– Tú también has crecido, marimandona -eso era un golpe bajo, me dije. Con ese apodo no muy halagüeño me distinguía Luis y no estaba bien que él lo hiciera-. Tenías unas tetitas de nada y mira qué hermoso promontorio luces ahora. Si no tienen trampa, claro.
– No tienen trampa -me apresuré a aclarar.
No esperaba ese tipo de respuesta. Él hizo otra pausa, como evaluándome. De no tener una buena opinión de mí misma, estaría muy, pero que muy incómoda. Pensé que lo hacía aposta, que por alguna razón me quería castigar.
– Y tu trasero. ¡Qué bonitas redondeces!
– ¿Insinúas que lo tengo gordo?
– No, yo diría que es casi perfecto. Las sillas se deben de poner muy contentas cuando se lo depositas encima.
– ¡Qué gracioso! -repuse. Él me miraba divertido, descarado. «No», me dije, «no puede ser homosexual como pretende Luis. Ni el capón que yo me figuraba ayer noche. Pero quién sabe, igual disimula, lo es, y por eso usa ese lenguaje entre soez y cáustico, para desanimarme y mantenerme alejada». Quizá me había mostrado demasiado atrevida.
– Estás muy guapa -concluyó.
– Gracias. Te ha costado decirlo. Aunque no has aprendido demasiado desde ayer noche -y luego de mirarnos con una sonrisa volvimos al desayuno. A pesar de lo poco refinado de los elogios de Oriol y de su agresividad solapada, me sentía feliz y saboreaba el instante. Pero de repente, como en un arrebato, me vino eso que había guardado por tanto tiempo.
– ¿Por qué jamás me escribiste? -le reproché de pronto-. ¿Por qué nunca contestaste mis cartas?
Se quedó mirándome serio. Como si no supiera de lo que le estaba hablando.
– Tú y yo nos decíamos novios. ¿No te acuerdas? Quedamos en que nos escribiríamos -notaba que me salía de dentro una decepción, un dolorcillo, un resentimiento antiguo-. Mentiste.
Continuaba mirándome con sus ojos azules abriéndose con asombro.
– No, no es verdad -dijo al fin.
– Sí, ¡sí lo es! -afirmé yo. Estaba indignada. ¡Cómo podía decir eso! ¡Sería desgraciado! Me esforcé para evitar que se me humedecieran los ojos.
– No. No es verdad -repitió.
– ¿Cómo puedes negarlo? -hice una pausa para respirar hondo-. Niega que nos besamos en aquella tormenta del último verano en la Costa Brava. Y que luego volvimos a hacerlo a escondidas. Aquí mismo, en este jardín; bajo aquel árbol -y me callé. Estaba furiosa y triste. Oriol pretendía robarme el mejor de mis recuerdos de la adolescencia. Estuve a punto de decirle: «Si eres gay y te arrepientes de aquello, dímelo ya. Pero no me mientas». Me sentía muy dolida. Ese sinvergüenza no había contestado mis cartas y ahora se hacía el ignorante-. Niégalo si tienes tripas para hacerlo -insistí. Por un instante iba a decir cojones en lugar de tripas, pero al final me pude controlar y usé lo más cercano que me vino a la cabeza. La traducción en versión suave de la expresión americana.
– Claro que me acuerdo. Nos besábamos y éramos novios. O al menos eso decíamos. Y prometimos escribirnos -estaba serio-. Pero yo no recibí carta alguna tuya y las que yo te envié jamás encontraron respuesta.
Me quedé mirándolo boquiabierta.
– ¿Me escribiste?
Pero en aquel momento apareció Luis, sonriente, y le odié por interrumpir. Cuando alguien tiene la habilidad de fastidiar la usa hasta sin saberlo.
Empezó a charlotear y yo me quedé dudando si Oriol me mentía al decir que escribió.
En la comida hablamos sin recatos sobre el testamento, sobre el tesoro, Alicia nos alentaba a ello. Parecía tan entusiasmada o más que nosotros. Quedó claro desde el primer momento que sería difícil excluirla. No me había dado cuenta, al aceptar su invitación, de que éste era el precio a pagar… O al menos parte de él. Y nosotros estábamos demasiado excitados para callarnos o hablar de otra cosa. Tampoco se moderó Luis, a pesar de las advertencias sobre la madre de Oriol que él mismo me había hecho. Me dio la impresión de que Alicia lo tenía todo planeado. Que sabía lo del tesoro antes que nosotros, que conocía cosas que aún ignorábamos. No hablaba demasiado, escuchaba para formular la pregunta pertinente y después ponderar la respuesta observándonos con atención. El recuerdo de su trance contemplando mi anillo, de sus referencias alquímicas me inquietaba. ¿Qué era lo que esa mujer sabía y callaba?
VEINTE
No recordaba la avenida de la catedral así de ancha, ni aquel espacio entre edificios tan amplio y despejado. Las imágenes que yo retenía eran de cuando acudíamos a la feria de Navidad para comprar lo necesario para el belén y el árbol. Hacía frío y vestíamos abrigos, la noche caía rápida y todos los puestecillos estaban repletos de luz, algunos con sartas de bombillitas de colores que se iluminaban en intermitencia. Siempre sonaban de fondo lo de Al vinticinq de decembre, fum, fum, fum, y otras nadalas cantadas por voces eternamente infantiles. Era un mundo de ilusión, de historia sagrada convertida en cuento de niños, de figuritas de barro cocido, musgo y corcho. Días mágicos que precedían a la noche donde El Tió cagaba golosinas y Papá Noel y los Reyes Magos competían en traer los mejores juguetes. Los olores a musgo húmedo, abeto, eucalipto y muérdago colmaban nuestro olfato. El recuerdo de aquellos paisajes de diminutos pastores con sus rebaños, ángeles, caganés, casas, montes, ríos, árboles, puentes… todo pequeño e inocente, es algo extraordinario que aún conservo como uno de los tesoros de mi infancia. Y Enric. Enric disfrutaba de aquello como uno más de nosotros y la mayor parte de mis memorias de aquellas visitas legendarias a la feria era con él. Siempre se ofrecía voluntario a llevarnos. Su tienda estaba muy cercana a la catedral y no aceptaba excusas; así que íbamos él, mi madre, la de Luis y nosotros tres, y después nos invitaba a merendar una taza de chocolate en una de las granjas de la calle Petrichol.
– ¿Te acuerdas cuando veníamos a la feria de Navidad? -le pregunté a Luis.
– ¿Qué? -repuso sorprendido. Él estaría pensando en tesoros de oro y piedras preciosas y yo en recuerdos atesorados. Era media mañana cuando Luis estacionó en un subterráneo cercano a la catedral. Habíamos acordado con Oriol que nosotros iríamos a Del Grial, mientras que él se encargaría, a través de unos amigos restauradores, de someter las tablas a rayos X.
– Que si recuerdas cuando veníamos aquí a comprar figuritas y musgo para nuestro belén -repetí.
– Ah, sí. Claro que sí -sonrió-. Lo pasábamos en grande. La feria continúa instalándose en las Navidades, pero ahora toda esta zona es peatonal.
Cruzamos la avenida mientras yo redescubría la soberbia fachada, llena de filigranas talladas en piedra, de la catedral.
– Quiero entrar -dije.
El día anterior, recordando la librería, Alicia afirmó que aún funcionaba, y yo no sentía prisa alguna. Estaba expectante por lo que pudiera ocurrir allí y al mismo tiempo inquieta, temerosa de que no pasara nada y que aquel cuento, aquel bonito juego del tesoro se terminara de pronto escurriéndose de entre los dedos, quedándose en nada, como cuando de pequeña apretaba un puñado de arena fina en la playa. Así que, como niño reservando el placer de la golosina por el placer de posponer su disfrute, quise retrasar unos instantes nuestra llegada.