conozco lo suficiente. Lo único que me importa son tus sentimientos.

– Y yo no estoy segura de nada… -confesó-. Le he dicho que quiero ser su amiga y que nos conozcamos mejor.

– ¿Y?

– Las cosas están mejor, pero no sé si confiar en ella. Se lo pedí y se mostró de acuerdo; pero aunque suene terrible, no me fío.

– La confianza se debe ganar. Tal vez sea tu madre biológica, pero no la conoces.

– Eso es verdad.

A Kayleen le habían enseñado a confiar en la gente y a esperar lo mejor de ellos. El simple hecho de pensar que su madre la estaba utilizando, era un atentado contra su sentido de la moral y su forma de sentir. Pero pensar lo contrario, atentaba contra su inteligencia.

Kayleen miró a su prometido.

– Sabes que no soy como ella, ¿verdad?

Él sonrió.

– Sí, lo sé.

– Menos mal…

Darlene tarareaba una canción mientras miraba los vestidos del perchero. Eligió uno de color negro, con cuentas ensartadas y escote generoso, y dijo:

– Podría acostumbrarme a esto. ¿Te has fijado en el trabajo que lleva? Se nota que está hecho a mano.

Se puso la prenda delante de ella y se miró en el espejo.

– ¿Qué te parece? -preguntó.

– Es precioso -respondió su hija.

Darlene se rió.

– Pero tú no lo elegirías, claro…