—¿No debería preguntar por qué me habéis despertado? —dijo.
—Ya hablaremos de eso más tarde —dijo Escorpio, que parecía ser el que estaba al cargo—. No hay ninguna prisa inmediata, Clavain.
—¿Pero he de suponer que hay una decisión que tomar?
Escorpio miró a uno de los otros líderes, la mujer que se llamaba Antoinette Bax. Tenía los ojos grandes y la nariz pecosa, y Clavain tenía la sensación de que había recuerdos de ella que todavía no había desenterrado. La mujer asintió, de forma casi imperceptible.
—No te habríamos despertado solo por las vistas —dijo Escorpio—. Son una mierda, incluso con las luces apagadas.
En algún lugar del corazón del inmenso navío había un lugar que parecía pertenecer a una parte muy diferente del universo. Era un claro, un lugar de hierba, árboles y cielos azules sintéticos. Había aves holográficas en el aire: loros, búceros y otros que saltaban de árbol en árbol como cometas de brillantes colores primarios, y había una cascada a lo lejos que parecía sospechosamente real, envuelta en una bruma arremolinada de un color azul talco, allí donde se vaciaba en un pequeño lago oscuro.
Felka escoltó a Clavain hasta un proscenio plano de hierba fresca y reluciente. La mujer llevaba un vestido largo y negro, sus pies perdidos bajo el vestido negro del dobladillo. No parecía importarle arrastrarlo por la hierba cubierta de rocío. Se sentaron uno enfrente del otro, descansando en los tocones de unos árboles cuyos remates alguien había pulido hasta que alcanzaron la suavidad de un espejo. Tenían el lugar para ellos solos, salvo por los pájaros.
Clavain miró a su alrededor. Ya se sentía mucho mejor y su memoria estaba casi entera, pero no recordaba este lugar en absoluto.
—¿Has creado tú esto, Felka?
—No —dijo ella con cautela—, pero, ¿por qué lo preguntas?
—Porque me recuerda un poco al bosque que había en el corazón del Nido Madre, supongo. Donde tú tenías tu taller. Salvo que esto tiene gravedad, claro, cosa que tu taller no tenía.
—Entonces sí que te acuerdas.
Clavain se rascó el rastrojo de la barbilla. Alguien le había afeitado la barba con todo cuidado cuando estaba dormido.
—Con cuentagotas. No tanto de lo que ocurrió antes de dormirme como me gustaría.
—¿Qué es lo que recuerdas, con exactitud?
—Remontoire yéndose para ponerse en contacto con Sylveste. Tú casi yéndote con él y luego decidiendo no hacerlo. No mucho más. Volyova está muerta, ¿verdad?
Felka asintió.
—Evacuamos el planeta. Volyova y tú acordasteis dividiros las armas de clase infernal que quedaban. Ella cogió el Ave de Tormenta, cargó en él tantas armas como pudo y se metió con él directamente en el corazón de la máquina inhibidora.
Clavain frunció los labios y silbó en voz baja.
—¿Cambió mucho las cosas?
—En absoluto. Pero se fue armando un buen follón.
Clavain sonrió.
—No me esperaba menos de ella. ¿Y qué más?
—Khouri y Thorn, ¿te acuerdas de ellos? Se unieron a la expedición de Remontoire para ir a Hades. Tienen lanzaderas y han iniciado los sistemas autorreparadores de la Luz del Zodíaco. Todo lo que tienen que hacer es seguir proporcionándole materia prima y la nave se reparará sola. Pero llevará un tiempo, tiempo suficiente para que ellos se pongan en contacto con Sylveste, según cree Khouri.
—No sé muy bien qué pensar de lo que ha dicho, que ella ya ha estado en Hades —dijo Clavain mientras cogía briznas de hierba de la zona que rodeaba sus pies. Las aplastó y olió el residuo pulposo verde que le manchaba los dedos—. Pero la triunviro parecía pensar que era cierto.
—Lo averiguaremos antes o después —dijo Felka—. Después de entrar en contacto, por mucho tiempo que lleve eso, sacarán a la Luz del Zodíaco del sistema y seguirán nuestra trayectoria. En cuanto a nosotros, bueno, sigue siendo tu nave, Clavain, pero los asuntos diarios los lleva un Triunvirato. Los triunviros Sangre, Cruz y Escorpio, por aclamación popular. Khouri sería una de ellos, por supuesto, si no hubiera decidido quedarse allí tras la evacuación.
—Mi memoria dice que rescataron a ciento sesenta mil personas —dijo Clavain—. ¿Va muy desencaminada?
—No, así fue, más o menos. Y resulta bastante impresionante hasta que te das cuenta de que no conseguimos salvar a otros cuarenta mil…
—Fuimos nosotros lo que salió mal, ¿verdad? Si no hubiéramos intervenido…
—No, Clavain. —La voz de la mujer era admonitoria, como si él fuera un anciano que hubiera cometido una buena metedura de pata entre gente educada—. No. No debes pensar así. Mira, pasó lo siguiente, ¿entiendes? —Estaban lo bastante cerca para el pensamiento combinado. La mujer canalizó varias imágenes hacia su cabeza, retratos de la muerte de Resurgam. Clavain vio las últimas horas, cuando la máquina de los lobos (así era como ahora llamaban todos al arma de los inhibidores) abrió el agujero gravitatorio hasta el mismísimo corazón de la estrella, donde clavó una legra invisible en el centro de la energía nuclear. El túnel que había abierto era estrechísimo, no más de unos cuantos kilómetros de anchura en su punto más profundo, y aunque estaban desangrando a la estrella, el proceso no era una hemorragia descontrolada. En lugar de eso, a la materia que se fundía en el corazón nuclear se le permitió salir a chorro dibujando un fino arco disparado, una columna de fuego infernal que se iba expandiendo y enfriando y que surgía como una lanza de la superficie de la estrella a la mitad de la velocidad de la luz. Constreñida y guiada por impulsos de la misma energía gravitatoria que había penetrado en la estrella en primer lugar, la pica se dobló en una perezosa parábola que hizo que rociara el lado diurno de Resurgam. Para cuando impactó, la llama de la estrella ya medía mil kilómetros de anchura. El efecto fue catastrófico y casi instantáneo. La atmósfera desapareció hirviendo en un destello abrasador, los casquetes glaciares y las pocas zonas de agua abierta lo siguieron instantes más tarde. Árida y sin aire, la corteza se fundió bajo el haz y la pica abrió una cicatriz roja como las cerezas en la faz del planeta. Cientos de kilómetros verticales de la superficie del planeta quedaron incinerados y se precipitaron al espacio en una nube caliente de roca hervida. Las ondas de choque del impacto inicial se repartieron por todo el mundo y destruyeron toda la vida en el lado nocturno: todo ser humano, todo organismo que los humanos habían traído a Resurgam. Y sin embargo, también habrían muerto enseguida sin esa onda de choque. A las pocas horas, el lado nocturno había girado para enfrentarse al sol. La pica seguía hirviendo, el pozo de energía del corazón de la estrella apenas se había tocado. La corteza de Resurgam ardió y desapareció, y sin embargo el haz seguía comiéndose el manto del planeta.
Fueron necesarias tres semanas para convertir el planeta en carbonilla candente y humeante, su tamaño reducido a cuatro quintas partes del anterior. Luego, el haz se dirigió de un papirotazo hacia otro objetivo, otro mundo, y dio comienzo al mismo barrido asesino. La reducción de materia del corazón de la estrella terminaría desangrando Delta Pavonis y convirtiéndola en una cáscara fría de sí misma, hasta que se hubiera extraído tanta materia que la fusión se detuviera de golpe. Todavía no había ocurrido, dijo Felka (al menos no según las señales luminosas que los estaban alcanzando desde el sistema), pero cuando lo hiciera, había muchas probabilidades de que fuera un acontecimiento violento.
—Así que ya ves —dijo Felka—, de hecho, tuvimos mucha suerte al rescatar a tantos. No fue culpa nuestra que murieran más. Solo hicimos lo que debimos en aquellas circunstancias. No tiene sentido culparse por ello. Si no hubiéramos aparecido nosotros, mil cosas más podrían haber ido mal. La flota de Skade habría llegado de todos modos y ella no se habría sentido más inclinada a negociar que tú.