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—Y si le han disparado —dijo—, ¿por qué no lo anuncian? Miles de personas creen que Thorn va a conducirlos a la Tierra Prometida.

—Sí, pero solo hay una cosa peor que un héroe: un mártir. Habría muchos más problemas si se extendiera la noticia de que en realidad está muerto.

Ella se encogió de hombros y plegó el periódico.

—Bueno, en realidad no estoy segura de que haya existido siquiera. Tal vez al Gobierno le convenía crear un personaje ficticio que concentrara las esperanzas, solo para poder tomar medidas más drásticas contra la población. ¿No se habrá creído realmente todas esas historias, verdad?

—¿Eso de que iba a encontrar un modo de sacarnos de Resurgam? Qué va. Aunque imagino que sería bonito si sucediera. Para empezar, nos libraríamos de todos los quejicas.

—¿De veras es esa su actitud? ¿Que los únicos que quieren marcharse de Resurgam son los quejicas?

—Lo siento, preciosa, no sé de qué lado de la valla está usted. Pero a algunos en el fondo nos gusta este planeta. Sin ánimo de ofender.

—Faltaría más. —Entonces se reclinó en el asiento y se colocó el periódico doblado sobre los ojos, para que le sirviera de máscara. Decidió que si el camionero tampoco comprendía ese mensaje, habría que darlo por imposible.

Por suerte, lo captó.

En esa ocasión, el adormecimiento la condujo al sueño profundo. Soñó con el pasado, recuerdos que regresaban ahora que la voz de la agente Cuatro los había despertado. En realidad, nunca había sido capaz de dejar de pensar por completo en Cuatro, pero durante todo ese tiempo había conseguido no concebirla como una persona. Era demasiado doloroso. Recordar a Cuatro suponía pensar en su propia llegada a Resurgam, y eso a su vez implicaba rememorar su otra vida, que, comparada con la deprimente realidad del presente, aparecía como un cuento imposible y lejano.

Pero la voz de Cuatro era como una puerta al pasado. Ahora había ciertas cosas que no podían ignorarse.

¿Por qué demonios la llamaba justo en ese momento?

Se despertó cuando el ritmo del vehículo se alteró. El camionero lo estaba estacionando en una bodega de descarga.

—¿Ya hemos llegado?

—Esto es Solnhofen. No es lo que se dice una gran ciudad con sus luces cegadoras, pero es donde usted quería ir.

Por un hueco en las tablillas de la pared del depósito, pudo ver un cielo del color de la sangre anémica. El amanecer, o casi.

—Vamos un pelín tarde —comentó.

—Llegamos a Solnhofen hará cuarto de hora, preciosa. Pero dormía como un tronco y no quise despertarla.

—Muy amable por su parte. —A regañadientes, le entregó el resto de la paga prometida.

Remontoire observó cómo los últimos miembros del Consejo Cerrado tomaban asiento en las gradas dispuestas en torno a la superficie interior de la cámara privada. Algunos de los más ancianos aún eran capaces de llegar por sí mismos hasta sus sillas, pero la mayoría tenía que ser ayudada por sirvientes, exoesqueletos u oscuras nubes de zánganos del tamaño de un dedo pulgar. Algunos se encontraban tan próximos al final de su vida física que ya casi habían abandonado por completo su cuerpo, y no eran más que una cabeza anclada a prótesis de movilidad aracnoides. Uno o dos eran cerebros enormemente hinchados, tan llenos de maquinaria que ya no cabían en ningún cráneo, así que flotaban dentro de cúpulas transparentes llenas de fluidos y repletas de palpitante maquinaria de soporte vital. Eran los combinados más extremistas y, en su estado, la mayor parte de su actividad consciente se había dispersado por la red distribuida del pensamiento combinado global. Conservaban su cerebro por pura costumbre, como una familia reacia a demoler su vieja mansión en ruinas, a pesar de que casi nunca estaba en ella.

Remontoire tanteaba los pensamientos de cada recién llegado. Había gente en aquella sala que él creía muerta desde hacía tiempo, individuos que no habían asistido a ninguna de las sesiones del Consejo Cerrado en las que él había participado.

Era por el tema de Clavain. Él los había sacado a todos de su retiro.

Remontoire notó la repentina presencia de Skade en cuanto esta entró en la sala privada. Había aparecido por una balconada de forma anular situada a media altura, en la pared de la sala esférica. La cámara era opaca a toda transmisión neuronal; los de dentro podían comunicarse libremente entre sí, pero estaban aislados por completo de las demás mentes del Nido Madre. Eso permitía que el Consejo Cerrado celebrara sus sesiones y se expresara con más libertad que a través de los canales neuronales restringidos habituales.

Remontoire dio forma a un pensamiento y le asignó una alta prioridad, de modo que de inmediato superó las oleadas de cuchicheos y consiguió la atención general.

¿Está enterado Clavain de esta reunión?

Skade intervino con brusquedad para dirigirse a él.

[¿Por qué debería saberlo, Remontoire?].

Este se encogió de hombros.

¿Acaso no es de él de quien venimos a hablar, a sus espaldas?

Skade sonrió amablemente.

[Si Clavain consintiera en unirse a nosotros, no habría necesidad de hablar de él a sus espaldas, ¿verdad? El problema es suyo, no mío].

Remontoire se puso en pie, ahora que todos lo miraban o al menos dirigían en su dirección alguna especie de aparato sensorial.

¿Quién ha dicho que sea un problema, Skade? A lo que me opongo es a las intenciones que se ocultan tras esta reunión.

[¿Intenciones ocultas? Solo deseamos lo mejor para Clavain, Remontoire. Como amigo suyo, confiaba en que ya te hubieras dado cuenta de eso].

Remontoire miró a su alrededor. No había rastro de Felka, cosa que no le sorprendió lo más mínimo. Tenía perfecto derecho a estar presente, pero dudaba que apareciera incluida en la lista de invitados de Skade.

Soy su amigo, lo reconozco. Me ha salvado la vida numerosas veces, pero aunque no lo hubiera hecho… bueno, Clavain y yo hemos superado juntos problemas más que suficientes. Si eso significa que no tengo una visión objetiva sobre el asunto, que así sea. Pero te diré algo. Remontoire pasó la mirada por la sala, asintiendo cuando se encontraba con los ojos o sensores de alguien. A todos vosotros, a los que necesitan que se lo recuerde a pesar de lo que a Skade le gustaría que pensarais, Clavain no nos debe nada. Sin él, ninguno de nosotros estaría aquí. Ha sido para nosotros tan importante como Galiana, y no lo digo a la ligera. La conocí antes que cualquiera de esta sala.

Skade asintió.

[Remontoire está en lo cierto, desde luego, pero os habréis fijado en su uso del tiempo pretérito. Todas las grandes hazañas de Clavain quedan en el pasado… en el pasado lejano. No niego que desde su regreso del espacio profundo ha continuado sirviéndonos bien. Pero eso hemos hecho todos. Clavain no ha hecho ni más ni menos que cualquier combinado importante. ¿Pero no esperamos de él más que eso?].

¿Más que qué, Skade?

[Más que su agotadora devoción a la simple soldadesca, que constantemente lo sitúa en peligro].

Remontoire comprendió que, tanto si le gustaba como si no, se había convertido en el abogado de Clavain. Sintió un leve desprecio por los demás miembros del consejo. Sabía que muchos también le debían la vida a Clavain, y lo hubieran admitido bajo otras circunstancias. Pero Skade los tenía intimidados.

A él le tocaba hablar en nombre de su amigo.

Alguien tiene que patrullar la frontera.

[Sí. Pero disponemos de individuos más jóvenes, más rápidos y, seamos francos, más prescindibles que pueden hacer precisamente eso. Necesitamos la experiencia de Clavain aquí dentro, en el Nido Madre, donde podamos sacarle partido. No me creo que se aferré a la zona fronteriza por alguna clase de sentido del deber hacia el nido. Lo hace por puro egoísmo. Pretende jugar a ser uno de los nuestros, estar en el bando ganador sin aceptar todas las consecuencias de lo que significa ser combinado. Eso indica autocomplacencia, individualismo, todo aquello que es contrario a nuestra conducta. Incluso comienza a asemejar deslealtad].