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La inquisidora aflojó los cinturones de su asiento y dibujó una ventanilla en el opaco material del casco de la lanzadera de la triunviro. El casco, obediente, le abrió un rectángulo transparente que ofreció a la inquisidora su primera escena de Resurgam desde el espacio en quince años.
Había cambiado mucho, incluso en ese espacio relativamente breve de tiempo planetario. Las nubes, que antes eran franjas vaporosas de humedad a gran altitud, ahora se hinchaban en densas masas cremosas, obligadas a seguir patrones espirales por el artista ciego que era la fuerza de Coriolis. La luz del sol se reflejaba en su dirección desde las superficies esmaltadas de lagos y mares en miniatura. Había extensiones de verde y dorado con bordes nítidos, que cosían el planeta en agrupaciones geométricas cuyo hilo eran los canales de irrigación de color azul plateado, tan profundos que podían circular barcazas por ellos. También se veían los arañazos de débil color gris de las líneas slev y las autopistas. Ciudades y asentamientos eran manchas de edificios y calles entrecruzadas, que apenas se distinguían individualmente incluso cuando la inquisidora pidió a la ventana que adoptara el modo de ampliación. Cerca de los nodos de los asentamientos más viejos, como Cuvier, estaban los restos de las antiguas bóvedas de hábitat o sus anillos de cimientos. De vez en cuando veía las brillantes cuentas en movimiento de algún dirigible de transporte en lo alto de la estratosfera, o las motas mucho más pequeñas de un avión al servicio del Gobierno. Pero a aquella escala, casi todas las actividades humanas eran invisibles. Lo mismo podría estar estudiando los rasgos superficiales de un virus enormemente ampliado.
La inquisidora (que, tras años de suprimir una parte de su personalidad, comenzaba a pensar de nuevo en sí misma como Ana Khouri) no sentía ningún lazo especialmente fuerte con Resurgam, ni siquiera después de todos los años que había pasado de incógnito en su superficie. Pero lo que veía desde la órbita resultaba aleccionador. El planeta ya no era solo la colonia temporal que se encontró cuando llegó por primera vez al sistema. Era el hogar de mucha gente, todo lo que conocían. Durante el curso de sus investigaciones, había conocido a muchos de ellos y sabía que todavía quedaba buena gente en Resurgam. No se los podía culpar a todos por el Gobierno actual o por las injusticias del pasado. Al menos, se merecían la oportunidad de vivir y morir en el mundo que habían aprendido a considerar su casa. Y al decir «morir», se refería a causas naturales. Pero eso, por desgracia, ya no estaba garantizado.
La lanzadera era pequeña y rápida. La triunviro, Ilia Volyova, dormitaba en el otro asiento, con la punta de una anodina capa gris apoyada sobre su frente. Era la lanzadera que la había conducido inicialmente a Resurgam, antes de que contactara con la inquisidora. El programa de aviónica de la lanzadera sabía cómo colarse entre los barridos del radar gubernamental, pero siempre les había parecido prudente mantener al mínimo esas excursiones. Si las atrapaban, si surgía siquiera la sospecha de que un vehículo espacial estaba penetrando y abandonando de forma rutinaria la atmósfera de Resurgam, rodarían cabezas en todos los niveles del Gobierno. Y aunque la Casa Inquisitorial no estuviera implicada de forma directa, la posición de Khouri se volvería extremadamente inestable. El pasado del personal gubernamental clave estaría sujeto a un profundo y sagaz escrutinio. A pesar de las precauciones, podrían descubrir su procedencia.
El ascenso constante había hecho necesario un ritmo de aceleración poco pronunciado, pero cuando superaron la atmósfera y estuvieron fuera del rango eficaz de los barridos del radar, los motores de la lanzadera se revolucionaron hasta las tres gravedades e incrustaron a las dos en sus asientos. Khouri comenzó a sentirse mareada y comprendió, justo antes de deslizarse en la somnolencia, que la lanzadera estaba soltando en el aire un narcótico perfumado. Durmió sin sueños y se despertó con la misma leve sensación de desagrado.
Estaban en otro lugar.
—¿Cuánto tiempo hemos pasado bajo los efectos de la anestesia? —le preguntó a Volyova, que estaba fumando.
—Casi un día. Espero que la coartada que tengas planeada sea buena, Ana; vas a necesitarla cuando regreses a Cuvier.
—Les conté que tenía que ir a una zona remota para entrevistarme con un agente encubierto. No te preocupes, preparé hace mucho el trasfondo para esto. Siempre he sabido que podría tener que ausentarme durante un tiempo. —Khouri soltó su cinturón de seguridad (la lanzadera ya no aceleraba) y trató de rascarse un picor en una zona cerca de la región inferior de su espalda—. ¿Cabe la posibilidad de darse una ducha, allí donde sea que nos dirijamos?
—Eso depende. ¿Exactamente adonde crees que vamos?
—Digamos solo que tengo la horrible sensación de que ya he estado allí antes.
Volyova apagó el cigarrillo e hizo que la parte frontal del casco se volviera transparente. Se encontraban en las profundidades del espacio interplanetario, aún en la eclíptica, pero a unos buenos minutos luz de cualquier mundo. Y pese a ello, algo bloqueaba la visión del firmamento que tenían ante sí.
—Ahí está, Ana. Nuestra amiga la Nostalgia por el Infinito. Todavía está prácticamente igual que como la dejaste.
—Gracias. Ya que estás, ¿alguna otra alentadora sensiblería?
—La última vez que la miré, las duchas estaban fuera de servicio.
—¿La última vez que la miraste?
Volyova hizo una pausa y chasqueó la lengua.
—Vuelve a abrocharte, voy a llevarnos dentro.
Descendieron en picado hasta quedar muy cerca de la oscura masa deforme de la abrazadora lumínica. Khouri recordó su primera aproximación a aquella misma nave, cuando la engañaron para subir a bordo en el sistema Epsilon Eridani. En aquel entonces parecía casi normal, más o menos lo que uno esperaría de una abrazadora comercial grande y un poco antigua. La ausencia de extrañas excrecencias y protuberancias resultaba llamativa, había una marcada falta de apéndices prominentes como dagas o de torretas con recodos. El casco era más o menos suave (desgastado y erosionado aquí y allá, interrumpido en otras zonas por máquinas, vainas de sensores y dársenas), pero nada que despertase inquietud o comentarios específicos. No había hectáreas de textura como la piel de un lagarto, ni extensiones de plaquetas entrelazadas como tierra abertal, ninguna indicación de que las necesidades biológicas implícitas hubiesen hecho al fin erupción en la superficie en una orgía de transformación biomecánica.
Pero ahora, la nave no parecía en absoluto una nave. A lo que sí recordaba (si Khouri había de buscar un símil) era a un palacio de cuento de hadas que hubiera enfermado, una colección de torres, calabozos y capiteles que, perdido el brillo, habían sido corrompidos por la magia más vil. La forma básica de la nave seguía siendo evidente, pudo distinguir el casco principal y las dos nácelas de los motores que sobresalían de él, cada una de ellas mayor que el hangar de un dirigible de carga. Pero ese núcleo funcional se perdía casi por completo bajo las barrocas capas abultadas que habían arrasado la nave en fecha reciente. Diversos principios organizativos estaban en marcha, asegurándose de que las excrecencias, para las que los subsistemas de reparación y rediseño de la nave habían actuado de mediadores, mostraban una maestría enloquecida, una nauseabunda exuberancia que a la vez resultaba sobrecogedora y repelente. Había espirales como los patrones de crecimiento de los amonites. Había remolinos y nódulos como el grano de la madera enormemente ampliado. Había troncos y filamentos, y aglomeraciones como redes, erizadas espinas cual vello y apelotonadas masas ulcerosas de cristales interconectados. En algunos puntos, las estructuras principales habían sido repetidas numerosas veces en un decrescendo fractal que se evaporaba en los límites de la visión. La reptante complejidad de las transformaciones operaba a todas las escalas. Si uno fijaba la vista durante demasiado tiempo, comenzaba a ver caras o fragmentos de rostros en la yuxtaposición de corazas deformadas. Y si miraba más, acababa viendo su propio reflejo aterrado. Pero bajo todo aquello, pensó Khouri, seguía habiendo una nave.