Выбрать главу

– ¡Eso es absurdo!

– Lo sea o no, es lo que pienso hacer.

– ¿De verdad nos estás contando que piensas dejarnos por eso? ¿Prefieres marcharte a casarte con el doctor?

– Rob…

Robbie no la escuchaba.

Annie se encontró, de repente, con una silla bajo su trasero.

Chris agarró otra y tomó su mano.

– Cuéntanoslo todo -la instó Chris- Yo pensé que el doctor estaba enamorado de esa insoportable de Sarah.

– Quizás lo está -dijo Annie con amargura-. No lo sé. El amor no tiene nada que ver con su oferta.

– Ya veo -dijo Robbie.

– Pero el doctor y tú seríais una pareja estupenda.

– Podríamos tirar el tabique que une los dos apartamentos y tener la casa original otra vez. ¡Era preciosa!

– Pero…

– Y, cuando tuvierais más niños, podríamos poner un intercomunicador entre el hospital y vuestra casa… ¡Annie, es perfecto!

– ¡Escuchad…!

– ¡Y piensa en la boda! -Chris miró con obnubilación-. En la novela que estoy terminando, la protagonista se casa en la playa, con un sencillo vestido blanco, mientras los delfines danzan al fondo. Y así, con el arrullo del mar, sus corazones se convierten en uno.

– Lo de los delfines no lo veo claro, pero el resto sí. ¡Yo podría ser la matrona de honor! -dijo Robbie.

– ¡Ya está bien! -Annie estaba casi gritando-. No voy a casarme con el doctor McIver.

En ese instante entraba una de las mujeres de la limpieza, que se quedó paralizada ante las nuevas.

Annie acababa de firmar su sentencia de muerte. Era cuestión de horas el que todo el valle estuviera informando.

– ¡No digas bobadas! ¡Claro que te vas a casar! ¡Es una idea fantástica!

– ¿Para quién?

– ¡Para nosotros! Si el doctor McIver se casara con Sarah, se marcharía de esa casa.

– Además, no nos gusta Sarah -dijo Chris sinceramente-. La verdad es que ni ella, ni ninguna de las otras.

– Las quiere sólo por su cuerpo -aseguró Robbie.

– Está claro que a mí no -dijo Annie-. A mí me ha elegido porque le parece que podría ser una madre sensata y adecuada.

– ¿Eso es lo que te ha dicho? -dijo Robbie-. Es un poco duro.

– ¡No seas tonta! -dijo Chris-. Cásate con él y ya le preguntarás después sus motivos.

– A mí no me parece bien que se case con ella sólo porque necesita una niñera -dijo Robbie.

– Si lo que quisiera fuera una niñera, me habría elegido a mí o a cualquiera de las mujeres con las que sale. Annie, algo me dice que no se trata sólo de eso -dijo Chris-. No quiere decir que esté enamorado, pero es a ti a quien se lo ha pedido, a nadie más. A mí me encantan las novelas rosa, pero sé que eso no necesariamente se corresponde con la vida real.

– ¡Yo me enamoré de mi marido! -aseguró Robbie.

– ¡Ves cómo si es posible! -Annie miró a Chris-. No hay ninguna razón para que me case con Tom. El modo y los motivos por los que me lo ha pedido son casi un insulto. No puedo trabajar con él…

– Pero puedes trabajar con nosotras -dijo Robbie. Pero su voz había perdido toda su fuerza. Los argumentos de Annie eran demasiado potentes.

Annie se levantó.

– Creo que la conversación queda zanjada aquí. Además, tengo que irme. Hay una operación prevista en cinco minutos.

Cuando llegó al quirófano, Tom ya estaba preparado.

– ¿Y Hannah? -le preguntó Annie.

– Está con una niñera.

– ¿Cómo?

– Una niñera.

– Anoche no tenías niñera.

– Soy rápido – respondió Tom y Annie se preguntó de quién se trataría esta vez.

– Ya veo.

– No me mires así. La cocinera me la ha recomendado. Se trata de Edna Harris, de cincuenta y cinco años, una viuda. Edna no está interesada en hombres, pero le encantan los bebés. Así es que nadie ha ocupado tu puesto por ahora.

– ¡Increíble! -dijo Annie-. Yo era la novia del domingo, pero estaba convencida de que el lunes tendrías una nueva versión.

– Annie…

– Será mejor que empecemos -dijo Annie. No sería mala idea que nos concentráramos un poco en nuestro trabajo.

– Puede que podamos retrasar la conversación un par de horas. Pero no se va a esfumar el asunto.

La operación resultó más complicada de lo que Annie había esperado.

No tanto por la operación en sí, sino por la proximidad con Tom.

Chris los observaba ávida de captar cualquier intención, cualquier mirada.

Pero lo que Annie sentía era que Tom había destruido una muy buena relación de trabajo. Ya no podía continuar.

En cuanto acabaron, Chris se llevó al paciente.

– Me gustaría que pusieras un anuncio para encontrar un sustituto ya. No te será difícil encontrar a alguien.

– Tienes un contrato por un año.

– No lo voy a cumplir -dijo Annie-. Si pensara que era difícil reemplazarme, me preocuparía. Pero sé que no tendrás ningún problema.

– ¿No crees que tu reacción es un poco exagerada? -inquirió él-. Sólo te he pedido que te casaras conmigo. Tu respuesta ha sido que no. ¿Por qué sacar las cosas de quicio?

– ¡No estoy sacando las cosas de juicio! -respondió ella indignada.

– Y yo no te he hecho ninguna propuesta indecente. Sólo te he ofrecido una posición respetable como mi esposa. No entiendo que eso sea motivo para que salgas huyendo.

Cierto, no lo era. Pero, ¿cómo podía confesarle de qué era realmente de lo que huía? No podía decirle: Me marcho porque estoy perdidamente enamorada de ti y porque, para mí, el matrimonio no es sólo una posición respetable.

Annie no podía responder y no respondió. Se dio media vuelta.

Tom la agarró de la muñeca.

– Annie, ¿qué demonios te pasa?

– ¿No lo sabes?

– ¿No sé qué?

– Que las proposiciones de matrimonio siempre cambian la vida y las relaciones. Yo no me puedo quedar aquí después de esto. Lo has complicado todo…

– ¿Por pedirte que te cases conmigo? A mí me parece perfectamente sensato.

– Ni siquiera me conoces.

– Te conozco muy bien -dijo Tom completamente serio-. Acepto que no había reparado en ti hasta ayer, pero no es fácil en un trabajo como el nuestro. Sin embargo, lo que veía me gustaba mucho. Eres amable y muy inteligente, eres una persona dedicada a tu trabajo, piensas en los demás y sabes mantenerme a raya. Eres la única mujer que conozco que no acepta lo que hago porque sí, sino que me valoras por lo que hago y por quien soy.

– Sería una estupenda madre superiora -respondió ella, a punto de llorar-. ¿Y qué clase de marido serías tú, doctor McIver?

– Realmente creo que sería un buen esposo. Es verdad que no me casaría contigo por romanticismo, sino porque necesito una madre para mi hija. Pero necesito una familia y creo que tú también vivirías mejor así. Por lo menos, es una oferta a considerar, ¿no? Seríamos un bueno tándem.

Annie lo miró. Lo que habría deseado en aquel instante habría sido correr a sus brazos, haber apoyado la cabeza en su pecho y haberse dejado llevar por lo que realmente sentía.

Pero aquello no era lo que Tom quería.

De algún modo, la rabia vino en su ayuda y logró contener su primer impulso.

– Tengo que hacer tres visitas esta mañana. ¿Por qué no nos olvidamos de todo esto y nos ponemos a trabajar de una vez? ¡Ya está bien de sandeces, Tom!

¡Mucho más fácil decirlo que hacerlo!

¿Cómo demonios iba ella a olvidarse de todo aquello? No tenía ninguna posibilidad. Sencillamente era imposible, especialmente cuando las noticias ya habían llegado a todos los rincones del valle.

– ¿Es cierto lo que dicen? -le preguntó su primer paciente. Annie había ido a visitar a la señora Eider, que sufría de úlcera. La mujer estaba tan alegre por la noticia que salió a recibirla a la puerta, cuando, normalmente, la esperaba en la cama.