– Yo no me quiero casar con Sarah.
– Bueno, pues sigue buscando.
– No quiero buscar a nadie más -dijo Tom-. Sólo quiero que seas tú. He decidido que tienes la nariz más encantadora del valle.
– ¿No estarás diciéndome que te has enamorado de mí en una tarde?
– Bueno, no…
– Entonces, no hay nada que hacer -Annie se levantó como un torbellino-. Fin de la historia.
– ¿Significa eso que sólo te casarás por amor? -preguntó Tom de algún modo sorprendido.
– Tom, dudo que jamás me vaya a casar -todavía recordaba las palabras de Tom aquella primera semana de estancia en Bannockburn-. Pensé… Pensé que lo que querías era una doctora solterona.
– ¿Qué te hace pensar semejante cosa?
– Te oí decir exactamente eso. Se lo decías a alguien a la semana de tenerme aquí. Eso era lo que tú querías. Ahora me consideras más útil ejerciendo de niñera.
– ¡Annie, ya está bien! -Tom se tropezó con la silla. Por fin la apartó y se acercó a Annie. Estaba lívida.
– ¡Annie, lo siento si alguna vez dije semejante tontería! Pero, te aseguro, que no quería hacerte daño.
– Pues me lo hiciste.
– De acuerdo, lo siento, lo siento. Pero eso es pasado perfecto y no tiene nada que ver con lo que pueda pensar de la persona que tengo delante. Por favor, tranquilízate -le agarró la barbilla-. No te estoy pidiendo que te cases conmigo mañana. Con que sea el sábado me conformo.
– Tom…
– Lo sé, lo sé -su sonrisa era insufrible-. Sólo hablaba en broma. La realidad es que se tarda un mes antes de poder casarse legalmente. Si lo piensas bien, te darás cuenta de que es una gran idea.
– ¿Una gran idea para quién? -Annie hizo esfuerzos sobrehumanos para lograr que su voz sonara impasible-. ¿Qué gano yo? Tú tendrías una niñera y una cuidadora de perros, eso sin contar mi colaboración en los quehaceres domésticos. ¿Y yo?
– Bueno, tendrías una bolsa de agua caliente.
A pesar de la tensión, Annie no lo pudo evitar. Soltó una sonora carcajada.
– ¡Eso está mejor! -dijo Tom.
– Pero, a pesar de todo, creo que prefiero una bolsa de agua caliente que no ocupe la mitad de la cama -Annie negó con la cabeza-. Es una idea descabellada.
– Si lo piensas te darás cuenta de que no lo es. Los dos procedemos de familias que se supondrían basadas en el amor y fueron sendos desastres. Sin embargo, tú y yo hacemos un buen equipo. Y, por el efecto que nos ha provocado a los dos un beso, creo que funcionaríamos muy bien. Sería un matrimonio basado en la amistad y, seguramente, mucho más duradero que cualquier otro.
Así que el amor romántico quedaba para las novelas.
Tom la tenía sujeta, firmemente sujeta y Annie no podía evitar sentir lo que no quería sentir.
¿Qué ocurriría el día en que Tom McIver descubriera que su esposa estaba locamente enamorada de él? No, no podía imaginarse a sí misma junto al hombre que amaba y recibiendo a cambio sólo su amistad.
¿Por qué era tan duro?
¿Por qué, simplemente, no decía «sí quiero»?
Porque no le servía con un matrimonio de conveniencia. Tal vez, seguía siendo emocionalmente una adolescente, pero creía en el amor.
Si decía que sí en aquel instante, Tom le daría un beso de buenas noches en la mejilla y se iría a dormir… a su cama, con su bebé y sus perros.
¡No!
– No voy a casarme contigo, Tom -le dijo en un tono resuelto y final-. Y es más: después de lo sucedido, ni siquiera me puedo quedar aquí. Así que considera esto como un aviso de dimisión. Me marcho. Empieza a buscar otro médico. Te deseo toda la suerte del mundo con tu hija y con tu vida… Yo no tengo ningún lugar en ella.
Capítulo 7
Annie consiguió conciliar el sueño aquella noche, pero sólo durante unas pocas horas. Se despertó con la sensación de que un tren la había atropellado en algún momento de la noche. Luego se despertó con suficiente coraje como para mirarse al espejo y encontrar una más que espantosa imagen. Sus ojos parecían dos huevos duros.
Se duchó y se vistió y se echó unas gotas relajantes en los ojos.
– Así es que hoy me toca ponerme gafas oscuras.
Así lo hizo y se dirigió al hospital.
La primera en hacer la esperada pregunta fue una enfermera
– ¿Qué hace con gafas de sol dentro del hospital, doctora Burrows?
– Tengo alergia primaveral.
Después llegó Robbie, a quien no fue tan fácil engañar.
Asintió ante tan absurda respuesta con una cara que decía: «Sí, claro, y los cerdos vuelan».
Por fin apareció Tom. Pero no hizo ningún comentario sobre las gafas. Actuaba como si no hubiera ocurrido nada entre ellos. ¿Habría sido producto de su imaginación?
– Doctora Burrows, tenemos que operar el brazo de Rod Manning esta mañana -dijo en un momento-.
Cuanto antes podamos darle de baja en el hospital, mejor.
– ¿Está todavía furioso?
– Su temperamento no ha variado con su nivel de alcohol.
Tom hizo una mueca de disgusto.
– He llamado al hospital de Melbourne esta mañana y, al parecer, la pierna de Kylie se ha salvado. Tal vez le quede la rodilla ligeramente rígida, pero con fisio y rehabilitación podría no llegar ni a quedar coja. El cirujano plástico también parece haber hecho un buen trabajo con Betty.
– Supongo que Rod Manning está teniendo dificultades para aceptar sus culpas.
– Me temo que así es. Y te ha tomado a ti como chivo expiatorio. No consigo que entienda que estás legalmente obligada a dar informes a la policía, que si no, incurres en un delito. Le he dado un tranquilizante para que resulte más fácil prepararlo para la operación.
– Bueno, podré soportarlo. ¿A qué hora empezamos?
– En media hora.
– Perfecto.
Annie visitó a cada paciente de la planta antes de que Robbie la asaltara con un sin fin de preguntas.
– ¿Es imaginación mía o hay cierta tensión en el hospital esta mañana? -preguntó Robbie-. ¿Piensa usted operar con gafas de sol?
Annie se quitó las gafas y agarró el cuaderno de informes.
– No.
– ¿Le va a contar a Robbie qué demonios le ocurre?
– No y no.
– ¿Qué le parecería que la encerrara en el archivo y me negara a dejarla salir hasta que me lo haya contado todo?
Annie la miró directamente a los ojos.
– Se supone que es usted una enfermera, Robbie McKenzie y que yo soy la doctora. Según las reglas, yo debería de ser la jefa.
– Sí, pero yo soy mucho más grande que usted -Robbie sonrió satisfecha-. Esta es mi hora del desayuno y soy su amiga, quiero saber qué pasa. Vamos Annie, está claro que no estás bien.
Annie respiró y miró a Robbie.
Estaba claro que no iba a dejarla marchar.
– Bueno… me marcho.
– ¿Te marchas? ¿Quieres decir que vas a dejar Bannockburn?
– Sí, tan pronto como Tom… el doctor McIver encuentre a un sustituto.
– ¿Y por qué demonios vas a hacer eso? -Robbie la miró realmente extrañada, tratando de persuadirla con los ojos de que aquello no tenía lógica-. ¿Es que el doctor ha hecho algo que te haya molestado?
– No.
– ¿No?
Annie se mordió el labio inferior. Agarró uno de los informes y lo chequeó.
Chris, la enfermera especializada en literatura romántica, entró en aquel momento. Por supuesto, con su sexto sentido para el romance, enseguida intuyó que allí ocurría algo interesante.
Ni Robbie ni Chris estaban dispuestas a dejar libre a la doctora sin obtener toda la información precisa.
– La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad -le dijo Robbie.
Annie bajó la cabeza.
– El doctor McIver me ha pedido que me case con él -dijo al fin.
– ¡Cielo santo! -exclamó Robbie.
– ¡Annie!
– Bueno… -Annie respiró profundamente y se metió las manos en los bolsillos de la bata-. Esa es la causa de que me tenga que ir.