Había cuarenta armas, justo como en las viejas historias. Cada una era un prototipo que aprovechaba un principio excepcionalmente sutil, desagradable y creativo de la física más avanzada. Y Galiana sí que sabía de ellos. Para empezar, había autorizado la creación de las armas en el momento álgido de la persecución sufrida por los combinados. En aquella época, el éxito de sus enemigos solo se debía a su superioridad numérica, y no técnica. Con las cuarenta armas nuevas podría haber hecho borrón y cuenta nueva, pero en el último momento decidió lo contrario: mejor ser borrada de la faz del universo que cargar con un genocidio sobre sus hombros.
Pero la cosa no había terminado allí. El enemigo había cometido errores garrafales, habían tenido golpes afortunados y sucesos imprevistos. La gente de Galiana había sido empujada hasta el borde del abismo, pero nunca había sido eliminada de la historia.
Clavain descubrió que, después de aquello, las armas se guardaron bajo llave para mantenerlas a salvo. Se habían almacenado dentro de un asteroide acorazado situado en otro sistema. Por su mente asomaron turbias imágenes: criptas con barricadas, fieros vigilantes cibernéticos, peligrosas trampas y ardides. Estaba claro que Galiana temía a esas armas tanto como a sus enemigos y, aunque no estaba dispuesta a desmantelarlas, había hecho todo lo posible para apartarlas de un uso inmediato. Por ejemplo, los datos que habían permitido su fabricación habían sido borrados y, al parecer, eso bastaba para evitar cualquier intento futuro de duplicarlas. Si en algún momento las armas volvieran a resultar necesarias (si surgiera otra época de persecución generalizada), ahí seguían para utilizarlas. Pero con esa distancia (años de vuelo espacial), el arreglo llevaba implícito un amplio período para pensárselo bien. Sus cuarenta armas de la clase infernal solo se podrían usar con la mente fría, y así debía ser.
Pero les habían robado las armas. El inexpugnable asteroide fue asaltado y, para cuando un equipo de investigación combinado llegado allí, no quedaba rastro de los ladrones. Los responsables del trabajo fueron lo bastante listos como para superar las defensas y evitar activar las propias armas. En su estado de reposo, no se podía seguir el rastro de las armas ni destruirlas o desactivarlas de forma remota.
Clavain descubrió que se habían organizado numerosos intentos de localizar las armas perdidas, pero hasta el momento todos habían fracasado. Para empezar, la información sobre el alijo era un secreto celosamente guardado, por lo que el robo se mantuvo aún más oculto y solo unos cuantos combinados superiores sabían lo que había ocurrido. Con el transcurrir de las décadas, su preocupación crecía: en las manos equivocadas, las armas podrían hacer astillas mundos enteros como si fueran de cristal. Su única esperanza era que los ladrones no comprendieran la potencia de lo que habían robado.
Las décadas se convirtieron en un siglo, y después en dos. Hubo innumerables grandes desastres y crisis en el espacio humano, pero nunca una indicación de que las armas hubiesen pasado a estado activo. Los pocos combinados en el ajo comenzaron a creer que el asunto se podía olvidar discretamente. Quizá las armas hubiesen sido abandonadas en el espacio profundo o arrojadas a la destructora superficie de una estrella.
Pero las armas no habían desaparecido.
De forma inesperada, y no mucho antes del regreso de Clavain del espacio profundo, se habían detectado signos de activación en la vecindad de Delta Pavonis, una estrella similar al Sol situada a poco más de quince años luz del Nido Madre. Las señales de neutrinos eran débiles y cabía la posibilidad de que no hubiesen identificado las primeras pistas de su despertar, pero las señales más recientes no resultaban ambiguas: cierto número de armas habían sido reactivadas de su letargo.
El sistema Delta Pavonis no se encontraba en las principales rutas comerciales. Solo disponía de un mundo colonizado, Resurgam, un asentamiento establecido por una expedición arqueológica que había partido de Yellowstone y estaba encabezada por Dan Sylveste, el hijo del cibernetista Calvin Sylveste y descendiente de una de las familias más ricas de la sociedad demarquista. Los arqueólogos de Sylveste habían estado hurgando entre los restos de una especie similar a los pájaros que habían poblado el planeta apenas un millón de años antes. De forma gradual, la colonia había cortado los lazos oficiales con Yellowstone y una serie de regímenes habían sustituido el programa científico original por una encontrada política de terraformación y asentamiento a gran escala. Se habían producido golpes de estado y violencia, pero aun así era sumamente improbable que los pobladores fueran quienes ahora poseían las armas. El escrutinio de los registros del tráfico de salida de Yellowstone mostraba la partida de otra nave con rumbo a Resurgam, una abrazadora lumínica, Nostalgia por el Infinito, que había alcanzado el sistema aproximadamente cuando se detectaron las firmas de activación. Se disponía de muy poca información sobre la tripulación de la nave y su historia, pero Clavain supo, gracias a los registros de inmigración del Cinturón Oxidado, que una mujer llamada Ilia Volyova había estado reclutando nuevos miembros para la tripulación justo antes de que la nave despegara. Puede que el nombre fuese auténtico y puede que no (en aquellos confusos días posteriores a la plaga, las naves podían adoptar casi cualquier identidad que consideraran adecuada), pero Volyova había reaparecido. Aunque muy pocas transmisiones lograron alcanzar Yellowstone, una de ellas, nerviosa y fragmentada, mencionaba que la nave de Volyova había aterrorizado a la colonia para que entregara a su antiguo líder. Por algún motivo, la tripulación ultranauta de Volyova quería a Dan Sylveste a bordo de su nave.
Eso no implicaba necesariamente que Volyova estuviera al cargo de las armas, pero Clavain coincidía con la opinión de Skade de que era la sospechosa más prometedora. Tenía una nave lo bastante grande como para albergar las armas, había usado la violencia contra la colonia y había llegado a la escena de los hechos al mismo tiempo que los artefactos habían emergido de su letargo. Aunque fuese imposible adivinar lo que quería hacer Volyova con las armas, su relación con ellas parecía indiscutible.
Era la ladrona que habían estado buscando.
La cresta de Skade palpitaba con remolinos de color jade y bronce. Nuevos recuerdos se desataron en la cabeza de Clavain: fragmentos de vídeo e imágenes estáticas de Volyova. Clavain no estaba muy seguro de qué era lo que se esperaba, pero desde luego no aquella mujer de pelo corto, cara redondeada y aspecto de bruja que Skade le mostró. De haber presenciado una rueda de reconocimiento de sospechosos, Volyova era una de las últimas personas en las que se hubiera fijado.
Skade le sonrió. Contaba con toda su atención.
[Ahora comprenderás por qué necesitamos tu ayuda. La localización y estado de las treinta y nueve armas restantes…].
¿Treinta y nueve, Skade? Creía que eran cuarenta.
[¿No he mencionado que una de las armas ya ha sido destruida?].
Me parece que te has saltado ese trozo.
[No podemos estar seguros a tanta distancia. Las armas entran y salen de hibernación, como monstruos inquietos. Lo cierto es que una de las armas no ha sido detectada desde 2565, tiempo local de Resurgam. La suponemos perdida, o al menos dañada. Y seis de las restantes treinta y nueve armas se han separado del grupo principal. Aún recibimos señales intermitentes procedentes de ellas, pero están mucho más cerca de la estrella de neutrones que hay en los confines del sistema. Las otras treinta y tres armas se encuentran a menos de una unidad astronómica de Delta Pavonis, en el punto de Lagrange retrasado del sistema Resurgam-Delta Pavonis. Con toda seguridad se hallan dentro del casco de la abrazadora lumínica de la triunviro].