De pronto, Clavain supo que no quería pasar mucho más rato en la cripta.
—Galiana —dijo, con más celeridad de lo que hubiera deseado—, tengo que hacerlo. Tengo que acceder a la petición de Skade, para bien o para mal. Solo espero que lo comprendas.
—Lo comprenderá, Clavain.
Clavain se giró bruscamente, pero en el acto de volverse comprendió que conocía aquella voz y que no había nada de lo que asustarse.
—Felka. —Su alivio era absoluto—. ¿Cómo me has encontrado?
—Supuse que estarías aquí abajo, Clavain. Sabía que Galiana siempre sería la persona con quien hablases en el último momento.
Felka había entrado en silencio en la cripta. Clavain se fijó entonces en que la puerta del fondo estaba entreabierta: lo que le había hecho estremecerse eran las corrientes de aire al abrirse el sótano.
—No sé por qué estoy aquí —dijo Clavain—. Sé que está muerta.
—Ella es tu conciencia, Clavain.
—Por eso la amaba.
—Todos la amábamos. Por eso aún parece seguir viva y guiarnos. —Felka se encontraba ya a su lado—. No es malo que bajes hasta aquí. No provoca que te tenga en menor estima o te pierda el respeto.
—Creo que ahora sé lo que debo hacer.
Ella asintió, como si simplemente le hubiese comentado la hora que era.
—Vamos, salgamos de aquí. Hace demasiado frío para los vivos. Galiana no se lo tomará a mal.
Clavain la siguió hasta la puerta de salida de la cripta.
Cuando se encontraron al otro lado, activó la rueda y selló la enorme tapa con forma de pistón, encerrando los recuerdos y los fantasmas allí donde pertenecían.
Clavain fue conducido a la cámara privada. Al cruzar el umbral notó cómo, con un único suspiro agonizante, caía de su mente el trasfondo de un millón de pensamientos del Nido Madre. Se imaginó que la transición debía de resultar traumática para muchos combinados, pero incluso si no acabara de llegar del lugar de descanso de Galiana (donde se aplicaba el mismo tipo de exclusión), no lo habría encontrado más que un poco molesto. Había pasado demasiado tiempo en los confines de la sociedad combinada como para que le preocupara la ausencia de otros pensamientos en su cabeza.
Por supuesto, no estaba completamente solo. Notó las mentes de los que estaban en la cámara, aunque las restricciones habituales del Consejo Cerrado sólo le permitían explorar la zona más superficial de sus pensamientos. La cámara en sí no tenía nada destacable: una amplia esfera con muchos asientos, distribuidos en plateas concéntricas que casi alcanzaban el cielo de la sala. El suelo era plano y de un color gris brillante, y en el centro de la cámara había colocada una única y austera silla. La silla era sólida y se fusionaba sin costuras con el suelo, como si la hubieran empujado desde abajo.
[Clavain]. Era Skade. Estaba de pie, en la punta de una lengua que sobresalía de un lado de la cámara.
¿Sí?
[Siéntate en la silla, Clavain].
Él atravesó el suelo resplandeciente y sus suelas rechinaron al tocar el material. Era inevitable que la atmósfera pareciera judicial; lo mismo podía estar caminando hacia el patíbulo.
Clavain se acomodó en la silla, que era tan cómoda como aparentaba. Cruzó las piernas y se rascó la barba.
Quitémonos esto de encima lo antes posible, Skade.
[Todo a su debido tiempo, Clavain. ¿Comprendes que la carga del conocimiento conlleva la responsabilidad adicional de mantener ese conocimiento a salvo? ¿Que una vez hayas aprendido los secretos del Consejo Cerrado, no podrás ponerlos en peligro, arriesgándote a ser capturado por el enemigo? ¿Y que ni siquiera se puede tolerar que se comuniquen esos secretos a otros combinados?].
Sé en lo que me estoy metiendo, Skade.
[Solo queremos asegurarnos, Clavain. No puedes reprochárnoslo].
Remontoire se levantó de su asiento.
[Ha dicho que está listo, Skade. Eso es suficiente].
Ella trató a Remontoire con una falta de sentimientos que Clavain encontró mucho más aterradora que la simple ira.
[Gracias, Remontoire].
Tiene razón, estoy listo. Y dispuesto.
Skade asintió.
[Entonces prepárate. Estamos a punto de permitir que tu mente acceda a datos hasta ahora excluidos].
Clavain no pudo evitar aferrarse a los reposabrazos de su silla, a pesar de que sabía lo ridículo que era ese instinto. Se sintió igual cuatrocientos años antes, cuando Galiana le presentó por vez primera la Transiluminación. Fue en su nido de Marte, cuando infectó su mente con hordas de máquinas después de que él fuese herido. En aquella ocasión, Galiana le había dado algún indicio y poco más, y en los instantes previos a que lo alcanzara se sintió como un hombre ante el muro rugiente de un tsunami, que cuenta los segundos que le quedan antes de ser engullido. Ahora volvió a experimentar la misma sensación, aunque en este caso no preveía ningún cambio real en su consciencia. Bastaba con saber que estaba a punto de acceder a secretos tan terribles que precisaban capas jerárquicas en una mente de colmena que, por lo demás, era omnisciente.
Esperó… pero no sucedió nada.
[Ya está].
Relajó su presa sobre el asiento.
Me siento exactamente igual.
[Pero no lo eres].
Clavain miró a su alrededor, a las paredes curvas de la cámara. Nada había cambiado, nada se notaba diferente. Repasó sus recuerdos y no parecía haber nada rondando por ahí que no estuviese ya un minuto antes.
Pues no…
[Antes de que vinieras, antes de que tomaras esta decisión, te permitimos conocer la razón por la que precisábamos tu ayuda, cuestión de recuperar propiedad perdida. ¿No es cierto, Clavain?].
No me habéis dicho qué es lo que estáis buscando, y sigo sin saberlo.
[Eso es porque no te has hecho la pregunta adecuada].
¿Y qué pregunta te gustaría que me hiciera, Skade?
[Pregúntate qué es lo que sabes sobre las armas de la clase infernal, Clavain. Estoy segura de que encontrarás la respuesta muy interesante].
No sé nada sobre ninguna arma de la clase…
Pero titubeó y guardó silencio. Sabía con toda precisión lo que eran las armas de la clase infernal.
Ahora que la información estaba disponible para él, Clavain comprendió que había oído rumores sobre las armas en múltiples ocasiones durante su vida entre los combinados. Los enemigos más resentidos de la facción relataban cuentos con moraleja sobre las reservas ocultas de armas definitivas de los combinados, artilugios del juicio final tan feroces en su capacidad destructiva que apenas habían sido probados y que, ciertamente, nunca habían sido usados en un enfrentamiento real. Se suponía que las armas eran muy antiguas, fabricadas durante la fase inicial de la historia de los combinados. Los rumores diferían en los detalles, pero todas las historias coincidían en algo: se trataba de cuarenta armas y ninguna de ellas era del todo idéntica a las demás.
Clavain nunca se había tomado demasiado en serio los rumores, que suponía originados en algún fragmento olvidado de una campaña de difusión del miedo preparada por las unidades de contraespionaje del Nido Madre. Era impensable que las armas pudieran existir. En todo el tiempo que había estado entre los combinados, no había llegado hasta él ninguna pista oficial de la existencia de tales instrumentos. Galiana nunca había hablado de ellos y, pese a todo, si las armas eran en verdad tan antiguas (databan de la época marciana), no era posible que ella no fuese consciente de su existencia. Pero las armas eran reales.
Clavain repasó sus nuevos y brillantes recuerdos con macabra fascinación. Siempre había sabido que existían secretos dentro del Nido Madre, pero nunca había llegado a sospechar que algo de importancia tan capital pudiera haberse ocultado durante tanto tiempo. Se sintió como si acabara de descubrir una enorme habitación oculta en la casa en que llevaba viviendo casi toda su vida. La sensación de sublimación (y de traición) era importante.