– No quiero ir al hospital.
– ¿Ni siquiera para una visita rápida? Sólo vamos a hacerle una radiografía, para ver si la pierna está fracturada. Necesitamos operar para que el dolor desaparezca de verdad. Es la única solución a largo plazo.
– ¿A largo plazo?
– No se va a morir aún, Margaret -le dijo Tom-. Lo que sí creo es que ha llegado el momento de que busquen una silla de ruedas. Hay algunos modelos nuevos que le permitirán moverse por todas partes.
– De acuerdo -dijo Neil.
La sonrisa desapareció del rostro de Tom.
– Me ha dicho Annie que Margaret ha estado una hora entera sufriendo esos dolores.
– No queríamos molestar…
– ¡Molestar! Usted y su esposa han decidido arreglárselas solos en casa durante toda la enfermedad.
Eso puede significar mucho tiempo, años incluso. Nosotros vamos a estar ahí para ayudarlos. Pero nuestra ayuda está sujeta a una condición.
– ¿Cuál?
– La condición es que cuando necesiten ayuda, deben recurrir a nosotros de inmediato. Si no lo hacemos así, nos resultará imposible ayudarla con tiempo suficiente.
– Pero…
– Mire a Annie, Margaret -dijo Tom-. Mire a su esposo. Los dos parecen a punto de desmayarse. Cuando usted sufre, los que la rodean también sufren. No nos causa ningún problema cuando nos llama, sino al revés.
Le apretó la mano, para reconfortarla.
– Dave está fuera con la ambulancia. La trasladaremos al hospital para reparar esa pierna. Parece cansada. Los medicamentos le han provocado somnolencia. Duerma tranquila. Le haremos las pruebas mientras sueña. Pero, antes, quiero que conozca a alguien.
– ¿A quién?
Tom agarró a la pequeña Hannah en brazos.
– Es mi hija -le dijo.
El rostro y la expresión de Tom conmovieron a Annie.
Tom había cambiado profundamente en tal brevedad de tiempo que era casi incomprensible.
Lo cierto era que había llegado a su vida el amor. Su hija había llenado un vacío, no cabía duda.
– ¡Se parece tanto a usted! -susurró la señora Ritchie, realmente emocionada-. ¡Es perfecta!
– ¿Verdad que sí? -dijo él muy orgulloso-. Bueno, ahora puede dormir. No sé porqué, pero sabía que le iba a gustar verla.
Con muy buen juicio, Tom había optado por llevar a la pequeña consigo. Así, conseguiría que la señora Ritchie se quedara con una última impresión mucho más agradable de la vida.
– Si usted quiere, a partir de ahora vendremos con ella siempre que la visitemos, tanto Annie como yo.
– ¿Entonces es verdad? -preguntó la mujer-. ¿Es verdad que se casan? Ellen Elder me llamó, justo antes de que me cayera. Me lo contó. La verdad es que no hay nada que me pudiera hacer más feliz que asistir al matrimonio de dos personas que se merecen así el uno al otro…
Y se quedó dormida.
Capítulo 8
Todo el valle lo considera una buena idea -dijo Tom-. Tú eres la única que no está de acuerdo.
– ¡No todo el mundo! ¿Se lo has preguntado a Sarah?
– Eso es un golpe bajo.
– ¿Se lo has preguntado?
– No puede tener nada que objetar. No se quiere casar conmigo.
– Yo tampoco. Y ahora, por favor, ¿podríamos concentrarnos? Si no, la señora Reilly nos va a colgar por quitarle lo que no era.
– ¡Lo dudo! La señora Reilly no ha visto lo que hay debajo de su cintura desde que alcanzó los ciento veinte kilos hace ya muchos años. Le daría igual que le pusiéramos una pata de palo. Sólo se quejaría del ruido que haría al andar.
Chris se rió. La joven enfermera se lo estaba pasando en grande con la nueva relación surgida entre los dos médicos. Aún más, todo el valle se lo estaba pasando bien.
– Yo creo que ya ha llegado le momento de que solucionen sus diferencias y lleguen a una conclusión. Ya han pasado dos semanas y todavía no le ha dado al doctor una respuesta.
– ¿Cómo que no? Claro que se la he dado, sólo que no es la respuesta que a él le gusta.
– Ni a él ni a ninguno de nosotros -Chris sonrió al doctor-. El doctor McIver tiene razón cuando dice que todos queremos que se casen.
– ¿Con quién se supone que me casaría realmente, con el doctor McIver o con el valle?
– Con el valle -respondió Chris sin pensárselo-. No le van a permitir que se vaya.
– Preferiría que todo el mundo se ocupara de sus asuntos y me dejaran en paz, especialmente usted, querido doctor -entre comentario y comentario se las arreglaban para seguir ejecutando su trabajo con precisión-. Sé que no ha puesto ni un sólo anuncio para cubrir mi plaza. Pero le aseguro que me marcharé a final de mes igualmente.
Tom la miró furioso, y Chris carraspeó.
– No puede estar hablando en serio -dijo la enfermera.
– Me temo que sí. El valle entero me está chantajeando para que lleve a cabo ese matrimonio. No veo ni una sola razón por la que a mí me convenga casarme.
– No eres sincera -fue la respuesta que Helen le dio después de haber escuchado a Annie horas después.
Annie estaba en pediatría ocupándose de un pequeño al que le había picado una araña de cola blanca. Los padres eran granjeros que vivían de la leche y no podían estar allí con él, así que Annie se había quedado a hacerle compañía.
– ¿Que no soy sincera en qué? -Annie se volvió hacia la mujer.
– No puedes decir que no tienes ningún motivo para casarte con el doctor.
– Pues así lo creo.
Helen agarró una silla y se sentó junto a ella.
– Puedes decirme lo que quieras -continuó Annie-. Y estoy inmunizada contra todo. El valle entero está día y noche tratando de convencerme.
– Todo el mundo está muy sorprendido del cambio que ha sufrido el doctor. No hacen sino observarlo. Tiene una niñera, pero la niña pasa casi todo el tiempo con él. Lo ha transformado.
– Supongo… -Annie se encogió de hombros-. Supongo que así ha sido. Se ha tranquilizado.
– Sí -Helen sonrió-. Cuando venía para aquí, me los he encontrado en la arboleda, juntos, en el césped, mirando las estrellas. Tom le estaba explicando las constelaciones. No me vieron y no me habría atrevido a perturbarlos. Pero era conmovedor observarlos.
– No me cabe duda…
– Y sé que ti también te conmueve, Annie -dijo Helen y dejó que un breve silencio le diera opción a continuar-. Estás enamorada de él, Annie.
– Yo…
– No me mientas -le rogó Helen-. Estamos juntas todos los días y te conozco muy bien. Sé que lo quieres y ése es el único motivo por el que deberías casarte con él. Yo fui la que le propuse que se casara contigo.
– ¡Tú!
– La noche del accidente -dijo Helen-. Me lo encontré dando vueltas, desesperado, tratando de dilucidar qué hacer con su vida. Todavía hablaba de casarse con Sarah. Le dije que si realmente quería alguien con quien formar una familia, debía fijarse en ti.
– ¡Así es que ni siquiera fue idea suya!
– No lo culpes. Algo que ocurrió en el pasado le impedía querer un compromiso real. De modo que siempre buscaba mujeres que no lo quisieran atar o con las que no corriera el riesgo de quererse atar él. Necesita encontrar el amor con la cabeza, pues el corazón lo tiene en veda.
– Helen…
– Al principio pensó que era una idea absurda -Helen continuó-. Pero luego, mientras estabais de picnic, de pronto te vio de otro modo y entendió a qué me había referido.
– Así es que tomó la decisión con la cabeza, no con el corazón.
– Exacto -la voz de Helen era firme y decidida-. Pero tú estás enamorada y sé que él acabará queriéndote. Si no pensara que puede ser así, jamás se me habría ocurrido hacer esa sugerencia. Tom McIver vale la pena.
– Helen, yo no puedo…
– Claro que puedes -dijo la mujer-. Y ojalá que lo hicieras. Pero ahora tengo que ir a atender al señor Whykes que está muy inquieto hoy. Necesito que me firme una orden para ponerle diazepam, si a usted le parece bien, doctora.