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—Nos las estamos viendo con maquinaria alienígena, Thorn. Con una psicología mecánica alienígena, si lo prefieres así. Es cierto que todavía no nos han atacado, ni han mostrado el menor interés por nuestras actividades. Ni siquiera se han molestado en arrasar la vida de la superficie de Resurgam. Pero eso no significa que no exista un límite que podemos traspasar inadvertidamente si no vamos con sumo cuidado.

—¿Y crees que esto podría constituir una acción poco cuidadosa?

—Me preocupa, pero si es lo que hace falta para…

—Esto involucra más que simplemente convencerme, inquisidora.

—¿Tienes que seguir llamándome así?

—Lo siento.

Vuilleumier hizo unos ajustes en los controles. Thorn oyó un crujido orquestado cuando el casco de la nave cambió de forma para una óptima inserción transatmosférica. Prácticamente todo lo que podían ver del exterior era el gigantesco Roc.

—No tienes por qué dirigirte a mí siempre de ese modo.

—¿Vuilleumier, entonces?

—Mi nombre de pila es Ana. Me siento mucho más cómoda con él, Thorn. Tal vez yo tampoco deba llamarte Thorn.

—Thorn servirá. Es un nombre al que ya me he acostumbrado, me da la impresión de que encaja bien conmigo. Y no me gustaría ayudar en exceso a la Casa Inquisitorial en sus investigaciones, ¿no te parece?

—Sabemos exactamente quién eres. Ya has visto el dossier.

—Sí. Pero tengo la clara impresión de que estás muy poco dispuesta a usarlo en mi contra, ¿no es así?

—Nos eres de utilidad.

—No me refería en absoluto a eso.

Durante varios minutos, prosiguieron su descenso hacia Roc sin hablar. Solo un chirrido ocasional o una advertencia verbal de la consola interrumpía el silencio. La nave no mostraba ningún entusiasmo por lo que le pedían, y no dejó de ofrecer sugerencias sobre lo que sería mejor hacer.

—Creo que para ellos somos como insectos —dijo por fin Vuilleumier—. Han venido hasta aquí para aniquilarnos, como especialistas en control de plagas. No van a molestarse en matarnos a uno o dos; saben que no supondrá ninguna diferencia y que no merece la pena inquietarse. Incluso si los incomodamos, no estoy convencida de que provocásemos la respuesta que estamos esperando. Se limitarán a seguir haciendo su trabajo, de manera lenta y metódica, a sabiendas de que a la larga será más que suficiente.

—Entonces por ahora estamos a salvo, ¿no es eso?

—Es solo una teoría, Thorn, no me siento muy inclinada a apostar mi vida a que es acertada. Pero está claro que no comprendemos todo lo que están haciendo. Tiene que existir un objetivo superior para toda esta actividad. Ha de haber una razón, no puede tratarse solo de aniquilar la vida porque sí. Y aunque así fuera, aunque no se tratara más que de máquinas de matar carentes de inteligencia, habría maneras más eficientes de conseguirlo.

—Entonces, ¿qué crees tú?

—Solo que no deberíamos contar con que nuestra interpretación de los datos sea la correcta, del mismo modo que un insecto no comprende los programas de control de plagas. —Tras decir eso, apretó los dientes y pulsó con la mano un mando—. Muy bien, agárrate. Aquí es donde empiezan los baches.

Un par de párpados acorazados descendieron sobre las ventanillas, tapando la visión. Casi de inmediato, Thorn notó que la nave retumbaba del modo que hacían los coches cuando dejaban una carretera suave y llegaban a la tierra. Y él tenía peso. Era una débil presión que lo empujaba contra el asiento, pero no dejaría de crecer y crecer.

—¿Quién eres en realidad, Ana?

—Ya sabes quién soy. Ya hemos hablado de eso.

—Pero no a mi entera satisfacción. Pasa algo curioso con esa nave, ¿no es verdad? No puedo señalar qué exactamente, pero en todo el tiempo que he estado a bordo, he tenido la sensación de que la otra mujer, Irina, y tú estabais conteniendo la respiración. Era como si no vierais el momento de sacarme de allí.

—Tienes mucho trabajo que hacer en Resurgam, y cuanto antes empieces, mejor. Para empezar, Irina no estaba de acuerdo con que subieras a bordo. Hubiese preferido que te quedaras en el planeta, preparando la fase preliminar de la operación de evacuación.

—Unos pocos días no supondrán gran diferencia. No, decididamente no es eso. Había algo más. Estabais escondiendo algo, o confiabais en que no me fijara en algo. No puedo deducir qué era con exactitud.

—Tienes que confiar en nosotras, Thorn.

—Me lo ponéis difícil, Ana.

—¿Qué más podemos hacer? Te hemos enseñado la nave, ¿no es cierto? Has visto que existe de verdad. Tiene la capacidad suficiente para evacuar el planeta. Hasta te hemos enseñado el hangar de lanzaderas.

—Sí —dijo él—. Pero lo que me hace dudar es todo lo que no me habéis enseñado.

El ruido sordo había aumentado. Era como si la nave se deslizara por un tobogán en una pendiente helada y golpeara de tanto en tanto con una piedra enterrada. El casco crujió y se reconfiguró una y otra vez, esforzándose por suavizar la transición. Thorn se sintió emocionado y asustado al mismo tiempo. Hasta entonces, solo había entrado en la atmósfera de un planeta en una ocasión, cuando sus padres lo trajeron de niño a Resurgam. En aquella ocasión estaba congelado e inconsciente, y no conservaba más recuerdos de aquello que de su nacimiento en Ciudad Abismo.

—No te lo hemos mostrado todo porque no podemos garantizar que la nave sea segura —dijo Vuilleumier—. No sabemos qué clase de trampas pudo dejar Volyova.

—Pero si ni siquiera me habéis dejado verla desde el exterior, Ana.

—No resultaba conveniente. Nuestra aproximación…

—No guarda ninguna relación con eso. Algo sucede con esa nave que no podéis permitir que vea, ¿no es eso?

—¿Por qué me lo preguntas ahora, Thorn?

Él sonrió.

—He pensado que la gravedad de la situación te ayudaría a concentrarte.

Vuilleumier no respondió.

En ese momento, el desplazamiento se suavizó. El armazón crujió y cambió de forma una última vez. Vuilleumier esperó unos minutos más y después alzó los párpados acorazados. Thorn guiñó los ojos para protegerse de la repentina intrusión de luz diurna. Estaban dentro de la atmósfera de Roc.

—¿Cómo te sientes? —preguntó ella—. Nuestro peso se ha duplicado respecto al que teníamos al subir a la nave.

—Lo soportaré. —Se encontraba bien, siempre que no tuviera que desplazarse—. ¿A qué profundidad nos has traído?

—No mucha. La presión es aproximadamente de media atmósfera. Espera… —En ese momento frunció el ceño ante algo que aparecía en una de las pantallas, y tecleó en los controles inferiores para que la imagen se desplazara a través de las bandas de color pastel. Thorn vio una silueta simplificada de la nave en la que se encontraban, rodeada de círculos concéntricos crecientes. Sospechó que se trataba de algún tipo de radar, y él también se fijó en una pequeña mancha de luz que parpadeaba y desaparecía en el límite del indicador. Ana pulsó otro control y los círculos concéntricos se ampliaron, con lo que la mancha quedó más cerca. Estaba ahí… desaparecía… volvía a estar.

—¿Qué es eso? —preguntó Thorn.

—No lo sé. El radar pasivo indica que hay algo siguiéndonos, a unos treinta mil kilómetros a popa. No vi nada durante la aproximación. Es pequeño y no parece que se acerque, pero no me gusta.

—¿Podría ser un error, un fallo que esté cometiendo la nave?

—No estoy segura. Supongo que el radar podría confundirse y obtener un falso eco del vórtice de nuestra estela. Podríamos pasar a un barrido activo centrado en esa zona, pero bajo ningún concepto quiero provocar una respuesta si no es necesario. Sugiero que nos alejemos de aquí mientras podamos. Soy una firme creyente en lo importante que es hacer caso de las advertencias.