Cerró los ojos y, después de unos segundos, salió del quirófano. Tenía que continuar adelante con su vida.
La ambulancia llevó a Kylie y a su madre a Melbourne a las siete de la mañana. Cinco minutos des pues, Annie ya estaba en la cama y dormida. El turno de noche ya había pasado. Tom podía ocupar su puesto. A Annie le importaba muy poco con quién dejara a Hannah, o que se hubiera pasado toda la noche despierto haciendo el amor con Sarah. Estaba tan cansada que no podía mantener los ojos abiertos y, desde las siete, Tom estaba oficialmente de guardia.
El mundo desapareció hasta la una de la tarde, en que alguien llamó a la puerta.
Tom estaba en el pasillo, con su hija en brazos. En cuanto Annie abrió la puerta, Tom entró como un torbellino.
– Pensé que estarías despierta.
– Pues no lo estaba -dijo Annie y se cruzó de brazos.
Tom iba vestido con unos vaqueros y una camisa, pero Annie no llevaba más que una camisa de pijama a medio abotonar.
Ton la miró de arriba a abajo con interés. Era como si, de pronto, hubiera visto una calabaza convertida en una princesa.
– Nunca te había visto con el pelo suelto -dijo Tom sin dejar de mirarla con interés.
Una suave cascada de rizos enmarcaba el dulce rostro de Annie. Sus ojos grises parecían inmensos sin las gafas que siempre los ocultaban. ¡Estaba francamente hermosa!
– ¿Por qué no usas lentes de contacto? -preguntó él con genuina curiosidad. Miró las gafas que estaban sobre la mesa-. ¿No son muy gruesas? ¿Necesitas llevarlas siempre?
Annie se ruborizó.
– Sí… y no le veo sentido a las lentes de contacto. ¿Qué quieres?
Tom sonrió.
– Molestarte, por supuesto. Y, por lo que se ve soy muy bueno haciéndolo, sin ni siquiera intentarlo.
– ¿Cómo puedes decir «sin ni siquiera intentarlo»? Lo que haces continuamente es molestarme intencionadamente -miró al reloj de pulsera que llevaba en la mano-. Tom McIver, hoy tu turno empezaba a las siete de la mañana y esta noche volvía a tocarme a mí. Así que lárgate y déjame dormir. No pienso trabajar ahora y, desde luego, no pienso hacer de canguro.
– ¿Por qué siempre piensas que actúo por interés?
– Porque en lo que a mí respecta, no creo que sepas cómo aplicar la palabra altruismo. Como comprenderás, si te presentas en mi puerta con un bebé en los brazos, voy a sospechar que quieres algo más que darme los buenos días.
– Pues no voy a pedirte nada -le aseguró Tom-. El hospital está completamente tranquilo. Kylie y su madre partieron sin problemas. Asumo que si hubiera habido algún problema me habrías despertado.
– Sí -dijo Annie.
Allí, de pie, descalza y con demasiada poca ropa, se sentía realmente vulnerable. Habría deseado que por arte de magia apareciera sobre su cuerpo la bata blanca que le servía de coraza en el día a día.
– Había un médico en la ambulancia, así que iban en buenas manos. Pensé en despertarte, pero…
No sabía si Sarah se había quedado allí toda la noche o no.
No quería saberlo, tampoco. Además, ella podía ocuparse de todo, no había tenido una necesidad urgente de recurrir a él.
– Deberías de haberlo hecho.
– Supongo que sí -Annie señaló la puerta-. Bueno, pues si eso es todo…
Tom ignoró el gesto.
– Decidiste no mandar a Rod con su mujer y su hija.
– Sí, así es -Annie miró a Tom dispuesta a defender su postura.
– Estupendo. No es que esté siendo crítico con la opción, pero me pregunto si él quería ir. ¿Tú te lo preguntaste?
– Estaba vomitando cuando la ambulancia partió -le dijo Annie-. Protestaba, gritaba y vomitaba al mismo tiempo. Le he dado todo lo que he podido, pero nada es suficiente para limpiar todo el alcohol que lleva en la sangre. Sus náuseas habrían impedido que el personal de la ambulancia se ocupara como era conveniente de Kylie y de su madre. Me pareció que ellas necesitaban mucho más que se las cuidara, que un borracho con un brazo roto. Siento ser tan dura, pero no estaba dispuesta a asumir riesgos innecesarios. Va a tardar en eliminar todo el whisky que lleva dentro.
– ¿Así lo crees?
– Por el modo en que su cuerpo está reaccionando, realmente la proporción de alcohol que tenía era muy elevada -Annie se encogió de hombros-. La policía va a tener un informe muy poco alentador. Pero, lo siento, yo no puedo hacer nada. Respecto al brazo, vamos a tener que esperar hasta mañana para poder operar. A menos que tú te atrevas a darle anestesia en esas condiciones.
– ¡Ni loco! -dijo Tom-. Estoy de acuerdo contigo.
– Cuando se recobre de la borrachera, Rod Manning se va a sentir realmente mal -dijo Annie con tristeza-. En cuanto estén los resultados del análisis de sangre, le van a retirar el carnet de conducir y estoy segura de que no se lo van a devolver tan fácilmente. Va a tener que ir a visitar a su mujer y a su hija en autobús durante bastante tiempo.
– Meses, si mi impresión no es errónea -dijo Tom. Miró a Annie y, después, miró a su propia hija-. ¡Pobre idiota! Bueno, la verdad es que no he venido aquí para hablar de trabajo. He venido para invitarte a un picnic.
– ¿Hoy?
– Hoy.
– Pero si estás de guardia todo el día -dijo Annie sin ninguna traza de emoción. Ya estaba tramando algo. Tom McIver nunca le pedía una cita, sólo favores.
– No es un picnic al otro lado de la montaña -le explicó Tom-. Sólo…
Ella lo miraba de reojo. Tom era siempre sospechoso de querer pedir algo.
– ¡Annie! No te estoy pidiendo que te vengas a África, ni que te acuestes conmigo. ¡Sólo es un picnic!
– ¿Pero por qué?
– ¿Tiene que haber alguna razón?
– Sí.
– Ya te lo he dicho… ¡Sí que eres desconfiada!
– Es la única protección que tengo contra ti -dijo Annie-. Pienso seguir siendo desconfiada. Ayer, me preparaste una suculenta comida y me pediste que hiciera de canguro. Hoy vuelves a querer enredarme con comida. ¿Qué quieres esta vez?
– Lo único que quiero es que no se desperdicie un estupendo banquete.
Annie respiró secretamente decepcionada.
– Ya entiendo. Resulta que Sarah no quiere ir.
– Bueno… algo así-Tom se encogió de hombros-. Annie, hay un lugar estupendo junto al río y está aquí al lado. Si llaman del hospital, puedo estar aquí en menos de tres minutos.
– Vaya, tu lugar preferido de seducción…
Tom frunció el ceño.
– ¿Por qué eres tan agresiva conmigo? Pareces una moralista.
– Tal vez lo soy.
– Podrás serlo cuando vas vestida como una ursulina, pero con el pelo así y esa escasez de ropa, no te sale bien. ¿Sabías que llevas los botones desabrochados hasta la cintura?
Ella bajó la vista corriendo.
– No, no tenía ni idea.
Annie se ruborizó y se tapó.
– Te recogeré en quince minutos -le dijo-. Ponte un bañador debajo de esa ropa monjil que sueles usar. Puede que nos bañemos.
– ¡No voy contigo!
– ¡Pero… -Tom sacó la carta que tenía en la manga-. ¡Si tengo una langosta entera!
Las langostas de la zona se exportaban a Japón, así que disfrutar de una en su lugar de origen resultaba excepcionalmente caro.
– ¡Estás loco! ¡El precio de una langosta es desorbitado!
– La encargué ayer -dijo Tom con tristeza-. Nunca le había propuesto a nadie el matrimonio. Así es que pensé que sería una buena idea… Si las cosas hubieran ido como había previsto.
– Eso quiere decir…
– Exacto.
– Así es que soy la sustituía de una prometida que no tienes…
– Una sustituía encantadora -Tom sonrió-. Por cierto, no me había dado cuenta de lo encantadora que eras hasta ahora. Me complace mucho ofrecerte la mitad de mi langosta. Además, hay champán, vol-au-vents con salmón, ensalada de aguacate y mousse de chocolate.