Sabía que solo tenía un modo de averiguarlo.
La gabarra encontró su hueco en el borde y se aproximó a él con infalible precisión mecánica. Clavain desembarcó bajo gravedad estándar, y tuvo la respiración entrecortada durante unos minutos, hasta que se acostumbró al esfuerzo.
Se abrió paso por una tortuosa ruta de pasillos y desniveles. Había por allí otros combinados, pero no le prestaron una especial atención. Cuando notó la estela de sus pensamientos y tanteó la impresión que les producía, solo detectó un discreto respeto y admiración, quizá levemente atemperados por la compasión. La población en general no sabía nada de los esfuerzos de Skade por atraerlo al Consejo Cerrado.
Los pasillos eran cada vez más oscuros y estrechos. Sus espartanas paredes grises estaban recubiertas de conductos, paneles y, de vez en cuando, un tubo de rejilla por el que rugía un aire cálido. Las máquinas retumbaban bajo sus pies y por detrás de los muros. La iluminación era escasa e intermitente. Clavain no atravesó en ningún momento una puerta restringida o similar, pero la impresión general para cualquiera poco familiarizado con aquella parte de la rueda sería la de haberse extraviado en alguna sección de mantenimiento un tanto intimidatoria. Algunos podían llegar tan lejos, pero la mayoría hubiese dado media vuelta y seguiría caminando hasta que se encontrara en una zona más acogedora.
Clavain siguió adelante. Había llegado a una parte de la rueda que no aparecía registrada en ningún plano o mapa. La mayor parte de los ciudadanos del Nido Madre no sabían nada sobre su existencia. Se acercó a un mamparo de color bronce verdoso donde no había vigilancia ni marcas especiales. Cerca tenía una gruesa rueda de metal con tres radios. Clavain sujetó la rueda por dos de los radios y tiró de ella. Durante un momento se resistió (nadie había pasado por allí en un tiempo), pero al fin cedió y recobró su movilidad. Clavain la empujó hasta que giró sola. La puerta del mamparo se liberó como un tapón, goteando condensación y lubricante. Cuando Clavain volteó más la rueda, el tapón se hizo a un lado sobre su bisagra para permitir el paso. El tapón era como un gigantesco émbolo achaparrado, con los laterales pulidos hasta alcanzar un brillante reflejo hermético.
Detrás, la oscuridad era aún mayor. Clavain superó el borde de medio metro del mamparo, agachándose para evitar rasparse el cuero cabelludo contra el dintel. El metal se notaba frío al tacto. Se sopló los dedos hasta notarlos menos entumecidos.
Una vez dentro, Clavain se cubrió los dedos con la manga e hizo girar una segunda rueda hasta que el mamparo volvió a quedar firmemente sellado. Después dio unos cuantos pasos más en la penumbra. Unas débiles luces verdes surgieron por fases, vacilando en las tinieblas.
La cámara era inmensa, baja y alargada como un almacén de pólvora. Resultaba discernible la curva del borde del anillo: las paredes se arqueaban hacia arriba y el suelo se doblaba con ellas. En la distancia se extendían hilera tras hilera de arquetas de sueño frigorífico.
Clavain sabía cuántos había exactamente: ciento diecisiete. Ciento diecisiete personas habían regresado del espacio profundo a bordo de la nave de Galiana, pero todos estaban más allá de cualquier posibilidad razonable de resucitación. En muchos casos, la violencia infligida sobre la tripulación había sido tan extrema que los despojos solo se pudieron separar mediante comparación genética. Aun así, sin importar lo escasos que fueran sus restos, cada individuo había sido depositado en una única arqueta de sueño frigorífico.
Clavain avanzó por un lateral, entre las filas de ataúdes. El suelo de rejilla crujía bajo sus pies y las arquetas resonaban con suavidad. Seguían operativas, pero únicamente porque se consideraba aconsejable mantener los cadáveres congelados, no porque hubiese ninguna esperanza realista de revivir a alguno de ellos. No había señales de maquinaria lupina activa incrustada en los restos (salvo en un caso, claro), pero eso no significaba que no pudieran quedar parásitos lupinos microscópicos latentes, acechando justo detrás del umbral de detección. Podrían haber incinerado los cuerpos, pero eso hubiese eliminado la posibilidad de aprender algún día cosas sobre los lobos. Si algo se podía asegurar del Nido Madre, es que era prudente.
Clavain alcanzó la arqueta de sueño frigorífico de Galiana. Estaba separada de los demás y erigida sobre un pedestal bajo inclinado. La compleja maquinaria, corroída y expuesta a la vista, recordaba un ornamentado bajorrelieve grabado en la piedra. Traía a la mente la imagen del ataúd de una reina hada, una monarca valiente y muy querida, que había defendido a los suyos hasta el fin y que ahora descansaba en la muerte, rodeada por sus caballeros más leales, sus consejeros y sus damas de honor. La parte superior de la arqueta era transparente, así que parte de la efigie silueteada de Galiana resultaba visible mucho antes de que uno se hallara delante del propio ataúd. Parecía aceptar su destino con serenidad, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza alzada hacia el techo, lo que acentuaba la fuerte y noble línea de su mandíbula. Tenía los ojos cerrados y la frente despejada. Su larga cabellera de mechas grises descansaba en oscuros hoyos a ambos lados de su rostro. Mil millones de partículas de hielo brillaban sobre su piel, titilando con destellos de colores pasteclass="underline" azul, rosa y verde claro, según cambiaba el ángulo de visión de Clavain. Parecía exquisitamente hermosa y delicada en la muerte, como si estuviera moldeada de azúcar. Le entraron ganas de llorar.
Clavain tocó la fría tapa del ataúd y sus dedos resbalaron por la superficie, dejando cuatro débiles surcos. Se había imaginado mil veces lo que le diría si alguna vez emergía de la presa del lobo. No habían vuelto a derretirla tras aquella breve ocasión tras de su regreso, pero eso no significaba que no pudiera ocurrir de nuevo, aunque tuvieran que pasar años o siglos. Una y otra vez Clavain se había preguntado qué le diría a Galiana si esta brillara a través de la máscara, aunque solo fuera por unos instantes. Se preguntaba si se acordaría de él y de las cosas que habían compartido. ¿Recordaría al menos a Felka, que estaba tan cerca de ser su hija que casi no había diferencia?
No tenía sentido pensar en ello. Sabía que no volvería a hablar con ella.
—Ya he tomado una decisión —dijo, mientras veía ante sí el vaho de su propio aliento—. No sé si lo aprobarías, ya que nunca hubieses aceptado que algo como el Consejo Cerrado pudiera siguiera llegar a existir. Dicen que la guerra lo hizo inevitable, que las exigencias de las operaciones secretas nos obligaron a compartimentar nuestro pensamiento. Pero el consejo ya estaba ahí antes de que estallara la guerra, bajo una forma incipiente. Siempre hemos tenido secretos, incluso para nosotros mismos. —Tenía los dedos muy fríos—. Lo hago porque creo que va a suceder algo malo. Si es algo a lo que hay que poner freno, haré todo lo que esté en mi mano para asegurarme de que así sucede. Si no se puede evitar, haré lo posible para guiar al Nido Madre en la crisis que lo aguarde. Pero no podré hacer nada de eso desde fuera.
«Nunca me he sentido tan incómodo con una victoria como ahora, Galiana, y tengo la sensación de que tu pensarías de manera similar. Siempre solías sospechar de cualquier cosa que pareciera demasiado simple, todo lo que se asemejara a una estratagema. Lo sé bien, caí una vez en uno de tus trucos.
Notó un escalofrío. De pronto tenía mucho frío y la desagradable sensación de que lo estaban vigilando. A su alrededor, las arquetas de sueño frigorífico seguían resonando. Los bancos de luces e indicadores de estado no habían cambiado.