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Clavain imaginó que debería sentirse molesto por el esfuerzo adicional que se requería ahora. Pero en muchos sentidos, encontraba que la acción de ponerse el traje (ataviarse marcialmente con las placas de la armadura, comprobar de forma rigurosa los subsistemas críticos, abrocharse las armas y los sensores) resultaba extrañamente tranquilizadora. Tal vez se debiera a que la naturaleza ritual del ejercicio se manifestaba como una serie de gestos supersticiosos contra la mala suerte. O quizá porque le recordaba a cómo eran las cosas durante su juventud.

Salió de la cámara estanca y se impulsó con las piernas hacia la nave enemiga. La embarcación, con forma de garra o de zarpa, brillaba sobre el oscuro limbo del gigante gaseoso. Estaba dañada, desde luego, pero no brotaban gases que sugirieran una pérdida de integridad del casco. Cabía la posibilidad de que todavía sobreviviera alguien. Aunque los escáneres de infrarrojos no habían sido concluyentes, los dispositivos de láser habían detectado ligeros movimientos de la nave a un lado y a otro. Podía existir toda clase de explicaciones para un meneo como ese, pero la más evidente era la presencia de al menos una persona que todavía se movía por el interior y tocaba el casco de vez en cuando. Sin embargo, los escarabajos no habían encontrado ningún superviviente, y tampoco su equipo de barrido.

Algo atrapó su mirada: un filamento de color verde claro, un relámpago contorsionado en el oscuro creciente del gigante gaseoso. Apenas había pensado en el carguero desde la reaparición de la nave demarquista, pero lo cierto era que la embarcación de Antoinette Bax no había vuelto a emerger de la atmósfera. Con toda seguridad estaba muerta, de cualquiera de los varios miles de maneras en las que era posible morir en una atmósfera. Clavain no tenía ni idea de lo que había estado haciendo allí, y dudaba que fuese algo que él hubiera aprobado. Pero estaba sola, ¿verdad?, y ese no era modo de morir en el espacio. Clavain recordó cómo había ignorado la advertencia de la capitana, y cayó en la cuenta de que la admiraba por ello. Fuese lo que fuese, no se podía negar que se había comportado con valentía.

Con un ruido sordo, entró en contacto con la nave enemiga. Absorbió el impacto flexionando las rodillas, se puso en pie y sus suelas se adhirieron al casco. Mientras alzaba una mano frente a su visera para reducir el brillo del sol, se giró para contemplar la Sombra Nocturna y disfrutar de la poco frecuente oportunidad de observar su nave desde fuera. La Sombra Nocturna era tan oscura que al principio tuvo problemas para discernirla. Entonces sus implantes lo rodearon de un recuadro verde parpadeante y anotaron la escala y la distancia con dígitos y gradientes de gris. La nave era una abrazadora lumínica con capacidad interestelar. Su esbelto casco se estrechaba hasta formar una proa afilada como una aguja, una forma pensada para mejorar al máximo la eficacia del viaje en las cercanías de la velocidad de la luz. Adosados cerca del punto de máximo grosor del casco, justo antes de que este volviera a reducirse a una cola roma, había un par de motores que surgían del casco mediante delicadas barras. Eran lo que las demás facciones humanas llamaban motores combinados, por el simple motivo de que los combinados poseían el monopolio sobre su construcción y distribución. Durante siglos, los combinados habían permitido que los demarquistas, los ultras y otras facciones de viajeros interestelares usaran esa tecnología, aunque jamás les habían dado pistas sobre los misteriosos procesos físicos que permitían que esos motores, no manipulables, funcionaran.

Pero todo eso había cambiado un siglo atrás. Prácticamente de la noche a la mañana, los combinados habían detenido la producción de sus motores. No se dio ninguna explicación ni hubo promesa alguna de retomar algún día la producción. A partir de ese momento, los motores combinados ya existentes habían adquirido un asombroso valor y se habían cometido terribles actos de piratería para hacerse con ellos. Ciertamente, aquello había sido una de las causas de la actual guerra.

Clavain conocía los rumores de que los combinados habían seguido construyendo motores para su propio uso. También sabía, hasta el punto en que podía estar seguro de algo, que los rumores eran falsos. El edicto para cesar la producción había sido inmediato y universal. Y de hecho se había producido una fuerte reducción en el uso de las naves existentes, incluso dentro de su propia facción. Pero lo que ignoraba era el motivo por el que se había promulgado ese edicto. Suponía que se había originado en el Consejo Cerrado, pero aparte de eso no tenía ni idea de por qué se había considerado necesario.

Y ahora el Consejo Cerrado construía la Sombra Nocturna. A Clavain se le había encomendado el prototipo en su misión inaugural, pero el Consejo Cerrado le había revelado muy poco de sus secretos. Era evidente que Remontoire y Skade sabían más que él, y estaba dispuesto a apostar a que Skade sabía más que Remontoire. Skade se había pasado la mayor parte del viaje escondida en alguna parte, presumiblemente ocupada con un hardware militar ultrasecreto. Los esfuerzos de Clavain por descubrir qué se traía entre manos no habían dado ningún fruto.

Y seguía sin tener ni idea de por qué el Consejo Cerrado había autorizado la construcción de una nueva nave estelar. Con la guerra tan avanzada y frente a un enemigo que ya se batía en retirada, ¿qué sentido tenía? Era posible que si se unía al consejo no obtuviera todas las respuestas que buscaba (pues seguiría sin introducirse en el Sanctasanctórum), pero se acercaría mucho más que antes.

Casi sonaba tentador.

Disgustado por la facilidad con la que lo habían manipulado Skade y los demás, Clavain apartó la mirada y el recuadro desapareció. Se aproximó con cautela al punto de acceso.

Pronto se encontró dentro de los intestinos de la nave demarquista, y fue dejando atrás conductos y cámaras que normalmente no debían contener aire. Clavain pidió una actualización de inteligencia sobre el diseño de la nave e imaginó un leve cosquilleo mientras la información aparecía en su cabeza. Tuvo una sensación momentánea de inquietante familiaridad, como un episodio prolongado de déjà vu. Llegó a una cámara estanca y descubrió que apenas cabía con su pesado y torpe traje acorazado. Selló la escotilla tras de sí; el aire rugió, y a continuación la puerta interior le permitió acceder a la zona presurizada de la nave. La primera impresión fue de aplastante oscuridad, pero su casco pasó entonces al modo de alta sensibilidad y superpuso las imágenes de sonar e infrarrojos sobre su campo visual normal.

[Clavain].

Uno de los miembros del equipo de barrido lo esperaba. Clavain se giró hasta que su rostro quedó alineado con el de la mujer y se arrimó a la pared interior.

¿Qué habéis descubierto?

[No gran cosa. Todos muertos].

¿Hasta la última persona?

Los pensamientos de la mujer llegaron a su cabeza como balas: seguidos y precisos.

[Ha ocurrido hace poco. No hay signos de violencia, parece deliberado].