Así que Galiana había tratado de hacer algo similar con las mentes humanas. La cámara del Exordio era un artilugio diseñado para acoplar uno o más cerebros mejorados en un sistema cuántico coherente: una barra de rubidio levitada magnéticamente que era empujada sin cesar a ciclos de coherencia y colapso cuántico. Durante cada episodio de coherencia, la barra alcanzaba un estado de superposición de infinitas contrapartidas de sí misma, y en ese momento se trataba de alcanzar un acoplamiento neuronal. El intento siempre obligaba a la barra a colapsar a un estado macroscópico, pero no era algo instantáneo. Había un instante en el que parte de la coherencia de la barra se colaba en las mentes conectadas, colocándolas en superposición débil con sus propias contrapartidas de un mundo paralelo.
Galiana confiaba en que en ese momento se produjese algún cambio perceptible del estado de consciencia que experimentaban los participantes. Sin embargo, sus teorías no predecían qué cambio sería ese.
Y, al final, resultó no parecerse a nada de lo que ella esperaba.
Galiana nunca había hablado con Felka en detalle sobre sus impresiones, pero esta había descubierto lo suficiente como para saber que su propia experiencia debía de haber sido similar, a grandes rasgos. Cuando el experimento comenzaba, con el sujeto o sujetos tumbados sobre sofás en la cámara y sus cabezas succionadas en las fauces abiertas de unas dragas de interfaz neuronal de alta resolución, aparecía un presentimiento, como el aura que precede a un inminente ataque epiléptico.
Después asomaba una sensación que Felka nunca había sido capaz de describir de forma adecuada lejos del experimento. Todo lo que podía decir era que, de pronto, sus pensamientos se hacían plurales, como si detrás de toda idea detectara el débil eco coral de otras, casi idénticas, que la seguían de cerca. No notó una infinidad de tales pensamientos, pero sí, tenuemente, que convergían en… algo… y al mismo tiempo que divergían. Estaba, en ese instante, en contacto con otras contrapartidas de sí misma.
Entonces empezaba a suceder algo mucho más extraño. Las impresiones se unían y se solidificaban, como los fantasmas que surgen tras horas de privación sensorial. Fue consciente de algo que se extendía por delante de ella, en una dimensión que no lograba visualizar del todo pero que, no obstante, englobaba una tremenda sensación de distancia y lejanía.
Su mente podía captar vagas pistas sensoriales y arrojar una especie de esquema familiar sobre ellas. Veía un largo pasillo blanco que se extendía hacia el infinito, bañado por una débil luz incolora, y sabía, sin poder expresar por qué motivo, que lo que estaba viendo era un paso al futuro. Había numerosas puertas o aberturas de color pálido, cada una de las cuales se abría a una época más remota en el futuro y que recorrían el pasillo. Galiana nunca había pretendido abrir una puerta a ese corredor, pero parecía que lo había hecho posible.
Felka sentía que no era posible atravesar el pasillo, que uno solo podía quedarse en el extremo y escuchar los mensajes que llegasen por él.
Porque había mensajes.
Al igual que el pasillo, se veían filtrados por sus propias percepciones. Era imposible decir de cuánta distancia en el tiempo provenían, o qué aspecto exacto tenía el futuro que los había enviado. ¿Era posible que un futuro en particular se comunicara con el pasado sin provocar paradojas? Al tratar de responder a eso, Felka se había topado con el trabajo casi olvidado de un físico llamado Deutsch, que había publicado sus pensamientos doscientos años antes de los experimentos de Galiana. Deutsch había planteado el modo de ver el tiempo no como un río que fluye, sino como una serie de instantáneas estáticas y dispuestas una detrás de otra para formar espacio-tiempos en los que el flujo del tiempo solo era una ilusión subjetiva. El esquema de Deutsch permitía de modo explícito el viaje hacia atrás en el tiempo, con la conservación del libre albedrío y sin paradojas. La clave era que un «futuro» en particular solo se podía comunicar con el «pasado» de otro universo. Vinieran de donde vinieran esos mensajes, no pertenecían al futuro de Galiana. Podían llegar de uno muy parecido, pero nunca al que alcanzarían con el tiempo. Tanto daba. La naturaleza exacta del futuro tenía poca importancia comparada con el contenido de los propios mensajes.
Felka nunca había sabido cuál era el texto preciso de los mensajes recibidos por Galiana, pero podía imaginarlo. Probablemente eran del mismo estilo de los que habían llegado durante el breve período en el que ella misma había participado.
Eran instrucciones para hacer cosas pero, más que planos detallados, pistas o señales que los empujaban en la dirección correcta. A veces órdenes o advertencias. Pero para cuando esas distantes transmisiones alcanzaban a los participantes de los experimentos del Exordio, se habían reducido a ecos apenas comprensibles, corruptos como jugar a una cadena de susurros, entremezclados y cosidos a decenas de mensajes interpuestos. Era como si solo existiera un conducto abierto entre el presente y el futuro, con un ancho de banda limitado. Cada mensaje enviado reducía la capacidad potencial para los demás. Pero lo realmente alarmante no era el contenido de los mensajes en sí, sino lo que Felka había atisbado detrás de ellos. Había sentido una mente.
—Contactamos con algo —le dijo a Remontoire—. O más bien algo contactó con nosotros. Bajó por el pasillo y rozó nuestras mentes. Llegó a la vez que recibíamos las instrucciones.
—¿Y esa era la cosa malvada?
—No se me ocurre otro modo de describirlo. Solo por encontrarla, meramente por compartir sus pensamientos durante un instante, casi todos nos volvimos locos o acabamos muertos. —Miró su reflejo en la pared de cristal—. Pero yo sobreviví.
—Fuiste afortunada.
—No, no fue por suerte. No del todo. Yo había reconocido a la cosa, de modo que el impacto de encontrarla no fue tan absoluto. Y aquello también me reconoció a mí. Me retiré en cuanto tocó mi mente, y se concentró en los demás.
—¿Qué era? —preguntó Remontoire—. Si lo reconociste…
—Ojalá no lo hubiera hecho. Desde entonces he tenido que vivir con ese instante de revelación, y no ha sido fácil.
—¿Entonces qué era? —insistió.
—Creo que era Galiana —dijo Felka—. Creo que era su mente.
—¿En el futuro?
—En un futuro. No el nuestro, o al menos no del todo.
Remontoire sonrió incómodo.
—Galiana está muerta. Los dos sabemos eso. ¿Cómo podría su mente haber hablado contigo desde el futuro, aunque fuese un futuro algo diferente del nuestro? No podría ser tan distinto.
—Lo ignoro. ¿Quién sabe? Y sigo preguntándome cómo se volvió así.
—¿Y por eso lo dejaste?
—Tú hubieras hecho lo mismo. —Felka observó cómo el ratón tomaba un desvío erróneo, no el que ella confiaba que tomase—. Estás enfadado conmigo, ¿verdad? Crees que la traicioné.
—Independientemente de lo que acabas de decirme, sí. Supongo que lo pienso. —Su tono se había suavizado.
—No te culpo. Pero tenía que hacerlo, Remontoire. Tuve que hacerlo una vez. No me arrepiento en absoluto, aunque desearía no haber aprendido aquello.
Remontoire susurró:
—¿Y Clavain… sabe algo de esto?
—Por supuesto que no. Sería fatal para él.
Hubo un golpe de nudillos contra la madera. Clavain se abrió paso hasta la cámara y echó un vistazo al laberinto antes de dirigirse a ellos.
—Así que hablando de mí a mis espaldas otra vez, ¿eh?
—En realidad no estábamos hablando de ti para nada —dijo Felka.
—Qué desilusión.
—Sírvete algo de té, Clavain. Todavía debe de estar caliente.