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—Yo también te he echado de menos. Es curioso pensar que empezásemos casi matándonos la una a la otra. Aunque eso es ya agua pasada, por supuesto.

—Comenzaba a preocuparme. Llevas tanto tiempo sin contactar…

—Tenía buenos motivos para no llamar la atención, ¿no crees?

—Supongo que sí.

Durante varios minutos, ninguna de las dos dijo nada. Khouri, que poco a poco volvía a reconocerse a sí misma en ese nombre, se encontró recordando los comienzos del audaz juego que ambas se llevaban entre manos. Lo habían diseñado por sí solas, sorprendiéndose la una a la otra con su valor e ingenio. Juntas habían constituido una pareja llena de recursos. Pero para alcanzar la máxima eficacia, comprendieron que tenían que trabajar solas.

Khouri rompió el silencio, incapaz de esperar más.

—¿De qué se trata, Ilia? ¿Buenas o malas noticias?

—Conociendo mi historial, ¿tú qué crees?

—¿Una punzada repentina en la noche? Malas noticias. Muy malas, seguro.

—Has dado en el clavo.

—Es por los inhibidores, ¿verdad?

—Lamento ser tan predecible, pero tienes razón.

—¿Están aquí?

—Eso creo. —Volyova bajó entonces la voz—. En todo caso, está sucediendo algo. Lo he visto con mis propios ojos.

—Cuéntamelo.

La voz de Volyova se tornó aún más débil, si eso era posible. Khouri tuvo que estirarse para poder oírla.

—Máquinas, Ana, enormes máquinas negras. Han entrado en el sistema. Pero no las vi llegar. Simplemente estaban… aquí.

Khouri ya había tanteado fugazmente las mentes de esas máquinas, y había sentido su terrible frío depredador recogido en antiguas grabaciones. Eran como el cerebro de los animales que van en manada, antiguos y pacientes, atraídos a la oscuridad. Sus mentes eran un laberinto de inteligencia instintiva y devoradora, totalmente desprovistas de la carga de la simpatía o las emociones. Se aullaban las unas a las otras a través de las silenciosas estepas de la galaxia, convocándose en gran número cuando el olor sangriento de los seres vivos volvía a inquietar su letargo invernal.

—Dios mío.

—No podemos decir que no lo esperáramos, Ana. Desde el momento en que Sylveste comenzó a trastear con cosas que no conocía, solo era cuestión de saber cuándo y dónde.

Khouri miró fijamente a su amiga y se preguntó por qué la temperatura de la sala parecía haber descendido diez o quince grados. La temida y odiada triunviro parecía ahora pequeña y algo mugrienta, casi una vagabunda. El pelo de Volyova era una mata cada vez más cana y corta, por encima de un rostro redondo de ojos duros que traicionaba sus lejanos orígenes mongoles. Como heraldo del juicio final, no parecía muy convincente.

—Estoy aterrada, Ilia.

—Y creo que tienes excelentes motivos para estarlo. Pero trata de no exteriorizarlo, ¿vale? Todavía no queremos meter miedo a los lugareños.

—¿Qué podemos hacer?

—¿Contra los inhibidores? —Volyova miró al infinito a través de su vaso y frunció ligeramente el ceño, como si fuera la primera vez que se planteaba en serio la cuestión—. No lo sé. Los amarantinos no tuvieron demasiado éxito en ese apartado.

—Nosotros no somos pájaros que no pueden volar.

—No, somos humanos… el azote de la galaxia, o algo así. No lo sé, Ana, de verdad que no. Si solo se tratara de ti y de mí, y lográramos persuadirá la nave, al capitán, para que saliera de su concha, podríamos al menos considerar la posibilidad de huir. Incluso podríamos plantearnos usar las armas, si eso sirviera de algo.

Khouri se estremeció.

—Pero aunque lo hiciéramos, aunque lográsemos escapar, eso no ayudaría gran cosa a Resurgam, ¿no crees?

—No. Y no sé por lo que a ti respecta, Ana, pero mi conciencia ya no está demasiado limpia.

—¿De cuánto tiempo disponemos?

—Eso es lo más curioso. Los inhibidores ya podrían haber destruido Resurgam, si eso es todo lo que pretenden. Hasta con nuestra tecnología se puede lograr algo así, por lo que dudo mucho que les supusiera ninguna dificultad.

—Entonces puede que, al fin y al cabo, no hayan venido a matarnos.

Volyova volvió a alzar su bebida.

—O quizá…, solo quizá…, sí.

En el corazón hirviente de las máquinas negras, unos procesadores que no eran en sí inteligentes determinaron que había que despertar a la consciencia una mente supervisora.

La decisión no se tomó a la ligera. La mayor parte de las operaciones de limpieza se lograban llevar a cabo sin evocar el fantasma de eso mismo que las máquinas habían sido creadas para eliminar. Pero ese sistema resultaba problemático. Los registros mostraban que se había realizado allí una limpieza previa, apenas cuatro coma cinco milésimas partes de una rotación galáctica antes. El hecho de que las máquinas hubiesen vuelto a ser activadas demostraba claramente que era necesario tomar medidas adicionales.

La tarea del supervisor consistía en enfrentarse a las características específicas de esa infestación en particular. No había dos limpiezas iguales, y era un hecho lamentable, pero indiscutible, que el mejor modo de aniquilar la inteligencia era mediante una dosis opuesta de inteligencia. Pero cuando la limpieza concluyera, cuando el brote actual fuese rastreado hasta su origen y todas sus esporas desinfectadas (lo que podía llevar otras dos milésimas de rotación galáctica, medio millón de años más), el supervisor perdería su inteligencia y su conciencia de sí mismo se estacionaría hasta que fuese de nuevo necesaria.

Lo cual podía no volver a ocurrir nunca.

El supervisor nunca ponía en tela de juicio su trabajo, solo sabía que actuaba por el bien último de la vida inteligente. No le preocupaba en absoluto que la crisis que trataba de impedir con su actuación, la crisis que se convertiría en un desastre cósmico inimaginable si se permitía que se extendiera la vida inteligente, aguardaba más de trece giros (tres mil millones de años) en el futuro.

No le importaba.

El tiempo no significaba nada para los inhibidores.

7

[Skade, me temo que se ha producido otro accidente].

¿Qué clase de accidente?

[Una incursión en el estado dos].

¿Cuánto ha durado?

[Solo unos pocos milisegundos, pero ha sido suficiente].

Los dos (Skade y su primer técnico de propulsión) se acurrucaban en un espacio de paredes negras cerca de la popa de la Sombra Nocturna, mientras el prototipo seguía atracado en el Nido Madre. Estaban apretados en ese rincón con las espaldas arqueadas y las rodillas flexionadas contra el pecho. Era incómodo pero, después de sus primeras visitas, Skade había borrado la sensación de comodidad postural y la había sustituido por una relajante calma parecida al zen. Podía aguantar días enteros apretujada en escondrijos inhumanamente pequeños… y lo había demostrado. Detrás de las paredes, aislados en numerosas aberturas estrechas, estaban los intrincados y desconcertantes elementos de la maquinaria. El control directo y los ajustes del artefacto solo eran posibles desde allí, donde solo contaban con los vínculos más rudimentarios con la red de mando normal de la nave.

¿Sigue aquí el cuerpo?

[Sí].

Me gustaría verlo.

[No ha quedado gran cosa que ver].

Pero el hombre desenchufó su compad y la guió, arrastrándose de lado a semejanza de los cangrejos. Skade lo siguió. Pasaron de un escondrijo a otro, y a veces tenían que encogerse para atravesar la angostura que originaban los elementos salientes de la maquinaria. Esta los rodeaba por completo, y ejercía un efecto sutil pero innegable en el propio espacio tiempo en el que estaban inmersos.