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O quizá importaba más que nada.

Clavain lo vio todo con una claridad repentina que lo dejó sin aliento: lo único que importaba era el aquí y el ahora. Lo único que importaba era la supervivencia. La inteligencia que se inclinaba y aceptaba su propia extinción (poco importaba cuáles fueran los argumentos a largo plazo, poco importaba lo buena que fuera la causa mayor) no era la clase de inteligencia que a él le interesaba conservar.

Y tampoco era la clase que a él le interesaba servir. Como todas las decisiones difíciles que había tenido que tomar, el corazón del problema era de una sencillez infanticlass="underline" podía ceder las armas y aceptar su complicidad en la inminente extinción de la humanidad, mientras sabía que había cumplido con su parte para defender el destino último de la vida inteligente. O podía coger las armas ahora (o tantas armas como pudiera poner las manos encima) y plantarse de algún modo contra la tiranía.

Quizá no tuviera sentido. Quizá solo fuera posponer lo inevitable. Pero si ese era el caso, ¿qué daño se hacía con probar?

[Clavain…].

Sintió una calma inmensa y ardiente. Todo estaba ya claro. Estaba a punto de decirle a Felka que había tomado una decisión, que iba a coger las armas y plantarse, y a la mierda con la historia futura. Era Nevil Clavain y no se había rendido en su vida.

Pero de repente hubo otra cosa que mereció su atención inmediata. La Luz del Zodíaco había sido alcanzada. La gran nave se estaba partiendo en dos.

39

—Hola, Clavain —dijo Ilia Volyova; su voz era un chirrido áspero, como de papel, que a él le costó entender—. Me alegro de verte por fin. Acércate más, ¿quieres?

Clavain se aproximó al lado de la cama, no muy dispuesto a creer que aquella fuese la triunviro. Parecía muy enferma, pero al mismo tiempo sintió que una profunda calma rodeaba a la mujer. Su expresión, por lo que él podía leer en ella, ya que tenía los ojos ocultos detrás de unos vacíos anteojos grises, hablaban de un logro callado, o del agotado júbilo que llegaba con la conclusión de un asunto difícil y prolongado.

—Me alegro de conocerte, Ilia —le dijo, y le estrechó la mano con tanta suavidad como pudo. Él sabía que la mujer ya estaba herida y que luego había vuelto al espacio, a la batalla. Sin protección, Volyova había recibido una dosis de radiación que no podían remediar ni siquiera las medichinas de amplio espectro.

Iba a morir, e iba a morir más pronto que tarde.

—Te pareces mucho a tu proxy, Clavain —le dijo su tono de voz áspero y suave—. Y también eres diferente. Tienes un aire de seriedad del que carecía la máquina. O quizá solo sea que ahora te conozco mejor como adversario. No estoy muy segura de que antes te respetara.

—¿Y ahora?

—Me has dado que pensar; eso, desde luego, no puedo negarlo.

Eran nueve los presentes. Al lado de la cama de Volyova estaba Khouri, la mujer que Clavain decidió que era la adjunta de la triunviro. Clavain, por su parte, venía acompañado de Felka, Escorpio, dos de los soldados cerdo de Escorpio, Antoinette Bax y Xavier Liu. El trasbordador de Clavain había atracado en la Nostalgia por el Infinito después de la declaración inmediata de alto el fuego, y el Ave de Tormenta lo había seguido poco después.

—¿Has considerado mi propuesta? —preguntó Clavain con delicadeza para romper el silencio.

—¿Tu propuesta? —dijo ella con un gruñido de desdén.

—Mi propuesta revisada, entonces. La que no implicaba tu rendición unilateral.

—No se puede decir que estés en posición de hacerle propuestas a nadie, Clavain. La última vez que miré, solo te quedaba media nave.

Tenía razón. Remontoire y la mayor parte de la tripulación que había quedado allí seguían vivos, pero el daño de la nave era grave. Era un pequeño milagro que los motores combinados no hubieran explotado.

—Con propuesta quise decir… sugerencias. Un acuerdo mutuo, algo que nos beneficie a ambos.

—Refréscame la memoria, ¿quieres, Clavain?

Este se volvió hacia Bax.

—Antoinette, preséntate, si eres tan amable.

La joven se acercó a la cama envuelta en parte de la misma agitación que había mostrado Clavain.

—Ilia…

—Soy la triunviro Volyova, jovencita. Al menos hasta que nos conozcamos mejor.

—Lo que quería decir es… Tengo una nave…, un mercancías…

Volyova le lanzó una mirada furiosa a Clavain. Él sabía a lo que se refería. La mujer era muy consciente de que no le quedaba mucho tiempo, y lo último que le hacía falta eran vacilaciones.

—Bax tiene un mercancías —dijo Clavain con tono urgente—. Ahora está amarrado con nosotros. Tiene una capacidad transatmosférica limitada, no la mejor, pero se las apaña.

—¿Y eso qué significa, Clavain?

—Significa que tiene grandes bodegas de carga presurizadas. Puede albergar pasajeros, una gran cantidad de pasajeros. No en medio de lo que llamaríamos lujo pero…

Volyova le hizo un gesto a Bax para que se acercase.

—¿Cuántos?

—Cuatro mil, con toda facilidad. Quizá incluso cinco. El trasto está pidiendo a gritos que lo utilicen como arca, triunviro.

Clavain asintió.

—Piensa en ello, Ilia. Sé que tienes en marcha un plan de evacuación. Antes pensaba que era una treta, pero ahora he visto las pruebas. Pero apenas has sacado a una mínima parte de la población.

—Hemos hecho lo que hemos podido —dijo Khouri con un rastro de tono defensivo.

Clavain levantó una mano.

—Lo sé. Dadas vuestras limitaciones, habéis hecho mucho por sacar a tantos de la superficie como habéis podido. Pero eso no significa que ahora no lo podamos hacer mucho mejor. El arma de los lobos, el mecanismo de los inhibidores, ya casi se ha abierto camino hasta el corazón de Delta Pavonis. No hay tiempo para ningún otro plan, así de simple. Con el A ve de Tormenta solo tenemos que hacer cincuenta viajes. Puede que menos, como dice Antoinette. Cuarenta, quizá. Ella tiene razón, es un arca. Y un arca muy rápida.

Volyova dejó escapar un suspiro tan antiguo como el tiempo.

—Ojalá fuera tan sencillo, Clavain.

—¿A qué te refieres?

—No nos estamos limitando a sacar unidades anónimas de la superficie de Resurgam. Lo que estamos trasladando son personas. Personas asustadas y desesperadas. —Los anteojos grises se ladearon levísimamente—. ¿No es cierto, Khouri?

—Tiene razón. Allí abajo es un desastre. La administración…

—Antes solo erais vosotras dos —dijo Clavain—. Teníais que trabajar con el Gobierno. Pero ahora tenemos un ejército y los medios para imponer nuestra voluntad. ¿No es cierto, Escorpio?