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Pero para ella no era suficiente. Siempre había considerado que una mujer tenía que gozar de su independencia, que su posición era algo que debía procurarse a sí misma. Y, sin embargo, sí creía que el matrimonio debía basarse en el mutuo amor.

De algún modo, Tom acabaría queriéndola. Posiblemente ya la quería. Pero tal y como quería a sus perros.

La volvió a besar, otro beso afectuoso en la mejilla, y se volvió a marchar.

Tom iba a llevarse a Hannah y a los perros a la playa. Se llevaba a su familia. Pero en ningún momento se lo había ofrecido a ella.

Ambos sabían que con una llamada, Annie no tardaría ni dos minutos en estar en el hospital. A pesar de todo, no se lo había comentado.

Annie se dejó caer en la silla. ¿Estaba cometiendo el error más grande de su vida.

La boda fue perfecta.

No habría podido ser de otro modo. Todo el mundo se esforzó tanto, que resultaba imposible que no lo hubiera sido.

Incluso Tiny y Hoof tuvieron una actitud ejemplar.

Asistió todo el mundo que estaba en el listín de teléfonos y algunos más.

Pero, para disgusto de Chris, la boda no se pudo celebrar en la playa.

– Eso habría estado bien si la edad de los invitados hubiera oscilado entre los cinco y los cincuenta. Pero queríamos que viniese todo el mundo y eso habría complicado a mucha gente.

Chris miró a los dos.

– Sin duda estáis queriendo dejar bien claro que lo que empezáis es algo grande.

Annie no quiso responder. Bajó la cabeza y subrayó así un silencio que venía cuajándose desde hacía ya varios días.

Chris y Helen la vistieron con un traje sencillo pero muy bonito.

Era de tirantes, ajustado, en seda salvaje de color blanco. Las copas del pecho iban bien marcadas. Se ajustaban a sus senos perfectamente.

La espalda iba más decorada, con un escote amplio hasta la cintura, que cubría un encaje blanco muy trasparente.

La falda, ligeramente estrecha y larga hasta los pies, con un recogido atrás que creaba una pequeña cola.

La peinaron con su hermosa cabellera de rizos sueltos y le colocaron una corona de flores.

Cuando Annie se miró al espejo, la imagen que le vino fue la de una adolescente insegura preparándose para su primera fiesta.

Las risas de su madre y su hermana resonaron en su cabeza como un tambor.

Pero ellas no estaban allí. ¿De qué tenía miedo entonces?

– Estoy ridícula.

– Estas preciosa -dijo Helen.

– ¡Me gustaría que la pequeña Hannah pudiera llevar las flores! -dijo Chris-. Aunque, todo hay que decirlo, estás maravillosa con ese ramo en la mano.

– No.

– Sí, si lo estás. Y si no ves lo hermosa que eres es porque estás ciega -protestó Chris-. ¡Y no me digas que es que lo eres, porque está muy claro que no necesitas para nada esas malditas gafas que llevas. Lo único que haces es esconderte tras ellas. Bueno, aquí se acabó. Helen y yo hemos decido que discutiremos sobre todo esto más adelante. La matrona de honor está esperando. Y si alguien agarra el ramo y no soy yo, me voy a morir directamente.

La capilla estaba rebosante: gente, perros, flores, ruido.

Hannah parecía realmente feliz con lo que estaba a punto de acontecer.

Margaret Ritchie, en su silla de ruedas, agarró a la novia de la mano antes de recorrer el pasillo.

– Saborea este momento -le dijo la mujer

«No puedo», pensó Annie.

La marcha nupcial comenzó a sonar.

Muy pronto estuvieron casados. ¿Cómo había sucedido? Annie no lo sabía bien. Sencillamente, había sucedido.

El día concluyó y llegó la noche. Hubo una gran fiesta hasta el final, todos bailando bajo las estrellas.

Y, cuando la noche se fue cerrando, Tom agarró a su esposa.

– De acuerdo, mi encantadora Annie, ha llegado el momento de dejar a todos e irnos a la cama.

– ¿A la cama? -Annie se ruborizó, alzó la vista y lo miró aterrada.

– Ésa es la costumbre -dijo él-. Casi todo el mundo lo hace en su noche de bodas. Ya tengo a Hannah con Edna y a Hoof y a Tiny los he dejado en casa de un granjero. ¿Qué mayor sacrificio puede un hombre hacer?

Annie lo miró desconcertada. No había reglas en el juego que jugaban. ¿Cómo podía amar a aquel hombre y, a la vez, no amarlo?

¿Cómo podía estar derritiéndose por él y, al mismo tiempo, tener que evitar que él se diera cuenta? Ella no era más que una esposa de conveniencia.

– No te preocupes por nada, mi Annie -dijo él-. Será muy fácil.

¿Acaso alguna vez llegaría a quererla?

La noche marcó un buen comienzo.

Annie se despertó como si la hubieran santificado. No encontraba palabras para describir lo que había sucedido.

Seguro que no era más que un esposa de conveniencia, pero aquella noche la había sentido como una noche de puro amor.

Tom la había tomado como si se tratara de una piedra preciosa a la que había que tocar con extremo cuidado. Y ella se había derretido en sus brazos.

Parecían hechos el uno para el otro.

Su marido…

Ella levantó la cabeza y sintió que el corazón se le derretía. Tal vez aquello podría llegar a funcionar.

Él abrió los ojos. Su mirada era tierna, posesiva. Era su esposa.

– Despierta, dormilona -le dijo.

La besó en la frente y luego atrapó sus labios con pasión.

Annie sintió el temblor de su boca. Respondía a aquel hombre con una pasión desmedida.

Lo abrazó con fuerza. Necesitaba sentir su cuerpo desnudo.

– ¡Dios mío! ¡Me he casado con una mujer apasionada!

– Apasionada por ti.

Lo había sorprendido. Él esperaba a aquella mujer tímida y retraída que veía cada día en el hospital. Sin embargo, se había encontrado con algo completamente diferente.

– ¡Vuelves a mí!

– Por supuesto.

En respuesta, los dedos de Annie se deslizaron hasta encontrar lo que quería. Allí halló, además, una respuesta: sí, la deseaba. Tal vez, sólo era una esposa adecuada, pero en aquel momento quería estar con ella.

– Soy toda tuya, Tom McIver.

Pero aquella felicidad no duraría demasiado.

Su luna de miel acabó al mediodía.

Los médicos sustitutos tenían que regresar a su trabajo y Tom y Annie debían hacerse cargo del hospital.

El granjero que se había llevado a los perros los llevó de vuelta y sin desayunar, lo que los tenía bastante inquietos.

Edna llamó para decir que se había quedado sin leche y que quería llevar a Hannah a casa.

Tom se tuvo que duchar a toda velocidad, mientras Annie, todavía en la cama trataba de mentalizarse de su nuevo estatus.

Al salir del baño, Tom la miró complacido.

– Tienes la misma cara que un gato que acabara de comerse toda la nata de la nevera. Pero me temo que el gato se va a tener que levantar.

Ella sonrió. De pronto pensó en las noches que quedaban por venir. Estaba durmiendo en la cama de Tom. Pero, no había más dormitorios en aquel apartamento, ni para Hannah, ni para los perros.

– Tom, ¿quieres hacer algo con los apartamentos? -¿Qué? -Tom miró la habitación de arriba abajo, como si fuera la primera vez que la veía-. ¿Tú crees que necesitaremos una cama más grande?

– No. Lo que quiero decir -Annie dudó unos instantes-. Tom, Robbie sugirió que tiráramos el tabique que separa las dos casas y que hiciéramos un único piso.

Silencio.

Tom se abotonó lentamente la camisa.

– Sería mejor que esperáramos un poco, Annie.

– ¿Esperar?

– Bueno, me parecería bien poner una puerta. Pero una sola casa…

– ¿No te gusta la idea?

– No es eso. Es que los dos somos muy independientes -se encogió de hombros. Luego se acercó a ella y le acarició los rizos-. No quiero decir con eso que me cansaría de ti, pero… bueno, puede haber momentos en que queramos estar por separado.

La besó tiernamente en la nariz.