– Ya.
– ¿No estás de acuerdo?
¿Tenía alguna otra opción.
– Sí, por supuesto que estoy de acuerdo.
Era lo más razonable.
– Pues entonces no hay más que hablar -Tom se volvió hacia el espejo y se puso a peinarse.
Annie decidió levantarse y se cubrió con la sábana.
– ¿Tímida? Hace un rato no tenías vergüenza de mí.
Claro que no. No la tenía cuando creía que realmente era su mujer. De pronto, todo había cambiado.
– Hay mucho que hacer. Si te pasas media mañana arreglándote, voy a tener que ocuparme de tus pacientes.
– Me gusta no sólo peinarme, sino incluso afeitarme.
– Pura vanidad.
– Que a ti no te vendría nada mal -le aseguró él con una sonrisa.
De pronto, salió de la habitación, abrió la puerta del apartamento y pasó al de ella.
Annie lo oyó moverse por su dormitorio, hasta que al fin regresó, con un gran montón de ropa. ¡Su ropa!
La dejó en el suelo.
– Es el fin del reinado de las camisas tres tallas más grandes de lo que te corresponde.
– ¡Estás loco!
– ¡No! Soy tu marido y, como tal, merezco un poco de atención. Odio esta ropa y quiero que desaparezca -dijo él con sentido del humor.
– ¡Pues si no te gusta mi ropa no entiendo por qué te has casado conmigo!
– Porque eres perfecta en todo lo demás, y esto era solucionable -se acercó a ella-. Annie, eres realmente hermosa. Ayer, cuando te vi aparecer vestida de novia, me dejaste sin respiración. Necesito que todo el mundo vea lo que yo veo. Helen, Chris y yo…
– ¿Helen y Chris?
– Me gusta ser malicioso en equipo -se rió Tom-. Así puedo decir que ha sido idea de otros.
– ¿Y qué idea se les ocurrió esta vez?
– No, qué idea se me ocurrió a mí.
– Vamos.
– Decidí que desde el día de hoy te haría salir de tu escondite. Para lo cual, el primer paso era deshacerme de toda tu ropa. Por supuesto que necesitarás cosas que ponerte. Mandé a Chris y Helen a Melbourne el fin de semana pasado y te compraron todo esto.
Sacó dos inmensas maletas.
– ¡Las voy a matar!
Annie se sentó en la cama, desnuda y perpleja.
De aquellas maletas empezaron a salir las cosas más insospechadas: lencería fina de variados modelos y colores, vestidos de verano demasiado cortos, pantalones ajustados, camisetas de su talla, camisas, faldas, medias…
– ¡Jamás me he puesto este tipo de ropa!
– Pues siempre es buen momento para empezar, ¿no crees?
– Tom…
– Lo siento, no tienes opción. Si te fijas, hemos rociado toda tu ropa con lejía y salsa de soja.
– ¿Qué?
– No te preocupes, la semana próxima irás con Chris o con Helen a comprarte lo que necesites.
¡Con Chris o con Helen! Él no estaba dispuesto a acompañarla.
– Tom, a mí me gustaban mis vaqueros y mis camisas.
– No, no te gustaban. Alguien en algún momento te había hecho perder la confianza en ti misma y te limitabas a esconderte tras esa ropa -se aproximó a ella-. Annie, yo he descubierto ya cómo eres y no me importa lo que lleves puesto. Pero sé que hay una Annie a la que no dejas salir y voy a hacer lo imposible porque viva.
La besó tiernamente, pero fue un beso fraternal.
– Y aquí se acabó -dijo Tom.
Los perros esperaban impacientes a la puerta y Tom decidió dejarlos entrar. Llegó la catástrofe.
Sin pensárselo dos veces, los dos canes se lanzaron como locos sobre la cama en la que se había repartido toda la ropa.
Con el impulso, lograron tirar a Annie al suelo, Tiny terminó con un sujetador en la cabeza y Hoof con un liguero en el hocico.
En ese preciso instante, entró Edna con Hannah y la primera visión que tuvo del nuevo hogar fue Annie, con su disfraz de recién nacida, rodeada por kilos de ropa y dos perros saltarines girando a su alrededor.
– Buenos días, señora Harris -dijo Tom manteniendo la compostura como podía. Se apresuró a agarrar a la pequeña por si el impacto de la visión le hacía perder el equilibrio o algo similar-. Muchas gracias por haberse ocupado de la niña.
Annie miró a su alrededor. Su vida marital acababa de empezar.
– No se preocupe por nosotros -dijo Tom-. La llamaremos. Tenemos todo lo que necesitamos.
¿Era eso verdad?
Capítulo 10
Después de dos meses de matrimonio, Annie tenía la sensación de llevar años casada. Pero sus dudas, lejos de desvanecerse, habían crecido.
De algún modo, su vida había cambiado por completo.
Había optado por llevar la ropa que Tom le había proporcionado. Y, ciertamente, le hacía sentir distinta.
Pero, lo fundamental, no había cambiado.
Annie tenía la sensación de llevar treinta años casada, y de no haber pasado por ninguna de las otras fases por las que pasa un matrimonio.
Tom la trataba con cariño y estima, pero más como a una amiga que como a una recién casada.
Durante el día eran dos personas, completamente separadas la una de la otra.
El tiempo libre lo pasaban también por separado. Tom estaba siempre con Hannah y Annie nunca era invitada a compartir esos momentos.
¡Era un matrimonio ciertamente extraño!
Al menos, no peleaba.
La noche, a menos que estuvieran de servicio, era el único momento que compartían como marido y mujer. Era entonces cuando ella jugaba ser su esposa.
Pero realmente no lo era en ninguna otra faceta de la vida.
Sólo le había abierto la puerta de su dormitorio, pero no se había planteado que un matrimonio debía de compartir muchas cosas más.
Annie no tenía el coraje para enseñarle lo que realmente se necesitaba en una relación así.
Aunque cada vez estaba más enamorada de su marido, era incapaz de decirle lo que realmente necesitaba de él.
Tanto Hannah como los perros habían pasado también a ser parte de su vida. Pero cuando los veía a los cuatro juntos, no podía sino sentir celos. Se sentía como una extraña.
Tom estaba cada vez más distante. La trataba con corrección y con cariño, pero no daba nada suyo.
Aquel día en que le había hablado de su niñez había sido la única excepción a una regla de oro: nunca hablar de sus sentimientos ni de su pasado.
– Dale tiempo -le decía Helen, consciente del dolor que Annie sentía.
Tiempo…
– No sabe aún lo qué es el matrimonio -insistía la mujer-. Pero tendrá que aprender.
– ¿Seguro?
– ¿Por qué no te bajas a la playa con ellos? Te llamaré si te necesito para algo.
– No me quiere junto a él.
– Pero…
– ¡Por supuesto! El fingirá que sí cuando me vea e, inmediatamente después, se preguntará por qué demonios lo ha hecho. Seguirá sin invitarme. Todavía necesita su espacio personal.
Annie se había limitado a encogerse de hombros y a darse media vuelta.
Al menos, todavía le quedaba su trabajo.
Al final del pasillo estaba Kylie, que practicaba con las muletas.
– Cada día estás más guapa Kylie.
Kylie llevaba una semana en Bannockburn. Le habían reconstruido la rodilla en Melbourne y dentro de muy pocos días se podría ir a casa.
Annie se acercó a Betty para charlar.
– He conseguido salir de la pesadilla en que estaba metida -le confesó Betty, mientras la niña se movía cada vez con más agilidad de arriba a abajo. Betty se tocó los restos de cicatriz que le atravesaba la cara desde la sien hasta los pómulos-. Me voy a mudar a un piso en la ciudad. No quiero acercarme a él.
– ¿Te pegaba? -preguntó Annie y Betty respondió sólo con la mirada, una mirada aterrada.
– Sabes que con un poco de ayuda legal podrías quedarte con la casa -le dijo Annie.
Los Manning vivían en una enorme casa rodeada de varias hectáreas de tierra. Incluso tenían caballos.
– No quiero esa casa. Estoy cansada de pagar una hipoteca tan alta. No me interesa tampoco ese estilo de vida. Que Rod se quede con todo. A mí lo único que me importa es que mi niña y yo estamos vivas y que queremos continuar así.