En retrospectiva, había sido una decisión enormemente acertada.
La gabarra redujo su velocidad al acercarse a la membrana del núcleo ingrávido. Clavain se sentía minúsculo al lado de la esfera glauca, que brillaba con su propio y suave resplandor como un planeta verde en miniatura. La gabarra se introdujo con un chapoteo a través de la membrana, y se encontró rodeada de aire.
Clavain bajó una ventanilla y permitió que la atmósfera del núcleo se mezclara con la de la gabarra. Le picó la nariz al notar el asalto de la vegetación. El aire estaba fresco y húmedo, olía como un bosque después de una intensa tormenta de media mañana. Aunque había visitado el núcleo en incontables ocasiones, ese olor seguía logrando que no pensara en sus visitas anteriores, sino en su infancia. No sabría decir cuándo o dónde, pero estaba seguro de haber paseado por un bosque que olía igual. Tuvo que ser en algún lugar de la Tierra; Escocia, quizá.
No había gravedad en el núcleo, pero la vegetación que la inundaba no formaba masas flotantes. Unas barras de roble de hasta tres kilómetros de longitud recorrían la esfera de lado a lado. Estos troncos se bifurcaban y fusionaban aleatoriamente, formando un citoesqueleto de madera de agradable complejidad. Aquí y allá los palos eran lo bastante gruesos como para contener espacios cerrados, huecos que brillaban con una luz de linternas de color pastel. En el resto, una telaraña de filamentos más pequeños proporcionaba el pegamento estructural al que se adhería casi toda la floresta. Todo el entramado estaba recorrido por tuberías de irrigación y alimentadores de nutrientes, los cuales partían desde la maquinaria de mantenimiento que descansaba en el mismísimo centro de núcleo. Unas lámparas solares tachonaban la membrana a intervalos regulares, y también aparecían repartidas por las masas verdes. En aquel momento brillaban con la dura luz azul del mediodía, pero según avanzaba la jornada (se regían por el día de veintiséis horas de Yellowstone), las lámparas se deslizaban hacia los rojos broncíneos y cobrizos del atardecer.
Después caería la noche. El bosque esférico cobraría vida con los piares y chillidos de un millar de animales nocturnos evolucionados de modo extraño. Si uno se acuclillaba en un palo cerca del corazón, durante la noche, era fácil creer que el bosque se extendía en todas direcciones durante miles de kilómetros. Las distantes ruedas centrífugas solo resultaban visibles durante los últimos cientos de metros de floresta bajo la membrana y, desde luego, no hacían el menor ruido.
El bote vadeó la masa, sabiendo exactamente adonde debía llevar a Clavain. De vez en cuando aparecían otros combinados, pero casi todos eran niños o ancianos. Los niños nacían y crecían en el trío de una gravedad, pero a partir de los seis meses eran conducidos hasta allí a intervalos regulares. Vigilados por los ancianos, aprendían las habilidades musculares y de orientación necesarias para la ingravidez. Para la mayoría de ellos era un juego, pero los mejores serían distinguidos para servir en el campo de batalla espacial. Unos pocos (muy pocos) mostraban habilidades espaciales tan importantes que serían encauzados hacia la estrategia militar.
Los viejos eran demasiado frágiles como para pasar mucho tiempo en los anillos de alta gravedad. Normalmente, cuando llegaban al núcleo ya no volvían a abandonarlo. Clavain pasaba en esos momentos junto a un par de ellos. Los dos llevaban aparejos de soporte, arneses médicos que servían también de mochilas de propulsión. Arrastraban las piernas por detrás como si ni siquiera recordaran que las tenían. Estaban tratando de convencer a cinco niños para que saltaran del lateral de un refugio boscoso a espacio abierto.
Sin visión aumentada, la escena poseía un algo intangible pero siniestro. Los niños iban vestidos con trajes y yelmos negros que protegían su piel de las ramas afiladas. Tenían los ojos ocultos tras gafas oscuras, lo que hacía difícil interpretar sus expresiones. Los viejos eran igualmente grises, aunque no llevaban casco. Pero sus rostros, perfectamente visibles, no traicionaban ninguna emoción parecida a la alegría. Para Clavain, eran como empleados de la funeraria embarcados en alguna inhumación solemne que quedaría arruinada por el menor deje de frivolidad.
Clavain ordenó a sus implantes que le revelaran la realidad. Hubo un instante de florido crecimiento, y unas estructuras brillantes aparecieron de la nada. Los niños vestían ahora ropas vaporosas, marcadas con remolinos y zigzags tribales de colores chillones. Llevaban la cabeza al descubierto, sin el peso de los cascos. Dos eran varones y tres niñas, y Clavain juzgó que sus edades estaban comprendidas los cinco y los siete años. Sus expresiones no eran demasiado alegres, pero tampoco tristes ni neutras. Todos parecían un poco asustados y jubilosos a la vez. Sin duda estaba en juego cierta rivalidad, y cada pequeño sopesaba los riesgos y beneficios de ser el primero en dar la zambullida aérea.
La pareja de ancianos seguía casi igual que antes, pero ahora Clavain estaba sintonizado con los pensamientos que emitían. Bañados en un aura de ánimo, sus rostros parecían ahora tranquilos y pacientes, en lugar de adustos. Estaban dispuestos a esperar durante horas a que los niños se decidieran.
El entorno en sí también había cambiado. El aire bullía lleno de mariposas y libélulas de colores brillantes, que se lanzaban a un lado y a otro en complejas trayectorias. Unas orugas fosforescentes se abrían paso entre las plantas. Los colibríes iban de flor en flor, cerniéndose como juguetes de cuerda primorosa mente programados. Los monos, los lémures y las ardillas voladoras saltaban por el aire despreocupados, y sus ojos brillaban como canicas.
Eso era lo que percibían los niños, y también lo que Clavain había sintonizado. No conocían otro mundo que aquella abstracción de libro de cuentos. De forma sutil, según crecieran, los datos que alcanzasen sus cerebros se verían manipulados. No notarían los cambios ocurridos de un día para otro, pero las criaturas que moraban en el bosque serían cada vez más realistas, y sus colores se atenuarían hasta verdes y marrones naturales, blancos y negros. Los animales se harían más pequeños y más esquivos. Al final, solo quedaría lo auténtico. Entonces (los niños tendrían diez u once años en esa fase) les hablarían amablemente sobre las máquinas que hasta entonces habían dictado su visión del mundo. Descubrirían sus implantes y cómo permitían superponer una segunda capa encima de la realidad, a la que podían dar cualquier forma imaginable.
Para Clavain, ese proceso educativo había sido bastante más brutal. Fue durante su segunda visita al nido de Galiana en Marte. Ella le había mostrado la guardería donde instruían a los jóvenes combinados, pero en ese momento él no disponía de ningún implante propio. Entonces lo habían herido y Galiana había llenado su cabeza de medichinas. Todavía recordaba el momento de infarto en que había experimentado cómo su realidad subjetiva estaba siendo manipulada. La sensación de que en su propio cráneo se colaban multitud de otras mentes tuvo sin duda relación, pero quizá lo más impactante fue su primer vistazo al mundo por el que caminaban los combinados. Los psicólogos tenían un término para ello, penetración cognitiva, pero pocos lo habían experimentado por sí mismos.