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– Es el señor Howard. Necesita un catéter para orinar.

Jack Howard…

Jack Howard era un paciente anciano, que llevaba allí desde que Annie había llegado. Era desagradable y tenía un carácter del demonio, pero rehusaba a marcharse del hospital. Odiaba vivir con su hija.

– ¿Qué le pasa?

Annie se apartó los rizos de la cara y trató de concentrarse en su trabajo. Era el único modo de no añorar a su esposo.

– Tiene un bloqueo en algún lugar del conducto y tiene la vejiga tan llena que está a punto de estallarle.

¡Cielo santo! Era la primera vez en meses que a Jack Howard le ocurría algo de verdad.

– Sé que puede sonar estúpido, pero no nos deja hacerle nada. Dice que lo que queremos es violarlo. Necesito que me ayudes a inyectarle un tranquilizante.

– De acuerdo. Adelántate tú. Yo estaré allí en cinco minutos.

– Que sean tres.

La tarea resultó francamente complicada.

Insertar un catéter era algo muy fácil en cualquier persona, siempre y cuando no tuviera la fuerza de un toro y la utilizara contra el médico de turno.

El hombre gritaba con desesperación. Podía ser de dolor o de indignación. A juzgar por la energía que tenía, era producto de la rabia.

– ¡Maldita mujer! ¡Apártate de mí! No me toques mis partes. ¡Y tú, medicucho! ¿No te da vergüenza?

– Jack, lo único que queremos conseguir es que se te pase el dolor, nada más.

– ¡Maldito…!

– O te callas o te llevo a casa con tu hija.

Annie miró a Tom sorprendida por la salida de tono. La verdad es que la amenaza surtió efecto.

El viejo dejó de gritar y Annie pudo inyectarle el tranquilizante.

Al sentir el pinchazo, trató de removerse. Pero la droga actuaba muy rápidamente y, para cuando quiso darse cuenta, ya era demasiado tarde para revelarse.

Por fin, pudieron ponerle el catéter.

– ¡Realmente tenía que dolerle! ¡Esto estaba al límite!

– ¿Qué es lo que ha obstruido la salida?

– La próstata, se ha estirado. No pensé que llegaría a causarle problemas, pero, como ves, se los está causando.

– ¿Te imaginas tener a este paciente operado de próstata?

– ¡El infierno! Me alegro de no ser urólogo.

– Yo también. Tendremos que mandarlo a Melbourne -dijo Tom.

– A su hija no le va a gustar -Annie la conocía. Era una mujer arisca, que odiaba a su padre. Estaba ansiosa de que se muriera y, continuamente, mandaba abogados para que certificaran la incapacidad del viejo. Así podría quedarse con todas sus posesiones. Pero, como por arte de magia, cada vez que aparecía por allí un abogado, el hombre recobraba el juicio y la serenidad.

– Le guste o no, va a tener que admitir al operación. Es realmente necesaria. Jack no se va a morir de esto, pero sí puede hacer que su vida sea terrible.

– Luchará legalmente para que no lo operen.

– Yo también puedo luchar. Lo hago siempre que quiero algo. También lucharé por volver a tenerte en mi cama.

– ¿Por qué?

– Porque los dos lo queremos -consiguió esbozar una sonrisa-. Y Tiny y Hoof ya te echan de menos.

– A penas si han pasado unas horas desde nuestro último encuentro. Dudo que se hayan dado cuenta.

– ¿Volverás si dejan de comer?

– ¡No!

– ¿Y si dejo de comer yo?

– ¡Tom! ¿Por qué me haces esto? Tú no me quieres realmente en tu cama.

– Annie, te amo en mi cama.

¡Sí, y sólo allí!

– Yo también, Tom. Pero la diferencia es que yo te amo también en todas las otras facetas y partes de la vida. Hasta que no me quieras de igual modo, no me tendrás en tu cama.

Capítulo 11

A partir de aquel momento, lo que vino fue la soledad. Por suerte, en el hospital había mucho trabajo, no sólo con los pacientes, sino pintando y renovando algunas partes ya deterioradas.

En su tiempo libre, Annie solía llevar a los perros y a Hannah a la playa o al río.

Tom la había invitado a ser parte de la vida de la pequeña y cada vez la quería más.

Pero aquello no facilitaba las cosas, pues la situación era cada vez más complicada y sus vinculaciones emocionales más fuertes.

Para entonces, ya quería incluso a los dos perros.

Algo le decía que debía marcharse, abandonar todo aquello.

Sin embargo, Annie sabía que ya no era posible.

Llegó el sábado, el día de la fiesta de Kylie.

Annie estaba de guardia y tenía que atender a una serie de pacientes. Primero fue una pierna rota. Después un brazo. La mañana se pasó muy rápido y, para cuando se quiso dar cuenta, Tom ya se había marchado sin ella.

– Dijo que se encontrarían allí y que, además, sabía que usted preferiría llevar su coche -le dijo la enfermera de guardia.

Estupendo.

Annie habría querido discutir con él sobre el regalo de Kylie. Ella había elegido un poster con personajes de dibujos animados. Así, poco a poco, iría consiguiendo que su casa fuera cada vez más acogedora.

¿Acaso Tom había pensado en algún otro regalo? De ser así, cada uno llevaría el suyo.

Esperaba que no ocurriera. De otro modo, estarían en boca de todos durante mucho tiempo.

Estaba claro que era dos personas separadas con un trabajo, un bebé y dos perros en común. Nada más.

La fiesta ya había empezado cuando ella llegó.

Ya desde la calle había podido escuchar los gritos de los niños.

Cuando Kylie abrió la puerta, lo hizo rodeada de un montón de pequeñajos.

– ¡Ha venido! Muchas gracias.

La niña estaba preciosa, con un vestido blanco y rosa.

– ¿Le gusta mi vestido? Me lo fue haciendo mi abuela, la madre de mi madre, cuando estaba en el hospital. A mí me parece maravilloso. Estoy deseando que lo vea mi padre.

– Sí, es realmente bonito -dijo Annie y la abrazó-. Siento mucho haber llegado tan tarde. Pero tuve que reparar un brazo roto en el último momento. ¿Quién más falta?

– Sólo mi papi. Mamá dice que puede que no venga. Pero yo sé que vendrá -el rostro de la pequeña se ensombreció.

Pasaron al salón, donde estaban el resto de los invitados.

Tom estaba allí, con Hannah a su lado. Cuando la vio aparecer le dirigió una sonrisa comprometida y Annie se quedó en la puerta. No quería interrumpir.

La habitación estaba realmente llena de gente. Betty sonrió a Annie, pero no pudo pasar. Estaba todo lleno de niños.

No importaba. Estaba bien donde estaba.

Kylie decidió que había llegado el momento de abrir los regalos. Todos los pequeños se sentaron en el suelo y Kylie empezó por el regalo de Annie.

Su rostro se iluminó al ver el poster.

– ¡Es precioso! Lo pondremos en mi habitación, ¿verdad mamá? Gracias, doctora Annie. Y gracias a usted también, doctor Tom y a Hannah.

Annie vio cómo el desconcierto aparecía en el rostro de Tom.

Por supuesto, ¿qué había esperado? A ojos del resto del mundo, ellos eran una pareja y, por tanto, el regalo era de ambos.

Después de varios paquetes, Kylie se encontró con uno que le llamó especialmente la atención.

– Aquí dice de parte de Tom y de Hannah. ¿No se supone que ya me han hecho un regalo?

La habitación se quedó en silencio. Se podía masticar la tensión que había en el aire.

– Es que todavía no estamos acostumbrados a ciertas cosas -se justificó Annie y, si bien la respuesta no satisfizo a los adultos, pareció clara para Kylie-. Este es el regalo de Hannah, el otro era de su mamá y su papá.

Pero el asunto se complicó cuando el segundo paquete reveló exactamente el mismo regalo que el primero.

– ¿Es que Hannah no sabía lo que me iban a comprar sus padres?

Los intercambios de miradas eran cada vez más insistentes.

– Cámbialo por otra cosa, Kylie. Así podrás elegir lo que quieras.

Por suerte, antes de que la niña pudiera responder, la puerta se abrió y entró el último invitado.