—Te recordaré eso cuando nos estén rajando la garganta —dijo Antoinette.
Clavain arqueó una ceja.
—¿Es eso lo que hacen?
—En realidad, eso se encuentra en el extremo agradablemente humanitario de su espectro.
Los siguientes veinte minutos se contaron entre los más tensos que Clavain podía recordar. Comprendía cómo se debían de sentir sus anfitriones, y simpatizaba con su deseo de disparar contra el enemigo. Pero hubiese sido un suicidio. Las armas de haces no tenían la potencia suficiente para garantizar la destrucción del oponente, y las de proyectiles eran demasiado lentas como para ser de alguna eficacia, salvo a muy corta distancia. Como mucho, podrían lograr derribar a un banshee, pero no a los dos a la vez. Al mismo tiempo, Clavain se preguntaba por qué los banshees no habían tomado en consideración el disparo de advertencia. Antoinette les había dado indicios sobrados de que robar su hipotética carga no sería fácil. Clavain había supuesto que decidirían reducir pérdidas y pasar a una víctima menos ágil y peor armada. Pero según Antoinette, ya era raro que los banshees hicieran incursiones tan en el interior de la zona.
Cuando la distancia bajó de los cien kilómetros, las dos naves se ralentizaron y se separaron. Una de ellas dio la vuelta hasta el otro hemisferio antes de retomar su aproximación. Clavain estudió la captura visual ampliada de la nave más próxima. La imagen era borrosa (la óptica del Ave de Tormenta no era de categoría militar), pero bastó para despejar cualquier duda que pudieran albergar sobre la identidad de la nave. La captura mostraba una nave civil de cintura de avispa, un poco más pequeña que el Ave de Tormenta. Pero era totalmente negra e iba tachonada de garfios y armas soldadas. Unas quebradas marcas de neón en el casco recordaban a calaveras y dientes de tiburón.
—¿De dónde vienen? —preguntó Clavain.
—Nadie lo sabe —dijo Xavier—. De algún sitio de la región de Yellowstone y el Cinturón Oxidado, pero, aparte de eso…, nadie tiene una maldita pista.
—¿Y las autoridades lo toleran?
—Las autoridades no pueden hacer una mierda al respecto. Ni los demarquistas ni la Convención de Ferrisville. Por eso todo el mundo se caga en los pantalones al ver a los banshees. —Xavier le guiñó un ojo—. Ya te digo, incluso si vosotros os hacéis con el poder, no va a ser ningún paseo. No mientras los banshees sigan por aquí.
—Por suerte, casi seguro que no será problema mío —dijo Clavain.
Las dos naves se aproximaron lentamente para cercar al Ave de Tormenta por ambos lados. La vista óptica se aclaró, lo que permitió a Clavain detectar puntos fuertes y débiles, y hacer unas cuantas suposiciones sobre la capacidad armamentística de las naves hostiles. Los posibles escenarios pasaban por su mente a decenas. A sesenta kilómetros asintió y habló con frialdad y calma.
—Muy bien, escuchadme con atención. Con este alcance tenéis la posibilidad de hacerles daño, pero solo si me escucháis y hacéis exactamente lo que yo diga.
—Creo que no deberíamos hacerle caso —intervino Xavier.
Clavain se pasó la lengua por los labios.
—Podéis, pero entonces moriréis. Antoinette, quiero que configures el siguiente patrón de disparo en modo preprogramado, sin mover en realidad ninguna de las armas hasta que te lo indique. Podéis apostar a que los banshees nos tienen en sus pantallas y estarán observando lo que sucede.
Antoinette lo miró y asintió, con las manos dispuestas sobre los controles.
—Adelante, Clavain.
—Golpea la nave de estribor con un pulso excímero de dos segundos, todo lo cerca que puedas de la mitad del casco. Allí hay un cúmulo de sensores, y queremos dejarlo fuera de combate. Al mismo tiempo utiliza el cañón de postas de disparo rápido para lanzar una ráfaga sobre la nave de babor, digamos una salva de un megahercio mantenida durante cien milisegundos. Eso no los matará, pero no se librarán de que dañemos esa plataforma de lanzamiento y probablemente los garfios acaben doblados. En cualquier caso provocará una respuesta, y eso es bueno.
—¿Lo es? —Antoinette ya estaba programando el patrón de fuego en el teclado.
—Claro. ¿Ves cómo mantiene el casco en ese ángulo? Por el momento está conservando una postura defensiva, debido a que sus armas principales son delicadas. Ahora que están desplegadas, no quiere situarlas en nuestro campo de fuego hasta que pueda garantizar un impacto. Y cree que atacaremos primero con nuestros juguetes más bestias.
Antoinette se iluminó.
—Lo que no habremos hecho.
—En efecto. Entonces es cuando atacamos a ambas naves con el Breitenbach.
—¿Y el gráser de un solo uso?
—Mantenlo en reserva. Es nuestra baza ganadora a medio alcance y no queremos jugarla hasta que corramos mucho mas peligro que ahora.
—¿Y la ametralladora de repetición?
—La guardaremos para los postres.
—Espero que no estés tomándonos el pelo, Clavain —le advirtió Antoinette.
Él sonrió.
—Yo también lo espero sinceramente.
Las dos naves prosiguieron su aproximación. Ahora ya resultaban visibles a través de las ventanillas de la cabina: puntos negros que, de vez en cuando, destellaban con espigas blancas o violáceas provenientes de los propulsores de dirección. Los puntos se agrandaron y pasaron a ser monedas. Las monedas adquirieron una forma mecánica rígida, hasta que Clavain pudo distinguir claramente el diagrama de neón de las naves piratas. Solo habían encendido las insignias durante su acercamiento final. A partir de ese momento, la necesidad de reducir velocidad mediante llamaradas de propulsión extinguía toda posibilidad de permanecer camuflados contra la oscuridad del espacio. Las marcas estaban allí para inspirar miedo y pánico, como la bandera pirata de los viejos barcos que navegaban por el mar.
—Clavain…
—En unos cuarenta y cinco segundos, Antoinette. Pero ni un instante antes, ¿lo entiendes?
—Estoy preocupada, Clavain.
—Es natural. Pero eso no significa que vayas a morir.
Fue entonces cuando notó que la nave volvía a temblar. Fue casi la misma agitación que la vez anterior, cuando el cañón de fase de espuma había hecho fuego con un disparo de advertencia, solo que en esta ocasión fue más sostenido.
—¿Qué acaba de suceder? —preguntó Clavain.
Antoinette frunció el ceño.
—Yo no…
—¿Xavier? —restalló Clavain.
—Yo no he sido, chico. Debe de haber sido la…
—¡Bestia! —gritó Antoinette.
—Le ruego que me perdone, señorita, pero uno…
Clavain comprendió que la nave había tomado por sí misma la decisión de disparar el cañón de postas a un megahercio. Lo había apuntado contra el banshee de babor, como él había especificado, pero con demasiada antelación.
El Ave de Tormenta volvió a sacudirse. El puente de vuelo se encendió con bloques de destellos rojos. Un claxon comenzó a chillar. Clavain notó un golpe de aire y de inmediato oyó el rápido cierre secuencial de los mamparos.
—Acabamos de recibir un impacto —dijo Antoinette—. En mitad de la nave.
—Tenéis un grave problema —respondió Clavain.
—Gracias, ya me he dado cuenta de eso.
—Golpea al banshee de estribor con el ex…
El Ave de Tormenta se zarandeó de nuevo, y en esta ocasión la mitad de las luces de la consola se apagaron. Clavain supuso que uno de los piratas acababa de alcanzarlos con una posta penetrante equipada con una ojiva de pulso electromagnético. Una lástima, por muy orgullosa que se sintiera Antoinette, que todos los sistemas críticos estuviesen encaminados a través de enlaces optoelectrónicos…
—Clavain… —La chica lo miró con ojos salvajes y asustados—. No logro que funcionen los excímeros…