– Ese banquete no podía ser para una sola prometida, sino para un harem completo.
– Pero no queremos un harem, ¿verdad Hannah? Sólo queremos a Annie.
– Me queréis a mí porque no hay nadie más disponible.
– Eso era lo que pensábamos -dijo él, con esa sinceridad arrolladora que, aunque útil, era dolorosa-. Pero eso fue antes de que te viéramos con los botones desabrochados e intuyéramos lo que se esconde debajo. ¡Muy sugerente! No obstante, si lo prefieres, trataremos de olvidar esa visión celestial y nos limitaremos a comer como colegas. No olvides que se trata de una comida sencilla con langosta y champán. ¿Qué contestas?
Sabía exactamente lo que debía contestar. Es más, lo que debía hacer. Debía agarrar al doctor McIver, darle una patada en su delicioso trasero y mandarlo al diablo. Pero no lo hizo.
Annie levantó los ojos y vio aquella sonrisa encantadora que ocultaba pánico: el pánico a su nueva vida.
No pudo rehusar la oferta.
– De acuerdo. Seré la sustituía de tu prometida por un día. Eso quiere decir, que beberé champán, comeré langosta y disfrutaré de un delicioso baño bajo la intensa luz del sol, pero no voy atender a tus pacientes ni a cuidar de tu niña ni a sacar a pasear a tus perros. ¿Entendido?
– Bueno…
– ¿Entendido?
– Nunca antes había tenido una cita bajo unas condiciones tan rígidas -protestó Tom.
– Lo tomas o lo dejas. A la que te llevas es a Annie, desconfiada, cabezota y cansada de que la utilices. ¿Me quieres así o no?
Tom la observó con una extraña mirada en los ojos: estaba viendo a alguien que no había visto nunca antes. Era Annie Burrows sin todas sus armaduras.
– Creo que sí… y con mucho gusto -respondió él.
Capítulo 5
Tom había metido en el coche todo lo que había previsto para una maravillosa fiesta de compromiso.
Lo único que faltaba era el escenario romántico.
Además de la comida, estaba el canasto de Hannah, la maletita con su ropa de recambio, los pañales, otra maleta con la leche, el hornillo para calentar el biberón, etc, etc, etc… Eso, sin contar los dos enormes perros que ocupaban toda la parte de atrás.
– ¿Tienen que venir con nosotros? -preguntó Annie, que comenzaba a comprender el porqué del rotundo no de Sarah.
– Los he echado de mi dormitorio, pero no puedo echarlos de mi vida.
– Ya veo -los dos perros tenía la cabeza fuera de la ventana y las lenguas caían casi hasta el suelo-. ¿A Hannah le gustan los perros?
– ¿A quien podrían no gustarle mis perros? -dijo Tom-. ¡Son geniales!
– Ya…, bueno…
– ¿A ti no te gustan? -Tom parecía perplejo.
Annie se lo pensó durante unos segundos.
– Tengo que decir, que los he visto más inteligentes -admitió ella al fin-. Estos parecen, ¿como te diría? Es como si la luz estuviera encendida, pero no hubiese nadie en casa.
– ¡Calla! Te pueden oír. ¡Cómo se te ocurre decir algo semejante de mis chicos!
– Apuesto a que no están entrenados para hacer nada, aparte de aullarle a la luna.
– Bueno… Comen cuando yo se lo ordeno.
– ¡De eso no me cabe duda!
– Y saben cómo comportarse en la casa.
– Sí, los has educado perfectamente para que duerman en tu cama. A veces me preguntó cómo hacer para vivir en tu propia casa. ¡Lo ocupan todo! ¿Cómo es que no te compraste un par de chiguaguas.
– No los compré. Eran de uno de mis pacientes, un anciano que murió el año pasado. Hoof y Tiny eran suyos. Los iban a llevar a la perrera, entonces me miraron y…
Lo habían mirado y se había perdido.
Silencio.
¿Alguien conocía aquella faceta de Tom? Aquel era el Tom que Annie había visto desde la primera vez que lo conoció.
Para el resto del mundo, Tom McIver era un hombre duro, mujeriego y vividor. Sin embargo, era blando y sentimental como un bebé.
Entonces, ¿cómo iba a dar a su hija en adopción, cuando no había sido capaz de entregar a dos perros desconocidos?
A penas si hablaron durante el trayecto. Los perros no dejaban de ladrar.
En cuanto llegaron al río, los perros saltaron del coche y comenzaron a jugar como locos.
Tom desató a Hannah de la sillita que le habían prestado y la puso en el canasto, junto al río.
Después, sacó tantas cosas del maletero, que Anna tenía la sensación de que estaba viendo un prodigioso acto de magia.
– ¡Esto si que es un banquete para seducir a la más dura de las mujeres del mundo! -dijo Annie y se sentó sobre los cojines que Tom había puesto sobre la alfombra-. ¿Estás seguro de que quieres desperdiciar todo esto conmigo?
– No lo sé -Tom se inclinó para abrir el recipiente en el que estaba la langosta y lo dejó delante de Annie.
Tom estaba de pie junto a ella. Se alzaba majestuoso, con unos pantalones cortos que dejaban ver sus piernas musculosas, y una camiseta que se pegaba a sus hombros potentes.
– Pensé que era una buena idea. Ahora ya no estoy tan seguro.
Ella no lo escuchaba. Estaba demasiado encantada con la imagen de su cuerpo. Inmediatamente después, el aroma de la langosta captó su atención.
– Bueno, ya no puedes cambiar de opinión. Al menos, no hasta que me haya comido mi correspondiente ración de langosta.
– ¿Te gusta?
– Ofréceme una langosta y soy tuya para siempre -Annie se ruborizó. No quería haber dicho eso-. Pero puedes tomarte media.
La sonrisa de Tom se desvaneció.
– Annie, ¿por qué te vistes de ese modo?
– ¿Qué quieres decir?
– Esta mañana pensé que invitarte a un picnic era una idea sensata -Tom agitó la cabeza confuso-. Cuando entré en tu casa y te vi, con la camisa del pijama, el pelo suelto, consideré la idea como extraordinaria. Pero ahora, vuelvo a pensar que es solamente sensata. Con esos pantalones y esas camisas gigantescas da la sensación de que te estás escondiendo.
Annie se ruborizó. Tenía razón. Además, hacían una pareja espantosa. Tom era como el héroe de una novela romántica y Annie como la institutriz solterona de algún cuento terrorífico para niños.
Pero era un médico, no una amante. ¿Qué quería?
– Me gusta ir así.
– Pero tienes un pelo precioso y suelto está… -se acercó a tocarla, pero Annie retrocedió.
– Tom esta langosta está fabulosa. Cómete tu ración antes de que me olvide que tú también tienes ciertos derechos sobre ella.
Pero la atención de Tom no estaba centrada en la comida. Por primera vez en ocho meses estaba viendo a Annie como mujer.
– Los vaqueros y las camisetas gigantes son para niños, no para llevarlos en una cita. ¿Por qué no te pones vestidos, incluso vaqueros con camisetas de tu tamaño?
Annie mordió otro pedazo de langosta.
– Tú decides lo que te pones, deja que yo me ponga lo que quiera -dijo Annie realmente indignada.
– Pero…
Annie dejó caer la langosta. Después de tantos años debería de haber estado inmunizada contra los comentarios sobre su aspecto. Pero no era así.
Tom le agarró la mano.
– ¿Te he molestado? ¿Por qué?
– No, no me has molestado.
– Mentirosa…
– Tom… -Annie retiró la mano. Él no opuso resistencia, pero se arrodilló en le cojín que había junto a ella.
– Annie, no me había dado cuenta antes, pero… ¿Te ocurre algo? ¿Hay alguna razón por la que te pones esa ropa y te escondes tras la bata blanca y el estetoscopio. Hay algo que te hace sentir miedo.
– No -dijo Annie-. Me gustan los vaqueros y las camisetas, eso es todo. Respecto a lo de tener un problema, eres tú el que lo tiene, ¿recuerdas?
– Sí, pero mi pequeño problema está completamente dormido y recabando fuerzas para esta noche. Ahora, quiero concentrarme en ti.
– No sé por qué, de pronto, quieres hacer eso, cuando llevo ocho meses trabajando aquí, y jamás has mostrado el más mínimo interés.