– Annie…
– Deja de enredar las cosas, Tom -protestó-. Ya está bien de bromas de mal gusto, Tom. Utilizas a las mujeres y yo no voy a permitir que hagas lo mismo conmigo.
– Yo no…
Pero Annie ya no lo escuchaba.
– Me voy andando a casa -le dijo-. Te puedes quedar aquí y tratar de pensar en alguna otra mujer a la que convencer de que haga lo que tú quieres.
Antes de que Tom pudiera decir nada, Annie ya estaba de camino. Se había puesto en marcha a una velocidad prodigiosa.
Sólo que se olvidó de algo.
Llevaba a la pequeña Hannah en brazos. Para cuando se dio cuenta, ya era muy tarde.
Tom la siguió.
Desde luego, correr llevando a la pequeña en brazos era harto imposible. Además, las piernas de Tom debían de ser casi un metro más largas que las de Annie.
Muy pronto lo tuvo a su lado.
Tom posó su mano suavemente sobre el hombro de Annie y ésta se detuvo.
– ¿Me podrías devolver a mi hija?
– No te la mereces, devorador de mujeres.
– ¡No soy un devorador de mujeres! No me acuesto con todas las mujeres que salgo.
– ¡Qué selectivo!
Hannah parecía realmente divertida por la acción de la escena que estaba teniendo lugar.
Tom le dio a su hija una ligera sonrisa y volvió a centrar su atención en Annie.
– Annie, puede que te sorprenda, pero eres a la primera mujer que le propongo matrimonio.
– ¿De verdad? ¡Qué amable eres! ¿Y se supone que debo arrodillarme ante ti en agradecimiento?
– Bueno, un poco de cortesía no estaría mal -dijo Tom-. La verdad es que no entiendo qué es lo que he hecho para que te pongas así conmigo. De verdad, Annie, en lo que dijo Helen se deducía que se estaba refiriendo a ti. Yo pensé que era una locura en ese momento. Pero después de besarte me he dado cuenta de que era realmente sensato.
– ¡Sensato! ¿Y qué tendría de sensato para mí casarme contigo?
Tom sonrió a su hija y, después, sonrió a Annie.
– Podríamos ser una familia, los tres.
– ¡No, perdona, no seríamos tres, sino un batallón! No sólo tú, la niña y yo, sino los perros y todas las mujeres solteras de la zona.
Tom suspiró.
– Annie, yo no soy un mujeriego.
– ¡Vaya, sigues insistiendo! Lo siento pero esa no me la trago.
– Annie…
– Me voy a casa.
– Te importaría devolverme a mi hija primero -preguntó Tom-. Si se acostumbra a ti, será difícil que quiera dejarte marchar.
– Eso es exactamente lo que a ti te gustaría: una madre adecuada, que cubriera tus necesidades. Podemos hacer un agujero en el tabique que separa nuestros apartamentos, para que me puedas pasar la cuna siempre que tengas a una de tus amiguitas en casa.
– Annie, mi oferta de matrimonio es seria -la sonrisa de Tom se desvaneció. Agarró a su hija y miró a Annie-. Cuando digo que podríamos ser una familia, me refiero a una familia de verdad. Eso significa respeto y fidelidad.
– Sí, claro. Fidelidad como pago a una niñera adecuada -se detuvo ensordecida por los ladridos de los perros-. Y si no haces callar a esos malditos perros me voy a volver loca. ¡Se van a comer a los pobres pájaros!
– Es un buen ejercicio para ambos. ¡Tiny, Hoof!
Pero Annie ya no prestaba atención a Tom. Estaba mirando a lo lejos, a la desembocadura del río.
– Tom, no están ladrando a los pájaros -dijo Annie con urgencia-. Ladran a ese bote. ¡Tiene problemas!
– ¡Un barco! No veo nada.
– Las olas lo cubren. ¡Tom, me ha parecido ver a alguien que caía al agua!
Pero Tom ya no estaba a su lado. Le había dado a la niña y corría hacia la orilla.
¿Qué puede hacerse en una emergencia con un bebé en los brazos?
Olvidándose de la dificultad que tenían encima, corrió hacia el coche y agarró el móvil.
– Dave, hay un barco en la ría que está teniendo serios problemas.
– Llamaré a la patrulla marina. Estaré allí en cinco minutos.
Hecho. Paso siguiente… ¡Tom! No podía ir solo él a rescatar el barco. Tenía que hacer algo. Buscó cuerda, el botiquín de emergencia… Hannah. La dejó en su cuco, se puso la cuerda al cuello y al otro lado el botiquín y se dirigió hacia la orilla.
Hannah debía estar preguntándose qué tipo de vida desquiciada le había tocado, pues no hacía más que cambiar de brazos y de ritmo. Pero más bien parecía divertida por todo lo que estaba sucediendo. Era hija de Tom en todos los sentidos y se parecía en todo a él.
Había una pequeña cueva justo en el punto en que el río y el mar confluían. Hacía de refugio. Dejó a la niña ahí.
– Ahora vengo, pequeña. No puedo dejar a Tom solo.
Los perros habían dejado de ladrar y miraban tan preocupados como lo estaba Annie.
Ella se detuvo. No, no podía pasar. Tom estaba ya demasiado lejos como para poder utilizar ninguna de las cosas que ella llevaba en el botiquín.
El barco estaba ya medio hundido.
A su llegada a la pequeña ciudad, le habían advertido del peligro que encerraba aquella pequeña ría. Aparentemente tranquila, era un lugar endemoniado en que las rocas y las corrientes podían jugar muy malas pasadas tanto a navegantes como a bañistas.
Miró a lo lejos. No veía al hombre que había caído del barco. Sólo estaba Tom.
Y, aunque era un buen nadador, el tamaño y la fuerza de las olas era suficiente para arrastrar a cualquiera.
El navegante había sido un verdadero estúpido. Y, por su necedad, ahora Tom corría peligro.
Las olas eran cada vez más grandes y, de repente, ya no vio tampoco a Tom. Con el corazón en un puño, Annie no dejaba de buscar inquieta algún rastro de Tom. Nada.
Hasta que, de pronto, le vio. Volvía hacia la costa arrastrando a un hombre.
Entonces Annie, bajó y se metió entre las rocas. Extendió la cuerda y ató un extremo a una de las piedras.
Tom seguía nadando hacia ella.
En cuanto estuvieron a una distancia razonable, ella lanzó el extremo de la cuerda. ¡Pero no llegó!
Tom la miró con desesperación. ¡Estaba agotado, no iba a poder llegar!
A toda prisa, recogió de nuevo la cuerda y la lanzó con todas sus fuerzas.
Por fin, Tom pudo agarrar el extremo y ella tiró hasta ponerlos a salvo.
Sin aliento, Tom gritó como pudo.
– ¡Máscara!
Annie se quedó confusa un instante.
– ¡Por Dios, la máscara de oxígeno!
Por fin reaccionó. Corrió a por el botiquín de primeros auxilios.
¿Cómo iban a lograr resucitar a aquel hombre en aquel lugar?
Pero no tenían tiempo de llevarlo a la arena.
Tom y Annie utilizaron sus cuerpos para proteger al ahogado de los golpes de las olas.
– Respira, maldito, seas. ¡Respira! -le gritaba Tom, mientras le daba un masaje cardíaco.
Annie le ponía oxígeno.
¡Tenía que respirar! Si Annie lo había visto caer, eso significaba que no podía llevar más de cinco minutos en el agua.
– ¡Respira, respira!
Y, finalmente, lo hizo.
El hombre sufrió una convulsión y expulsó todo el líquido que tenía en los pulmones.
Luego abrió los ojos y trató de balbucear algo. No podía hablar. El intento de palabras se fundió con la tos.
– Está a salvo. Tranquilícese -Tom le agarró la cabeza y lo levantó ligeramente. Todavía había urgencia en su voz-. ¿Había alguien más en el bote?
Silencio.
La tensión era cada vez mayor.
Por fin, el hombre negó con la cabeza.
Respiraron.
De pronto, parecía haber gente por todas partes. Dave y su compañero venían corriendo por la arena con una botella de oxígeno. Por el mar se acercaba una lancha, cuyo capitán gritaba con el megáfono.
Annie retrocedió. Estaba a punto de llorar.
– No lo haga, doctora. Eso arruinaría su fama como médico -estiró la mano y le acarició suavemente la cara-. Todavía tienes el pelo suelto y no llevas las gafas… estás preciosa y me has salvado la vida…