—Quería darnos tiempo para discutir los asuntos del Consejo Cerrado.
—¿Sabe algo de lo que ha pasado hoy en la cámara?
—Nada.
Felka flotó hasta la parte superior del laberinto y empujó otro ratón por la entrada, con la esperanza de desbloquear un punto muerto en el cuadrante inferior izquierdo.
—Y así tendrá que seguir siendo, salvo que Clavain acceda a ingresar. E incluso entonces puede que se sienta defraudado por lo que seguirá sin saber.
—Comprendo que no quieras que él se entere de lo del Exordio —dijo Remontoire.
—¿Y qué se supone que significa eso?
—Fuiste contra los deseos de Galiana, ¿no es verdad? Después de lo que descubrió en Marte, canceló el proyecto. Pero cuando regresaste del espacio exterior, y ella todavía continuaba ahí fuera, participaste con mucho gusto.
—Te has convertido de pronto en todo un experto, Remontoire.
—Todo está ahí, en los archivos del Nido Madre, si sabes dónde buscar. El hecho de que los experimentos tuvieron lugar ni siquiera es un gran secreto. —Remontoire se detuvo y observó el laberinto con ligero interés—. Por supuesto, muy distinto es lo relativo a qué ocurrió realmente con el Exordio y por qué Galiana le puso fin. En los registros no hay mención alguna a un mensaje venido del futuro. ¿Qué había en esos mensajes tan inquietante que no se podía ni admitir su mera existencia?
—Eres tan curioso como yo lo fui entonces.
—Por supuesto. ¿Pero fue solo la curiosidad lo que te impulsó a ir contra sus deseos, Felka? ¿O había algo más? Un instinto de rebelión contra tu propia madre, quizá.
Felka contuvo su ira.
—No era mi madre, Remontoire. Compartíamos algo de material genético, pero eso era todo lo que teníamos en común. Y no, tampoco fue por rebeldía. Estaba buscando algo que distrajera mi mente. Se suponía que en el Exordio tratábamos de alcanzar un nuevo estado de consciencia.
—¿En aquel entonces tampoco sabías nada de los mensajes?
—Había oído rumores, pero no me los creía. Me pareció que la manera más fácil de descubrirlo por mí misma era participar. Pero yo no reemprendí el Exordio; el programa ya había sido reanudado antes de nuestro regreso. Skade quería que me sumara a él, creo que pensaba que la singularidad de mi mente podría resultar de valor para el programa. Pero yo solo jugué un pequeño papel, y lo dejé muy poco después de empezar.
—¿Por qué? ¿Porque no avanzaba del modo que tú esperabas?
—No. De hecho, funcionó muy bien. Y fue también lo más aterrador que he experimentado en toda mi vida.
Remontoire sonrió un instante, pero su sonrisa se desvaneció poco a poco.
—¿Exactamente por qué?
—Antes no creía en la existencia del mal, Remontoire. Ahora no estoy tan segura.
—¿El mal? —repitió Remontoire, como si no la hubiera oído bien.
—Sí —respondió ella en voz baja.
Ahora que ya habían abordado el tema, tuvo que recordar el olor y la textura de la cámara del Exordio como si hubiese estado en ella el día anterior, a pesar de que había hecho todo lo posible por apartar sus pensamientos de esa sala blanca y estéril, incapaz de aceptar lo que había descubierto entre sus cuatro paredes.
Los experimentos eran la conclusión lógica de la labor que Galiana había iniciado en sus primeros tiempos en los laboratorios marcianos. Su idea era potenciar el cerebro humano, con el convencimiento de que su trabajo haría un gran bien a la humanidad. Como modelo, Galiana se había basado en el desarrollo de los ordenadores digitales desde su sencilla y prolongada infancia. Su primer paso, por lo tanto, había consistido en incrementar la potencia computacional y la velocidad de la mente humana, igual que los primeros ingenieros informáticos habían cambiado engranajes por interruptores electromecánicos, interruptores por válvulas, válvulas por transistores, transistores por artilugios microscópicos de estado sólido y estos por puertas lógicas a nivel cuántico que se cernían sobre la difusa frontera del principio de incertidumbre de Heisenberg. Infestó los cerebros de sus pacientes, y el suyo propio, con pequeñas máquinas que establecían conexiones entre células cerebrales, del mismo modo que las que ya estaban en funcionamiento, pero capaces de transmitir las señales nerviosas a mucha mayor velocidad. Con los neurotransmisores naturales y los eventos de señales nerviosas inhibidos mediante drogas u otras máquinas, el telar secundario de Galiana se ocupó del procesamiento neuronal. El efecto subjetivo era de una consciencia normal, pero a un ritmo acelerado. Como si el cerebro estuviese sobrealimentado y fuese capaz de procesar pensamientos a una velocidad diez o quince veces mayor que una mente sin tratar. Había problemas, suficientes para provocar que la consciencia acelerada no pudiera mantenerse durante más de unos pocos segundos, pero en casi todos los aspectos los experimentos habían tenido éxito. Una persona en estado acelerado podía ver que una manzana se caía de una mesa y componer un haiku conmemorativo antes de que llegara al suelo. Podía observar cómo se flexionaban y se doblaban los músculos elevador y depresor del ala de un colibrí, o maravillarse ante el esquema de impacto en forma de corona dibujado por la caída de una gota de agua. También constituían, huelga decirlo, excelentes soldados.
Así que Galiana había pasado a la siguiente fase. Los primitivos ingenieros informáticos habían descubierto que ciertas clases de problemas se podían abordar mejor mediante ejércitos de ordenadores unidos en paralelo, que compartieran datos entre nodos. Galiana persiguió este objetivo con sus sujetos potenciados neuronalmente y estableció corredores de datos entre sus mentes. Les permitió compartir sus recuerdos, experiencias e incluso el procesado de ciertas tareas mentales como el reconocimiento de patrones.
Fue este experimento, fuera de control (corría desbocado de mente en mente y subvertía las máquinas neuronales que ya estaban en funcionamiento) el que condujo al suceso conocido como Transiluminación y, no sin cierta lógica, a la primera guerra contra los combinados. La Coalición por la Pureza Neuronal había acabado con los aliados de Galiana y la obligó a recluirse en un pequeño corrillo de laboratorios fortificados dentro de la Gran Muralla Marciana.
Fue allí, en 2190, cuando conoció a Clavain, que en aquel momento era su prisionero. Fue allí donde nació Felka, algunos años después. Y fue allí donde Galiana pasó a la tercera fase de sus experimentos. Siguiendo aún el ejemplo de los primitivos ingenieros informáticos, quería explorar lo que se podía obtener de una aproximación a la mecánica cuántica.
Los ingenieros informáticos de finales del siglo XX y comienzos del XXI (apenas salidos de la era de los engranajes, en lo que a Galiana concernía) habían recurrido a principios cuánticos para romper problemas que, de lo contrario, hubiesen sido irresolubles, como por ejemplo la tarea de hallar los factores primos de números muy grandes. Un ordenador convencional, e incluso una tropa de computadoras que compartieran la tarea, no tenían posibilidad realista de hallar los números primos antes del final eficaz del universo. Y aun así, con el equipo adecuado (una torpe improvisación de prismas, lentes, láseres y procesadores ópticos sobre una mesa de laboratorio) era posible lograrlo en cuestión de milisegundos.
Se produjeron fieros debates sobre qué estaba ocurriendo con exactitud, pero nadie ponía en duda que realmente se estaban localizando los números primos. La explicación más simple, y para la que Galiana nunca había encontrado motivos de duda, era que los ordenadores cuánticos estaban repartiendo la tarea entre infinitas copias de sí mismos, repartidas por universos paralelos. Conceptualmente lo dejaba a uno pasmado, pero era la única explicación razonable. Y no se trataba de algo que se hubieran sacado de la manga para justificar un resultado desconcertante; la idea de los mundos paralelos había sido, cuando menos, un concepto fundamental de la teoría cuántica desde hacía mucho tiempo.