—Bestia… —dijo.
—¿Sí, señorita?
—Estoy abajo, en la bodega.
—Uno es incómodamente consciente de ello, señorita.
—Me gustaría que nos pasaras a subsónica. Avísame cuando estemos, ¿te importa?
Estaba dispuesta a enfrentarse a su previsible protesta, pero no hubo ninguna. Notó que la nave cabeceaba y su oído interno se esforzó por diferenciar entre deceleración y descenso. En realidad, el Ave de Tormenta no volaba; su forma generaba muy poca sustentación aerodinámica, así que se veía obligado a mantener la altura redirigiendo hacia abajo los impulsores. La bodega, que estaba al vacío, había proporcionado hasta entonces cierta flotabilidad, pero el plan no incluía sumergirse con la bodega despresurizada.
A Antoinette no se le iba de la cabeza la idea de que a esas alturas ya debería estar muerta. La capitana demarquista tendría que haberla hecho pedazos, y la nave araña que los perseguía debería haber atacado antes de que tuvieran tiempo de zambullirse en la atmósfera. Solo la inmersión ya debería haberla matado; no había sido la inserción suave y controlada que había planeado, sino más bien una carrera a campo traviesa por meterse bajo las nubes cuanto antes, aprovechando el vórtice que ya había abierto la nave demarquista. En cuanto recuperaron el nivel de vuelo había pedido una evaluación de daños, y las noticias no eran buenas. Si lograba regresar al Cinturón Oxidado (y la cosa no estaba nada clara; al fin y al cabo las arañas seguían ahí fuera), Xavier iba a estar muy, muy ocupado durante los siguientes meses.
Bueno, al menos eso evitara que se meta en líos.
—Estamos en subsónica, señorita —informó Bestia.
—Bien. —Por tercera vez, Antoinette se aseguró de estar atada al enrejado con tanta firmeza como el ataúd, y después volvió a comprobar la configuración de su traje—. Abre el portón número uno de la bodega, por favor.
—Un momento, señorita.
Al extremo del entramado cobró forma una brillante rendija de luz. Antoinette entrecerró los ojos para poder mirarla, y a continuación se bajó con la mano la visera de reflejos verde botella del traje.
La grieta luminosa se agrandó y entonces la fuerza del aire que entraba la golpeó y la aplastó contra el puntal de la retícula. El viento colmó la cámara en pocos segundos, rugiendo y arremolinándose a su alrededor. Los sensores del traje lo analizaron de inmediato y la previnieron seriamente para que no se quitara el casco. La presión de aire había superado una atmósfera, pero estaba tan frío que le haría añicos los pulmones, además de ser tóxico en grado letal.
Una atmósfera de venenos asfixiantes y enormes gradientes de temperatura es el precio que uno paga, reflexionó Antoinette, por ver unos colores tan exquisitos desde el espacio.
—Llévanos veinte kilómetros más abajo —dijo.
—¿Está segura, señorita?
—Que sí, joder.
El suelo se inclinó y Antoinette aguardó mientras el barómetro del traje marcaba los incrementos en presión atmosférica. Dos atmósferas, tres. Cuatro atmósferas y aumentando. Confiaba en que el resto del Ave de Tormenta, que ahora estaba bajo una presión negativa, no se plegara sobre ella como una bolsa de papel húmeda.
Pase lo que pase, pensó Antoinette, probablemente ya haya prescrito la garantía de la nave…
Cuando hubo recuperado la confianza, o más bien cuando su pulso se relajó hasta algo parecido a un ritmo normal, comenzó a avanzar centímetro a centímetro hacia el portón abierto, arrastrando consigo el ataúd. Fue un proceso laborioso, ya que se veía obligada a asegurar y soltar las amarras de la arqueta cada par de metros. Pero lo último que sentía era impaciencia.
Al mirar al frente, aprovechando que sus ojos ya se habían adaptado, descubrió que la luz tenía un tono gris nublado. Poco a poco se fue apagando y adquirió un tinte de hierro o de bronce oscuro. Épsilon Eridani no era una estrella demasiado brillante, y gran parte de su luz quedaba ahora filtrada por las capas atmosféricas que se situaban por encima de ellos. Si seguían sumergiéndose, todo sería cada vez más oscuro, hasta estar como en el fondo del océano.
Pero eso era lo que había querido su padre.
—De acuerdo, Bestia, mantenlo estabilizado. Estoy a punto de encargarme de lo que hemos venido a hacer.
—Tenga cuidado ahora, señorita.
Había portones de acceso a la bodega de carga distribuidos por todo el Ave de Tormenta, pero el que habían abierto se encontraba en la panza de la nave y apuntaba en sentido contrario a la dirección de vuelo. Antoinette ya había alcanzado el borde y la puntera de sus botas asomaba un par de centímetros sobre el vacío. Se sentía precaria, aunque seguía bien anclada. No podía mirar hacia lo alto; la oscura cara inferior del casco, que se curvaba suavemente hacia la cola, se lo impedía. Pero a ambos lados y hacia abajo, nada obstaculizaba su visión.
—Tenías razón, papá —musitó, con tanta delicadeza que confió en que Bestia no captara sus palabras—. Es un lugar realmente asombroso. Debo reconocer que hiciste una buena elección.
—¿Señorita?
—Nada, Bestia.
Comenzó a soltar las amarras del ataúd. La nave dio bandazos y sacudidas un par de veces, provocando que se le retorciera el estómago y que la arqueta golpeara contra los palos del entramado, pero, en general, Bestia estaba haciendo un excelente trabajo manteniendo la altitud. La velocidad era ahora considerablemente subsónica respecto a la corriente de aire en la que se encontraban, así que Bestia hacía poco más que sostenerse en el aire, pero eso era bueno. La ferocidad del viento había amainado, salvo por el ocasional turbión, como ella había confiado.
El ataúd estaba ya casi suelto, listo para ser arrojado por el borde. Su padre parecía un hombre que echara la siesta. Los embalsamadores habían realizado un trabajo estupendo, y el titubeante mecanismo de refrigeración de la arqueta había hecho el resto. Era imposible creer que su padre llevaba muerto un mes.
—Bueno, papá —dijo Antoinette—, supongo que esto ha sido todo. Lo hemos logrado. Me parece que no hace falta decir mucho más.
La nave le hizo el honor de no comentar nada.
—Aún no sé si realmente estoy haciendo lo correcto —prosiguió Antoinette—. Es decir, sé que esto es lo que una vez dijiste que querías, pero… —Déjalo, dijo para sí. No vuelvas de nuevo sobre eso.
—¿Señorita?
—¿Sí?
—Uno aconsejaría con toda seriedad que no nos llevara mucho más tiempo.
Antoinette recordó la etiqueta de la botella de cerveza. No la llevaba consigo en ese momento, pero no había detalle en ella que no pudiera traer de inmediato a la mente. El brillo de las tintas doradas y plateadas se había desvanecido un poco desde el día en que ella misma la había soltado amorosamente de la botella, pero en su imaginación aún brillaban con un lustre fabuloso y misterioso. Era un objeto barato y fabricado a millones, pero en sus manos y en su corazón la etiqueta había adquirido la importancia de un icono religioso. Cuando arrancó la etiqueta era mucho más joven, solo tenía doce o trece años y su padre, con la euforia de un transporte lucrativo, la había llevado a uno de esos antros de alcohol que a veces frecuentaban los mercaderes. Aunque la experiencia de Antoinette en tales temas era limitada, le había parecido una buena noche, con muchas carcajadas y muchas historias que se contaban los unos a los otros. Entonces, en algún momento cerca del final de la velada, la conversación había girado en torno a los diversos modos de encargarse de los restos mortales de los viajeros espaciales, ya fuera por tradición o por preferencias personales. Su padre había guardado silencio durante la mayor parte de la discusión, y sonreía para sus adentros mientras la charla vagaba de lo serio a lo profano y vuelta a empezar, riéndose de los chistes y los insultos. Entonces, para gran sorpresa de Antoinette, había declarado su propia elección, que consistía en ser enterrado en la atmósfera de un planeta gigante gaseoso. En cualquier otro momento, Antoinette hubiese supuesto que se burlaba de las propuestas de sus camaradas, pero había algo en su tono que le indicó que hablaba totalmente en serio y que, aunque nunca antes había mencionado el tema, no era algo que acabara de sacarse de la manga. Y por ese motivo, ella había hecho en su interior un pequeño voto privado. Había sacado la etiqueta de una botella como recordatorio, jurando que si su padre moría algún día y ella estaba en posición de hacer algo al respecto, no olvidaría su deseo.