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Para colmo de males, cuando su acompañante llegó a la casa y conoció a su hermana… fin de la historia. Annie regaló el vestido a una asociación caritativa y, a partir de aquel momento, se limitó a los vaqueros y las camisetas gigantes.

Los chicos con los que saliera serían personas con los mismos intereses que los suyos, que les gustara, sobre todo, el estudio y el trabajo.

Hasta que conoció a Tom. Desde aquel momento había tenido serios problemas en salir con nadie. ¡Era estúpido! Pero irremediable.

– Así es que decidiste esconderte para siempre -afirmó Tom. Y, por su tono de voz, estaba claro que Annie rebosaba infelicidad-. Annie…

– Tom, no…

Annie alzó la mano, pero él fue más rápido. Ya le había quitado las gafas. Y, antes de que ella pudiera ni imaginárselo, ya le había soltado el pelo.

Entonces, se sentó y la observó.

– No permitas jamás, a nadie, que te diga que no eres hermosa, Annie Burrows -dijo Tom-. Te estarán mintiendo por algún motivo.

¡Eso ya era demasiado!

– Tom McIver, ¿cómo te atreves a decirme eso? -dijo ella-. Si llevo ocho meses trabajando contigo y ni te habías dado cuenta de que era una mujer.

– Eso era por la coraza que llevabas encima. Y, desde luego, he sido un estúpido -le apartó un rizo de los ojos. Ella se retiró como si su mano quemara.

– ¿Qué te pasa? ¿No te gusta que te toque?

¡Cielo santo! ¿Que si no le gustaba que la tocara? El problema era, precisamente, que estaba deseando lo que la tocara. Pero no confiaba en él. Había ido a aquel picnic como la sustituía de Sarah.

– Tom, es hora de irnos.

– No, no es hora de irnos -dijo Tom con firmeza-. Rob nos llamará si nos necesita. Está todo controlado y, a menos que entre una urgencia, no nos necesita nadie. Es domingo por la tarde y todo Bannockburn está dormido.

– Entonces, nosotros deberíamos hacer lo mismo. ¿Y si nos toca estar despiertos esta noche?

– Nos preocuparemos de eso cuando llegue. Annie, ¿de qué tienes miedo?

– Yo no tengo miedo.

– Quieres decir que, si te beso, no huirás de mí.

– Tú no quieres besarme…

– Sí, sí que quiero…

– Tom…

Pero Tom ya no estaba escuchando. Lentamente, se aproximó a ella y la besó. Y fue el beso con el que Annie había soñado toda su vida.

¿Y para él? Por primera vez, Tom descubrió que Annie era en todo una mujer, una verdadera y ardiente mujer, hecha para él.

Porque, cuando sus labios se unieron, fue como si se derritieran dos piezas que encajaban perfectamente, que habían estado esperando toda la vida a ser unidas por efecto del azar o del champán.

Tom se tensó al sentir aquello. Nunca antes había vivido nada igual.

Al principio, Annie se había quedado inmóvil. Pero, poco a poco, el fuego la había ido poseyendo, hasta desencadenar un torbellino.

¿Y Tom? La agarró con fuerza y atrajo su cuerpo contra el suyo, hasta que se unieron. Y sintió contra su torso, los pechos turgentes y las curvas bien dibujadas de aquel cuerpo que se escondía tras la muralla.

Y aquella mujer que tenía en sus brazos no era como las otras, ni como él pensaba que quería a una mujer.

Pero resultó ser mucho mejor.

Tom fue el que se apartó, sobresaltado por el repentino chorro de sensaciones desconcertantes.

– Annie…

– ¡No!

Durante un largo rato, se miraron. Estaban perdidos, ambos. Annie se apartó. Se las arregló para levantarse.

– ¿Qué… qué demonios te crees que estás haciendo? -estaba completamente pálida-. ¿Cómo te atreves…? -Annie -Tom hizo un amago de levantarse y acercarse hacia ella. -No.

– Annie, no ha sido más que un beso.

– Lo sé -estaba temblando como un pajarito-. Eso es todo, un beso.

¡No significaba nada! Por eso dolía tanto. -Tú querías que te besara, tanto como yo quería besarte. ¡No es un crimen!

– Lo es.

– ¡No me estarás diciendo que has llegado a los veinticinco sin haber besado a nadie!

– No, pero significa más para mí que…

Annie estaba llorando. ¿Cómo podía explicarle a ese hombre que aquel beso transformaría su vida?

Amar a Tom McIver y no recibir nada a cambio era llevadero. Pero aquello, no lo era. Tendría que marcharse.

– Annie, lo siento. De verdad que ha sido un impulso irrefrenable.

– Eso es porque soy mujer.

– ¿Quiere decir eso que me voy detrás de cualquier cosa que tenga faldas?

– ¡Si! -Ya…

– Es verdad, ¿no? -preguntó ella furiosa-. ¿Con cuantas mujeres has salido desde que yo estoy aquí? Debo de ser la única que no ha estado en tu cama, Tom McIver. Creo que ese es el motivo. No puedes permitirte que te quede una sin tocar.

– Eso no es verdad -Tom estaba casi tan desquiciado como Annie.

– Lo siento, yo no voy a ser un trofeo más en tu colección.

Tom la miró a los ojos.

– Annie, jamás haría eso. Tú eres especial…

– Pero…

– Pero tienes miedo.

– No, no tengo miedo. ¿Por qué habría de tenerlo?

– Yo no voy a hacerte daño.

– ¡Claro que no me vas a hacer daño! ¡No voy a permitírtelo! Anoche besabas a Sarah. Como hoy no la tienes, me besas a mí.

– Tú eres muy diferente a ella.

– Soy diferente a todas ellas. Y por eso tú no me deseas, Tom McIver. Sólo estás haciendo tiempo, hasta que otra Melissa u otra Sarah entren en tu vida.

En ese momento, la pequeña Hannah se despertó. Annie suspiró aliviada. Se acercó al canasto de la pequeña y la agarró en brazos.

– Tom, deja de jugar con las cosas -dijo ella en un tono de súplica-. Tienes que poner tu vida en orden, dejar de saltar de mujer en mujer, si realmente dices en serio que quieres darle un hogar a esta pequeña.

Tom se puso serio.

– No estoy jugando. Por primera vez en mucho tiempo estoy hablando y actuando seriamente.

– ¿De verdad? -dijo ella con sorna.

– De verdad -respondió él con franqueza.

Silencio.

Tom se quedó inmóvil, mirando a la mujer que tenía delante.

Annie estaba confusa, descalza, con el cabello suelto cayendo como una hermosa cascada de rizos sobre su rostro, y su hija en brazos. Y Tom se quedó encandilado con la escena, absorto como alguien que hubiera tenido una visión.

– Tom, ¿qué ocurre? -preguntó ella alarmada.

– Annie… acabo de darme cuenta de algo…

– ¿De qué? -preguntó ella furiosa.

– Algo que Helen dijo antes y que no comprendí. Pensé que, sencillamente estaba diciendo una estupidez, pero ahora… Annie, tenía razón.

– Qué…

– Annie, ¿te quieres casar conmigo?

Capítulo 6

Annie se quedó boquiabierta. Tom, que había logrado recobrar el equilibrio, sonrió. Al fin y al cabo había tenido dos minutos más para adaptarse a la idea.

– Cierra la boca, Annie. Te van a entrar moscas.

– ¡Estúpido!

Una vez más, él sonrió. ¡Cómo no! Siempre trataba la vida como si fuera una broma. Pero aquella broma no tenía ninguna gracia.

– Te estoy pidiendo que te cases conmigo -insistió-. No es algo tan fuera de este mundo.

Annie se recompuso como pudo.

– ¡Por supuesto! Es lo más normal del mundo. ¿Cómo se me ocurre estar sorprendida? El viernes Melissa deja en tu puerta un bebé, el sábado le pides a Sarah que se case contigo y ahora… Ahora me besas y me pides que sea yo la que se case contigo. ¡Es completamente lógico! Me pregunto cómo no se me ha ocurrido ir esta mañana a primera hora a comprarme un vestido de novia en previsión de lo que iba a ocurrir -sus ojos estaban llenos de furia-. ¿Tienes un anillo de compromiso para mí, Tom? ¿Es de mi talla? ¿O es de la talla de Sarah o de Melissa? ¿O es para alguien que aparecerá mañana?