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Preséntate con él en la librería Del Grial, situada en el barrio antiguo, y muéstraselo al propietario. Estoy seguro de que dentro de trece años ese negocio continuará funcionando. Pero por si por cualquier motivo no fuera así, el señor Marimón, el notario, posee lista y direcciones, que le confío en sobre cerrado, de a quién debes acudir. Este anillo simboliza tu misión. Deberás conservarlo hasta que encontréis el tesoro. Si al fin triunfas en esta empresa, o si decides abandonarla y sólo en estos casos, podrás desprenderte de él. Entonces, lo regalarás a la persona a quien tú consideres más apropiada. Debe ser alguien muy fuerte de espíritu, porque ese aro tiene vida y voluntad propia. Quizá esa persona pudieras ser tú misma.

Disfruta de este último juego conmigo. Encuentra ese tesoro que yo no pude, no merecía o no quise encontrar. Sé feliz con Luis y Oriol. Te quiero muchísimo, desde antes de que nacieras.

Tu padrino.

Enric.»

Las lágrimas me resbalaban por las mejillas, amenazando caer en la mesa. Me cubrí la cara con las manos. «Enric, querido Enric.» ¡Dios mío, yo también le amé muchísimo! ¿Qué quiso decir en su carta con que me quería desde antes de que yo naciera? Seguramente ya nunca lo sabría. ¿Se refería a mi madre? Notaba mis dedos húmedos y quise disimular mirando el paseo, luminoso, concurrido, colorista. El cristal me devolvía el reflejo de mi imagen desdibujada a trazos tenues, impresionistas. Una corta melena rubia, unos labios que aún conservaban carmín de la mañana y casi no podía ver mis ojos. ¿Era yo ésa? ¿O sólo el fantasma de aquella muchacha que hubiera sido de no haber abandonado nunca Barcelona? Esa mujer que ya jamás sería. Un sollozo agitó mi pecho y las lágrimas regresaron a borbotones.

¡Dios! ¡Cómo me dolía ahora la añoranza de mi niñez! Y el recuerdo de Enric. Y la nostalgia de aquel adolescente larguirucho al que besé en la tormenta y que seguramente no era el hombre al que hoy había saludado como Oriol.

La tristeza por Enric se había tornado en autocompasión y mis lágrimas amargas tenían sabor dulce. Sentí pena por esa niña perdida en el tiempo y por esa mujer joven agotada por las emociones de las últimas horas, por esos sentimientos que no la dejaban dormir.

Llamé al camarero y pedí una copa de vino, luego pensé que media botella sería más conveniente. Yo no acostumbro a probar el alcohol en el almuerzo, pero había decidido concederme el placer de una buena remembranza lacrimógena. Y eso no combina bien con una cola light.

DIECISIETE

Luis vive en un ático en Pedralbes que mira al monasterio que da al barrio, un armonioso conjunto conventual formado por iglesia, claustro y otras dependencias del siglo con hermosas torres y tejados, protegido todo por murallas. Ahora Pedralbes ha sido engullido por la gran urbe, pero Luis me contó que cuando doña Elisenda de Montcada, la esposa del rey, lo fundó aquello quedaba perdido al pie del monte, lejos de la ciudad, había mucho forajido y las monjas debían protegerse, detrás de muros y con gente de armas, de visitas no deseadas. También tiene el apartamento vistas hacia el otro lado: la ciudad y, al fondo, la línea del mar. La vivienda está a nombre de la madre de Luis, vete a saber por qué. Pero pensé que quizá fuera una táctica de protección, al estilo de las monjas clarisas y sus muros. Sólo que en moderno. Por eso en información telefónica no me pudieron dar razón de ninguno de los primos Bonaplata y Casajoana en Barcelona. Ambos, de una forma u otra, se esconden tras mamá. Razones tendrán.

Esperaba encontrarlos animados. Pero no fue así. Luis abrió la puerta y me hizo una mueca triste y señaló su mejilla con el dedo siguiendo la trayectoria de una lágrima. Le entendí de inmediato; me decía que Oriol había llorado, y después hizo un ademán equívoco, referente a la tendencia sexual de su primo, sabiendo que éste no le miraba. Su mímica me disgustó. En voz alta me daba la bienvenida pero en silencio me contaba otra cosa. Oriol estaba dentro, en el salón, y Luis no quería que él viera aquella gesticulación suya que tanto me recordaba a cuando éramos niños. Pero esa vez no me hizo ninguna gracia.

– Hola, Cristina -dijo Oriol, sin levantarse del sillón, con aspecto abatido. Tenía sus ojos azules enrojecidos. Sí, había llorado. Pero eso no quería decir que fuera homosexual o amanerado como acababa de insinuar Luis en su parodia. Yo entendía su llanto. La nota de Enric me había hecho soltar una llorera de las buenas. ¿Cuántas lágrimas no hubiera derramado de haber sido mi propio padre? Un padre desaparecido en la infancia, ese padre tanto tiempo añorado y que ahora hablaba en carta póstuma. Una misiva que esperando trece años traía sus últimos pensamientos. ¿Quién no se emocionaría?

Hubiera dado cualquier cosa por leer su carta. Pero era algo muy íntimo y no me atreví a pedírsela. Al menos no en aquel momento.

– Míralas -dijo Luis señalando dos pequeñas tablas apoyadas en lo alto de una cómoda. Medían poco menos de un palmo de ancho por dos de alto y en conjunto abultaban como la que yo tenía en casa de mis padres. Eran idénticas en estilo y color.

– Así que éstas forman un tríptico con mi tabla. ¿Verdad?

– Así es -confirmó Oriol-. Las maderas, aunque tratadas para su conservación, están bastante deterioradas por la carcoma, pero aún se puede ver en los lados restos de goznes. Por fortuna la pintura se hacía al temple, eso es, sobre una capa de yeso, indigesto para la carcoma.

– ¿Goznes? -inquirí.

– Sí, bisagras -me aclaró Oriol-. Por su tamaño, este tríptico era un pequeño altar portátil. Estas dos piezas funcionaban a modo de puertas que se cerraban sobre la tuya, la mayor. Debía de tener algún tipo de asa y con ese tamaño reducido era fácilmente transportable. Los templarios la usarían en sus misas de campaña.

– ¿Templarios? -quiso saber Luis-. ¿Cómo sabes que pertenecía a los templarios?

– Por los santos.

– ¿Qué santos son ésos? -pregunté yo.

– El de la tabla de Luis, la que se colocaba a la izquierda de la central, y bajo la escena de Cristo crucificado en el calvario, es San Jorge, está de pie, sobre el dragón de la leyenda.

Miré la tabla colocada a mi derecha, que correspondería a la izquierda del conjunto. Tal como decía Oriol, estaba dividida en dos cuadros, en el inferior, un guerrero, de pie sobre un bicho con forma de sabandija y no mayor que el pellejo de un perro, vestía mallas bajo una túnica corta, capa, casco, corona de santidad, y sujetaba una lanza.