No se merecía aquel cumplido.
– Yo no he hecho nada.
– Lo has hecho todo. Quizás no eras consciente del peligro que corrías porque sólo pensabas en nosotros. Pero sin ti, no habría podido sacarlo. Las olas rompían con tanta fuerza que era increíble verla, doctora Burrows, firme como la más firme de las rocas, atando la cuerda y lanzándola con fiereza -se dirigió entonces hacia el hombre que yacía en el suelo-. Tranquilícese amigo y tómese su tiempo. Gracias a esta mujer está usted vivo.
– Gracias a los dos…
Enseguida, el equipo de salvamento se ocupó del hombre.
La ambulancia lo trasladó rápidamente al hospital, mientras Tom le aplicaba oxígeno.
El barco ya había desaparecido por completo.
– Me iré en la ambulancia. Todavía no puede respirar bien y no estoy seguro de que sea simplemente por el shock emocional. Quiero comprobar sus pulmones -dudó unos segundos-. ¿Puedes llevarte el coche con todas mis pertenencias?
Annie consiguió sonreír.
– Supongo que sí, si no te importa que ponga mi húmedo trasero en el asiento de tu coche.
– Puedes poner tu trasero donde quieras -Tom sonrió-. Gracias Annie. Siento que tengas que acabar llevándote a mi hija y a mis perros.
– No me importa. Pero no te acostumbres.
– Bueno, vámonos. Ponte algo seco. Continuaremos con nuestro picnic en otro momento.
– Tom…
– No creas que se me ha olvidado la propuesta que te hice. Es mucho más sensata de lo que tú piensas.
– Por favor. No empieces otra vez. Es tan sensata como tus perros.
– Pues gracias a mis perros nos dimos cuenta de que había un hombre ahogándose y gracias a mis perros está vivo. Tal vez son mucho más sensatos de lo que parece a primera vista. Y, por cierto, continúan siendo sensatos.
Señaló hacia donde estaba el cesto de Hannah. Los dos canes se habían colocado a su lado, vigilantes. Nadie podría atreverse a hacer daño a la pequeña.
– ¿Sensatos?
En cuanto llegaron al hospital, la señora Farley se ocupó temporalmente de Hannah.
– Ve y cámbiate de ropa -le dijo a Annie-. Debes de estar agotada. El doctor ya nos ha contado lo sucedido. Yo me encargaré de la pequeña. Y sé de alguien a quien le encantaría cuidar de ella también.
Annie se duchó y se cambió de ropa. Luego trató de hacerse un plan para la tarde.
Tom no la necesitaba.
Albert Hopper, el hombre del barco, ya estaba en vías de recuperación. Sus pulmones estaban mejor de lo que Tom había esperado.
Así es que podría, si quería, evitar a Tom sin ningún problema.
No era fácil. El hospital era pequeño.
Trató de trabajar, pero nadie la necesitaba. El único paciente que no dormía era Rod Manning, quien continuamente la insultaba y la amenazaba.
– Así es que su ética la obliga hacer algo tan poco ético como arruinar mi vida. ¡No tenía ningún derecho a darle esos análisis a la policía! Cuando salga de aquí se va a enterar. Mis abogados van a hacer que lo pase muy mal. Además, no me quiere dar un analgésico suficientemente fuerte.
Annie no podía defenderse en aquellas circunstancias. Le dio la mayor cantidad de analgésicos que podía y decidió aplazar el problema para cuando tuviera que enfrentarse de verdad a él.
Trató de centrarse en el trabajo burocrático que quedaba por hacer en la oficina. Pero no dejaba de oír a Ton, moviéndose de arriba a abajo y dando órdenes aquí y allá.
En definitiva, que no se podía concentrar.
Decidió irse a dar un paseo y volvió cuando ya había anochecido.
Y volvió a escuchar a Tom al otro lado del finísimo tabique que los separaba. Le daba el último biberón a Hannah antes de meterla en la cama.
De pronto, llamaron a la puerta. No, no y no. No estaba dispuesta a soportarlo más.
– ¡Vete, Tom! Es muy tarde y no quiero verte.
– ¿Por qué no? -la voz de Tom sonaba suave como la seda.
– Porque no.
– Annie déjame entrar.
– Estoy cansada.
– Y yo también lo estoy de hablar a través de una puerta cerrada. Si grito más, voy a despertar todos los pacientes. Vamos, Annie, tenemos que hablar.
– ¿Acerca de qué?
– Medicina -la voz de Tom sonó repentinamente seria y responsable-. Annie, tu ética profesional te obliga a abrir la puerta.
– ¡Muy sutil! -Annie miró la puerta cerrada-. Supongo que el lobo malo nunca probó ese argumento con los cerditos. ¿Por qué no soplas y soplas a ver si consigues abrir la puerta?
– Annie, esto es completamente estúpido. Necesitamos hablar -Tom suspiró-. ¿No crees que estas un poco paranoica?
Annie miró una vez más a la puerta.
Sí, estaba siendo tremendamente paranoica… y aterrorizada.
Se levantó y, finalmente, abrió la puerta.
El lobo sonrió complacido y triunfante. Se puso en marcha, directamente hacia la cocina.
– ¿Dónde demonios crees que vas?
– Voy a hacer café.
– ¿Y por qué no haces café en tu casa?
– Porque tengo la pila llena de cacharros y biberones por esterilizar. Necesito una asistenta.
– Sí, eso parece -Annie lo veía moverse de un lado a otro-. Y supongo que yo soy la mejor candidata que tienes.
Tom la miró.
– Annie, yo no te he pedido que seas mi asistenta, te he pedido que seas mi mujer.
– ¿Y cuál es la diferencia en este caso? -la voz de Annie sonó amarga.
Para él era muy fácil pedirle el matrimonio. Estaba dispuesta a casarse con cualquiera que hiciera la función que él necesitaba. Pero, ¿y para ella?
– Annie… -Tom atravesó la habitación y se dirigió hacia Annie, que todavía estaba sujetando la puerta-. Esa es una pregunta absurda.
Él le puso las manos sobre los hombros y Annie sintió que le corazón le latía con fuerza.
– ¿Qué quieres decir, que me quieres para cubrir tus necesidades sexuales tanto como las domésticas?
Silencio.
Lentamente, retiró las manos de ella. Se quedó durante un largo rato frente a ella, observando su gesto compungido. Finalmente, se volvió hacia la cocina.
– Vamos a empezar de nuevo -dijo él-. ¿Te preparo algo de beber?
– No quiero nada. Lo que quiero es irme a la cama y descansar -Annie estaba siendo todo lo antipática que podía ser. Pero no tenía otra elección.
Tom le estaba ofreciendo algo absurdo e imposible, a pesar de ser el sueño de su vida.
Pero la realidad era que no servía de nada que le ofreciera un matrimonio sin amor.
Así que decidió meterse en la trinchera del trabajo.
– ¿Cómo está Albert? -preguntó ella y atravesó la sala hasta llegar a la cocina. Allí se sentó en una silla. Las rodillas le temblaban. -No está bien -dijo Tom. -Pero tiene los pulmones bien y se recuperará del shock.
– Sí, pero su ego está maltrecho. Ha pescado allí cientos de veces y conocía la zona perfectamente. Continuamente, le decía a los jóvenes que tuvieran cuidado, que no tomaran riesgos innecesarios. Y eso es, precisamente, lo que él tan estúpidamente ha hecho. Cuando vino su mujer a verlo, no dejaba que lo mirara a la cara.
– ¡Pobre hombre!
Tom se encogió de hombros.
– A veces, cuando nos hemos familiarizado demasiado con algo, dejamos de ver cosas importantes. Eso es lo que nos ha pasado a nosotros, Annie. Estaba tan acostumbrado a verte, que no me daba cuenta de a quien tenía delante.
– Tom, por favor, ya está bien -dijo Annie, mientras lo veía tomarse el café-. ¿No deberías volver con Hannah?
– La oigo perfectamente desde aquí. La verdad es que si abriéramos una puerta aquí…
– ¡No pienso abrir ninguna puerta entre tú y yo! ¡No pienso casarme contigo sólo porque necesitas una niñera! Además…
– ¿Además?
– Además no sé si te has dado cuenta de que casarte conmigo no resolvería el problema. En caso de emergencia, nos necesitan a los dos. Un matrimonio con Sarah sería mucho más conveniente.