– ¿Es verdad que Melissa Carnem ha dejado un bebé a la puerta del doctor y que ahora ha decidido que usted sería una madre estupenda para la pequeña? -preguntó la mujer directamente-. Mi nuera me llamó hace un rato y me lo contó.
¡Cielo santo! Aquel lugar era terrible.
– Espero que sea verdad -le aseguró la señora Eider-. ¡Hacéis una pareja estupenda! Y ya es hora de que ese hombre siente la cabeza.
Sonrió a Annie con tanto afecto, que Annie parpadeó confundida.
Aquel valle podía llegar a ser realmente claustro-fóbico. Tenía motivos más que suficientes para salir de allí a toda velocidad… Aunque echaría mucho de menos aquel lugar.
Annie esquivó las preguntas de su paciente lo mejor que pudo y, en cuanto terminó, se puso de camino a casa del próximo paciente, el pequeño de Kirstie Marshal. Kirstie tenía dos gemelos de sólo seis semanas de edad y a Matt, de tres años, con dolor de oídos.
Pero cuando Annie llegó, en lugar de una azorada madre, se encontró a una alegre vecina.
– Sue-Ellen me ha llamado y me ha contado lo del doctor y usted. Su marido es el que lleva la leche al hospital y lo oyó hace un rato. ¡Es maravilloso! ¡Creo que es la mejor idea del mundo!
– ¿Piensa que se centrará un poco el doctor? -preguntó Annie, que empezaba a entender que era mejor seguirles el juego.
– ¡Estoy convencida! Mi Ian era un cabeza loca. Pero ahora es el mejor padre que podría haber encontrado.
Todos estaban ansiosos por escuchar campanas de boda, pero Annie no estaba dispuesta a que fueran las de la suya.
La visita a Margaret Ritchie fue, sin embargo, menos pintoresca.
La mujer sufría de cáncer de huesos. Su esposo, Neil Ritchie, se ocupaba de ella en casa.
En cuanto el hombre le abrió la puerta, Annie se dio cuenta de que algo ocurría.
– ¿Qué pasa, Neil?
– No lo sé. Se levantó esta mañana para ir al baño y, de pronto, se cayó. La llevé hasta la cama, pero tiene un dolor insoportable en la pierna.
– ¿Cuándo pasó eso?
– Hace una hora.
Annie llegó a la puerta del dormitorio, donde Margaret Ritchie yacía retorciéndose de dolor. Sus ojos suplicantes pedían ayuda con desesperación.
– ¿Cuánto tiempo lleva así? -preguntó Annie-. ¿Has dicho que una hora?
– Sí, algo más, incluso -le dijo Neil-. Llamé hace media hora y me dijeron que venías para aquí.
– Neil, te dije que me llamaras directamente si había alguna emergencia.
– Pero no quería…
Siempre ocurría lo mismo. Los pacientes con algún problema realmente grave eran siempre los menos exigentes, y viceversa.
– ¿Le has puesto morfina?
– Sí, el máximo que he considerado posible sin poner en riesgo su vida.
– ¿Cuánto es eso?
– Dos dosis de diez miligramos, una hace una hora y la otra diez minutos antes de que llegaras -Neil se secó con rabia las lágrimas que rodaban por sus mejillas-. No me he atrevido a darle más.
– Veinte en total.
Annie se mordió el labio, indecisa. Tom era quien llevaba el caso de Margaret y Annie no tenía mucha experiencia en tratamientos contra los dolores de cáncer.
La dosis que Tom había estipulado, ya se había cubierto con creces, lo que significaba que otra inyección podría ser letal.
Pero el dolor que sufría aquella mujer era claramente insoportable.
Annie había visto las radiografías de Margaret Richie. Tenía un tremendo tumor en la pierna y, seguramente, el hueso se había partido y eso era lo que provocaba tanto sufrimiento.
Pero trasladarla al hospital para una operación de urgencia, cuando estaba en aquellas condiciones, era impensable.
¿Y más morfina? No podía arriesgarse. Aunque el dolor era tan insoportable que, seguro, en aquel instante la mujer habría preferido morir que seguir soportando aquella tortura. De hecho, podría sufrir un paro cardíaco si no le ponía remedio rápido.
Estaba confusa. Realmente no sabía qué hacer. Necesitaba el consejo de Tom.
– Agárrele la mano, dígale que ya tiene ayuda, que voy a buscar lo que necesita. ¿Dónde hay un teléfono?
– En el salón.
Annie se apresuró a salir.
– ¡Por favor, que Tom sepa la respuesta!
Por suerte, Tom respondió rápidamente al teléfono.
– ¿Qué pasa, Annie? ¿Has cambiado de opinión?
– Tom, ya.
No tuvo que decir más. Él, rápidamente, comprendió que ocurría algo y que requería su ayuda.
– ¿Qué pasa, Annie?
– Margaret Ritchie… -Annie le explicó rápidamente la situación.
Tom tardó unos segundos en responder.
– Dale otra dosis de morfina, Annie -dijo Tom-. Dale treinta miligramos, mientras miro una cosa.
– Pero… eso es demasiado. Va a empezar a tener alucinaciones.
– No, con la morfina eso no ocurre mientras haya un dolor intenso.
Annie confiaba en Tom, pero si se estaba equivocando, toda la responsabilidad sería de ella. A pesar de todo, dejó el teléfono e hizo lo que le había dicho.
Cuando regresó, Tom ya estaba esperando.
– Dos cosas: parece ser que en el caso de cáncer de hueso la morfina no es tan efectiva como lo es en otras ocasiones.
– Pero…
Tom respondió a su pregunta antes de que fuera formulada.
– Habrá que darle naproxen y panadol, ambos por vía orar.
– Naproxen…
El naproxen era un antiinflamatorio. ¿Cómo podía funcionar eso y no la morfina?
– Pruébalo, por favor. Ya verás.
– Tom…
– No le va a ocurrir nada -le aseguró él-. Es mucho más probable que el dolor acabe matándola. Mientras tanto, llamaré a la unidad de dolor en Melbourne y pedirá más alternativas de tratamiento. Después, iré para allá en una ambulancia.
Tom colgó.
Naproxen y panadol…
Annie se quedó mirando el auricular. ¡Menudo cóctel! Realmente, aquello mataría a cualquier persona sana.
Pero Margaret no era una persona sana y sufría mucho.
Tenía que lograr calmarla. No tenía elección.
El tratamiento funcionó. Estaba claro que, en ocasiones, la medicina lograba milagros.
A Annie ya le sorprendía bastante cuando alguna infección tremenda desaparecía por efecto de los antibióticos.
Diez minutos después de aplicarle la dosis de morfina, los espasmos comenzaron a disminuir. Pero el dolor seguía siendo intenso, así que Annie le había dado lo que Tom le había dicho.
En una hora, el panadol y el naproxen comenzaron a funcionar.
Margaret yacía exhausta en la cama y Neil Ritchie no pudo evitar dejarse llevar y rompió a llorar.
– ¡Muchas gracias! -le dijo el hombre realmente emocionado-. Pensé que iba a perderla.
– Creo que Margaret piensa estar aquí bastante más tiempo-. ¿No es así, Margaret?
La mujer los miraba en silencio, exhausta y aún impresionada por lo que había sufrido.
– ¿Cómo va todo?
Annie se dio la vuelta y allí estaba Tom.
Se sintió francamente aliviada.
– Este es el hombre al que debe darle las gracias. El doctor fue el que me indicó lo que debía hacer -dijo ella y se dirigió a él después-. Tom, ha funcionado.
– Es cuestión de conseguir el cóctel adecuado. Llevo años investigando sobre ese tema -respondió él y dejó el portabebés sobre el suelo-. ¡Neil, tienes peor aspecto que tu esposa!
– Gracias por todo, doctor.
– La morfina funciona bien contra el dolor, pero a veces no lo suficiente. Según lo que yo mismo he comprobado, y después de contrastar mi opinión con la de un especialista, el dolor de huesos es de los más reacios a desaparecer con la morfina. Por suerte el naproxen suele funcionar.
– ¡No sabe hasta qué punto! No puede ni imaginarse el dolor que sentía.
– Creo que sí -dijo él-. Annie, ¿la has examinado ya?
– No -respondió ella-. No quería moverla, pues todavía incrementaría más el dolor. Pero necesitamos hacerle una radiografía.