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Tom frunció el ceño.

– Sí, pero tal vez he estado ciego.

– O tal vez quieres algo de mí ahora.

– Ya te lo he dicho, Annie. No quiero nada.

– Entonces, ¿por qué estoy aquí?

– En principio porque los pañales, en el fondo, me aterran.

La respuesta de Tom le arrancó a Annie una sonrisa que desembocó en una risa que compartieron.

Annie se relajó. Quién sabía, después de todo, tal podría ser divertido.

Tom le sirvió un poco de champán y ella lo miró críticamente cuando lo vio servirse una copa a sí mismo.

– ¡De acuerdo, de acuerdo! Sé que estoy de guardia. Pero no pienso tomar más que una. El champán me hace sentirme inteligente.

– ¡Más que de costumbre! ¡Cielos, estamos perdidos! -dijo Annie y volvieron a reírse.

Se sentía cómoda ahora que el trato volvía a ser el de siempre. Eran dos colegas, casi como dos hermanos…

Sólo que lo que sentía Annie por Tom no era precisamente fraternal.

Tom comenzó a hablar de Robert Whyke, de su espalda y de los problemas que estaba teniendo. Eso la tranquilizó. Cuando se trataba de hablar de medicina, se sentía como pez en el agua.

De vez en cuando daba alguna que otra opinión, pero, sobre todo, se dedicaba a escuchar.

Se recostó sobre los cojines y continuó bebiendo. En aquellas circunstancias, cada vez era más difícil sentirse como la hermana de Tom.

El champán ya había empezado a hacer su efecto mágico y Annie se sentía rara. Muy bien, pero rara.

El lugar era idílico. Estaban reposando bajo un montón de árboles, mientras el río pasaba al lado, con su sonido relajante. La luz del sol se filtraba entre las hojas de los árboles.

Annie se relajó por completo y dejó que la paz del momento la envolviera. Miró a Tom.

– Deberías dormir -le dijo-. Te despertaré si llaman del hospital. Considerando lo tranquilos que están tanto Hannah como los perros, me presto a quedarme con ellos hasta que tú vuelvas… Siempre y cuando me dejes el resto de la langosta.

– ¡Qué generosa eres! -Tom sonrió. Pero su sonrisa era diferente a la de otras veces. Parecía confuso, como si, de pronto, no supiera quién era-. Annie…

– ¿Sí? -Annie estaba tumbada. Se había bebido ya dos copas de champán y sentía cómo los dedos se le empezaban a dormir.

Se sentía feliz, estúpidamente feliz.

– Cuéntame algo sobre ti -Tom sacó un termo y sirvió dos tazas de café.

– ¿Sobre mí? Ya lo sabes todo. Leíste mi informe cuando solicité el trabajo.

– Sé todo sobre tu vida académica -el dijo él-. Que, por cierto, es impresionante. Eres una de las personas que antes se ha graduado en la historia de la universidad. Estuviste un año como residente y luego un año de anestesista y otro de pediatra. Tus informes, impecables. Pero desde que llegaste, no has mostrado el más mínimo interés por nada más allá del trabajo.

– Es que la medicina es lo que más me importa.

– Pero, Annie, hay otras cosas. Yo hago otras cosas. ¿Estás diciendo que porque no me dedico única y exclusivamente a mi vida profesional, no soy un buen médico?

– ¡Jamás se me ocurriría decir eso -dijo ella sin mirarle a los ojos-. Yo hablaba de mí. Me gusta lo que hago y me gusta dedicar todo mi tiempo a ello. Pensé que eso era lo que tú querías.

– Pero también tienes tiempo para otras cosas… Sólo que tú no pareces tener ningún interés.

– No lo tengo -Annie se encogió de hombros y trató apartar de su memoria el recuerdo de aquellas palabras: ella sería una trabajadora dura y, con un poco de suerte, una solterona dedicada en cuerpo y alma a todo aquello-. No hace mucho que empecé a ejercer la medicina, ¡y me queda tanto por aprender!

– En medicina siempre quedan demasiadas cosas por aprender. Lo importante es encontrar el equilibrio.

– El que tú has encontrado.

– De algún modo -miró a la pequeña, que dormía plácidamente en su capazo-. Aunque ahora ese equilibrio tendrá que cambiar.

Annie asintió y dejó la taza vacía en la cesta de picnic.

El champán se había diluido un poco con el café y empezaba a sentir la necesidad de cambiar de tema.

– Tom, ¿de verdad que estás pensando en quedarte con Hannah?

– Quizás -Tom miró a lo lejos. En el claro los perros habían empezado a describir círculos como endemoniados.

– ¿Eso quiere decir sí!

Tom asintió.

– Eso creo -se puso serio-. Ha sido un verdadero shock para mí. Pero estuve hablando por teléfono con la madre de Melissa esta mañana. Al parecer, Melissa llegó de Israel embarazada de ocho meses, con la idea de dar al bebé en adopción. Pero el hombre del que se ha enamorado está escalando una montaña en Nepal. Allí era donde quería ir ella también. Le importa un rábano el bebé. Nuestro bebé. Así es que sólo quedo yo. Me resulta muy difícil ver claramente lo que estaría bien y lo que estaría mal. Quizás para Hannah lo mejor sería que la adoptaran. Pero me pesaría tanto que así fuera… Quiero que se quede conmigo. Lo que no sé es cómo hacerlo. El problema es que no sé nada sobre niños y, la verdad, no había pensado que tendría que saber nada en tan breve período de tiempo.

Se quedó en silencio unos segundos.

– Sé lo que significa no ser querido. Mis padres nunca me quisieron. Mi padre trató de convencer a mi madre para que abortara. Pero mi madre no lo hizo porque temía los procedimientos médicos.

Se pasó una mano por el pelo y continuó.

– Nunca les importó decírmelo claramente. Les había estropeado la vida. Tuve niñeras adolescentes hasta los cinco años. A partir de ahí, fue mi abuela la que se ocupó de mí, hasta que me mandaron a un internado. Aparte de mi abuela, no tenía a nadie. La idea de que a mi hija le pueda suceder lo mismo, de que se sienta sola y abandonada, me resulta demasiado dolorosa. La idea de que no te quieran…

Cerró los ojos y, cuando los abrió de nuevo, sólo había dolor, mucho dolor.

– He estado pensando y no creo que pueda separarme de ella. Lo que dijo Helen anoche fue muy duro, pero fue real. Una vez que la dé, no sabré dónde está, ni tendré ningún control sobre ella.

Sus palabras estaban cargadas de un montón de sentimientos contradictorios, pero predominaba el dolor. Annie se conmovió.

– Bueno, creo que ya he hablado bastante de mí. ¿Y tú, Annie? ¿Tu familia te quiso mucho?

– ¿A mí?

– ¿A quién si no?

Annie se ruborizó. La pregunta había sido ciertamente estúpida. No había nadie más que pudiera contestar.

Annie no estaba acostumbrada a contar nada de su vida privada.

Pero Tom le había abierto su corazón. Ella tenía que dejarle entrar en el suyo.

Quizás no era tan mala idea. Tal vez, así dejaría de dolerle de aquel modo.

– Mi padre nos abandonó cuando yo era muy pequeña -admitió Annie-. Mi madre tampoco me quería. Tengo una hermana mayor que es muy guapa. Mi madre no sabía qué hacer conmigo.

– Pero tú eres preciosa.

Era una afirmación innecesaria, además de falsa para Annie.

– Tom, no…

– ¿Te pasaste toda tu infancia escuchando que eras fea? -preguntó Tom incrédulo.

Annie se desconcertó.

Podía sonar estúpido que le hubiera dolido tanto. Pero la madre de Annie era una ex-modelo que valoraba a la gente sólo por su físico. Según su punto de vista, Annie no cubría los estándares mínimos a los que una hija suya debía llegar.

Especialmente, en comparación con su hermana: piernas infinitas que llegaban hasta el cielo. El tipo de Tom, en definitiva.

A los quince años, un chico del instituto le pidió que fuera con él a una fiesta. Annie no se lo creía. No podía creerse que aquel chico le pidiera a ella salir. Se había pasado dos meses ahorrando de su paga para comprarse un vestido que a ella le parecía fabuloso.

Cuando bajaba por la escalera, ansiosa de que su madre la viera, tanto ella como su hermano se habían burlado de su atrevimiento.